lunes 28 de enero, 2019

Las víctimas invisibles - por Martin Scheuch

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Fuente: Pixabay

En el año 2003, a la edad de 19 años, la alemana Doris Wagner se unió en el convento Thalbach en Bregenz (Austria) a la congregación religiosa Familia Spiritualis Opus, conocida en alemán como “Das Werk” (“La Obra”), la cual recibió el apoyo del cardenal Leo Scheffczyk (1920-2005) y del cardenal Joseph Ratzinger, el cual es considerado un amigo que ha visitado con frecuencia sus casas y que incluso predicó la homilía en la misa de acción de gracias por la aprobación pontificia de la institución en el año 2001.

Como monja, Doris fue sometida a una disciplina basada sobre la obediencia extrema que paulatinamente fue sometiendo a control toda su vida, anulando su voluntad y enajenando su propia identidad. De modo que en el año 2008, cuando, con 24 años de edad, vivía en una de las casas de la comunidad en Roma y un sacerdote de la congregación se presentó en su dormitorio, la desnudó y abusó sexualmente de ella, la posibilidad de resistirse ya no existía.

Así lo cuenta Doris con sus propias palabras: «Yo ya no podía ofrecer resistencia. Mi primer pensamiento fue: ¿está haciendo eso realmente? Y yo lo sabía: sí, él está haciendo eso ahora y no le podré contar nada a nadie al respecto. Yo también sabía: aquí hay algo malo, que Dios no quiere. Esa fue la ocasión para cuestionar ese ideal de abandono de sí mismo y poder salir poco a poco de esa ideología. Suena paradójico, pero quizás no hubiera podido nunca salir adelante si no hubiera ocurrido esa agresión».

Doris se demoraría tres años más en juntar el valor para dejar la congregación en noviembre del 2011, psicológica y moralmente devastada, y algunos meses más tarde denunciaría el abuso sufrido ante la Policía alemana y la Iglesia católica.

Pero la circunstancia de ser mayor de edad jugaría en su contra. La Fiscalía archivó el caso porque el hecho no ocurrió en Alemania, ella tampoco se defendió y la dependencia psicológica no era razón suficiente para considerar el hecho como un abuso tratándose de una mujer adulta. No se tomó en cuenta la estructura de la congregación y el desamparo e indefensión psicológicos generados por una disciplina de características sectarias. En el mejor de los casos, se trataría solamente de coerción sexual.

La Iglesia tampoco hizo nada. El sacerdote fue removido de su puesto en Roma y, dado que había mostrado arrepentimiento y hecho penitencia, se le asignó otras tareas, como las finanzas internas de la institución. El caso quedaba así zanjado.

La versión oficial de la congregación fue que se había tratado de amor mutuo. En palabras del P. Georg Gantioler, director del convento Thalbach, «ambos confluyeron en esa casa en Roma. La confianza se convirtió en intimidad y luego se llegó precisamente al contacto sexual. Según la versión de nuestro hermano, eso ocurrió de mutuo consentimiento».

Doris, en cambio, discrepa de esa versión: «Yo tenía angustia mortal y le pedí que no siguiera. Él simplemente continuó. A él ni le preocupó. Dolió terriblemente».

El drama de Doris Wagner no es un caso excepcional. Ella misma cuenta que en un estudio realizado en Estados Unidos en los años 90 se llegó a la conclusión de que 30% del total de las religiosas había sufrido alguna forma de abuso. Y probablemente callaron por vergüenza, o por sentimientos de culpa inducidos por la formación religiosa, o porque pensaban que no iban a ser escuchadas. Lo cierto es que ni los tribunales civiles ni la Iglesia católica suelen tener en cuenta la relación de desigualdad que existe en estos casos, ni el grado de vulnerabilidad de la persona que confía en alguien con autoridad que comete el abuso, más aún cuando la presunta víctima es mayor de edad y se supone que sabe lo que hace.

En Australia, la psicóloga clínica Gerardine Robinson, especializada en tratamiento de abuso sexual clerical, indica que las investigaciones sugieren que por cada niño abusado por clérigos o religiosos, habría cuatro mujeres y dos varones mayores de edad que han sido también víctimas.

Son invisibles, no reconocidas, como la mayoría de las víctimas del Sodalicio, a las cuales, en el caso de Luis Fernando Figari, un dicasterio vaticano —la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica—, en carta del 30 de noviembre del 2017, designó como «cómplices», porque no opusieron resistencia y eran mayores de edad, sin tener en cuenta que en una relación asimétrica de confianza la capacidad de resistirse había sido anulada previamente.

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