lunes 11 de febrero, 2019

El obispo mantequilla - por Martin Scheuch

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Sodalicio de Vida Cristiana / Vimeo

La historia del Sodalicio como institución organizada se inicia cuando Luis Fernando Figari logra consolidar a su alrededor a un grupo de personas que le permitirían plasmar y expandir lo que al principio era solo un proyecto. Ese grupo es lo que se conoce como la “generación fundacional” —en palabras del mismo Figari—, conformada mayoritariamente por alumnos de la promoción ‘73 del Colegio Santa María (Marianistas) de Monterrico: Germán Doig, José Antonio Eguren, Alfredo Garland, Emilio Garreaud, Luis Cappelleti (ex-sodálite), Raúl Guinea, Franco Attanasio (ex-sodálite), Juan Fernández (ex-sodálite). Hay que añadir a José Ambrozic de la promoción ‘72. También forman parte de la generación fundacional Virgilio Levaggi (ex-sodálite, Colegio Italiano Antonio Raimondi), Jaime Baertl y Alberto Gazzo (ex-sodálite), ambos del Colegio de la Inmaculada (Jesuitas).

Aquellos a quienes se consideraba llamados a la vocación matrimonial —Guinea, Attanasio y Fernández— jugaron un rol periférico, así como otros ex-sodálites de la promoción ‘73 del Santa María: Alberto Ferrand, Jaime Pinto, Eduardo Gastelumendi, Víctor Zar, Luis Manuel Bernos, Fernando Garreaud, Fernando Maúrtua, Ricardo Nugent, Daniel Ruzo, Manuel Vegas y Joaquín de Quesada, el único que había perseverado de entre estos últimos —aunque no por mucho tiempo más— cuando conocí el Sodalicio en 1978.

De modo que quienes estuvieron en el círculo íntimo de Figari son Doig, Ambrozic, Eguren, Garland, Garreaud, Cappelleti, Levaggi, Baertl y Gazzo, quienes serían los encargados de aplicar las consignas del fundador y quienes le ayudarían a sistematizar la ideología sodálite e implementar la disciplina en los grupos que se iban formando y posteriormente en las comunidades.

Quienes todavía perseveran en el Sodalicio y —a diferencia de los que se fueron— no se lamentan de haber formado parte de esta historia estarían convencidos de que todo el sistema sodálite se basa sobre un carisma y una espiritualidad regalados por Dios y, por lo tanto, los abusos que ha habido no se derivan de ese sistema y deben atribuirse a responsabilidades individuales de algunos miembros, que han trasgredido las normas y el espíritu que rigen el Sodalicio desde sus inicios.

Ciertamente, los abusos sexuales fueron actos cometidos en privado en recintos cerrados y sin que los perpetradores se pusieran de acuerdo entre ellos. Pero cuando por intermedio de las víctimas la cúpula sodálite supo de manera interna que algunos miembros habían cometido abusos, la respuesta fue el ocultamiento a fin de proteger a la institución. En los ‘80, denunciar a Virgilio Levaggi hubiera sido un golpe durísimo para el Sodalicio y le hubiera cercenado las posibilidades de crecimiento. En 1997, año en que el Sodalicio recibió la aprobación pontificia, sacar a la luz pública el caso de Jeffery Daniels, recluido ese mismo año en San Bartolo por actos de pederastia, hubiera significado una catástrofe para la recién aprobada sociedad de vida apostólica.

Pero, para poder hacer efectivo este ocultamiento, se requería no solo que los superiores de las comunidades sodálites supieran los motivos de la reclusión, sino también aquellos que pertenecían al círculo íntimo de Figari, entre los cuales estaba Eguren.

A diferencia de los abusos sexuales, los abusos físicos y psicológicos fueron efectuados a vista y paciencia de los demás miembros de las comunidades, sin ser nunca cuestionados en su momento, pues se consideraban procedimientos válidos y legítimos en una institución religiosa que tenía entre sus lemas no oficiales «lo único que no puede hacer un sodálite es parir». Nunca fueron de pura responsabilidad personal de los perpetradores, pues el sistema justificaba estas prácticas. Incluso actualmente habría sodálites que no creen que haya habido abusos físicos y psicológicos, sino personas débiles y timoratas que no pudieron soportar las exigencias propias de quienes buscan la perfección cristiana.

Mons. Eguren, como miembro del círculo íntimo de Figari, tuvo puestos de responsabilidad en el Sodalicio y siempre avaló estas prácticas, que consideraba normales y aceptables. Durante el tiempo que viví con él, nunca le escuché ninguna observación crítica al respecto. Sin embargo, es otra la versión que nos quiere vender.

En mi infancia se le llamaba “mantequilla” a quien no contaba con habilidades para participar de un juego en toda su dimensión, pero a quien por compasión se le permitía jugar sin que tuviera ningún peso en el desarrollo del juego.

Eguren nos quiere hacer creer que entre los miembros de la generación fundacional él era “mantequilla”. Que si bien todos los demás pudieron haber participado en la construcción y consolidación del sistema sodálite, él participó sin formar parte del juego y sin enterarse de nada.

Solo resta decir: «A otro perro con ese hueso».

Siempre listo para la conversación del día.
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