viernes 21 de diciembre, 2018

El plagio y la crítica moral en el Perú - por Matheus Calderón

Lectura de 4 minutos
58d23438ca3bd

La denuncia por plagio -al menos, en los casos recientes en el Perú- siempre ha sido una acusación de índole “moral”: se usa para descalificar al plagiario no solamente como un deshonesto intelectual sino en general como un deshonesto, como poco profesional, como poco lúcido académicamente (tanto que necesita robar ideas o frases de otros) y, en los peores casos, como poco menos que un ladrón.

Ya sea una denuncia por plagio a Juan Luis Cipriani –como hizo el colega Marco Sifuentes hace varios años, una suerte de punto de partida  para quienes somos aficionados a buscar plagios- o al plan de gobierno del APRA –como hice yo mismo algunos años también, ya sea plagios de planes de gobierno para Lima (Renzo Reggiardo) o libros completos (César Acuña), frecuentemente nuestra comprensión del plagio tiene que ver con la moralidad de quien lo comete.

Esa crítica moral es insuficiente. (Voy a ser más explícito todavía : cualquier crítica moral en general, sea para el plagio o para otro asunto de gravedad, es insuficiente).

Lo es por dos razones: primero porque no contempla el complejo panorama detrás del plagio, uno que puede llegar a niveles verdaderamente industriales (ya por acción o por omisión) y porque piensa que este panorama, esta suerte de industria del plagio, puede acabarse con un despertar moral de los estudiantes y egresados: mañana todos nos levantaremos, nos cogeremos de las manos y, con banderas de Chancónery (la mascota antiplagio de la PUCP) empezaremos con la nueva cruzada ética antiplagiarismo, de seguro auspiciada por RBC. Al borde de una mañana eterna.  

Es claro que no es así. La industria del plagio no desaparecerá gracias al voluntarismo moral. No desaparecerá porque hay severas deficiencias institucionales, discursivas y estructurales que la generan.

La segunda razón por la que la crítica moral no sirve es porque iguala personajes en situaciones desiguales. Y esto es peligroso, porque aunque sean acciones moralmente cuestionables, sí se debe evaluar el contexto de la acción –las redes de poder que sostienen un plagio, que lo hacen proliferar, que lo frenan.

Hace no demasiado tuvimos un ejemplo de los devastadores efectos de este tipo de crítica por parte de nuestro (¿sigue siendo peruano? ¿español?) Premio Nobel Mario Vargas Llosa. Cuestionado por el joven liberal chileno Axel Kaiser sobre “qué dictadura es peor: ¿Cuba o Chile?”, Vargas Llosa se limitó a decir ninguna dictadura es aceptable. Esta es una respuesta para el auditorio, que aplaudió a rabiar, pero que no nos dice nada sobre cómo y por qué se instala una dictadura, ni tampoco cuáles son los efectos de diferentes tipos de totalitarismo.

Imaginemos el caso de alguien que tenga que responder “¿qué plagio es peor: Chávarry o Pérez?” y su respuesta sea “ningún plagio es aceptable”. Es claro que existen plagios peores que otros –aunque también es cierto que plagio es plagio, ya sea chico o ya sea grande. Esto, que a muchos puede sonar sorprendente, se da de modo natural en algunas universidades al momento de aplicar sanciones: a mayor proporción de plagio (o intención de ocultarlo), mayor resta de puntos sobre la nota final.

Trataré de esbozar algunas ideas aquí sobre la verdadera dimensión del plagio y cómo la crítica moral puede terminar ocultando esta dimensión que tiene más que ver con discursos, industrias y relaciones de poder.

La primera idea es una más bien obvia: existe, sí, una industria del plagio en el Perú. La vemos todos los días cuando caminamos junto a institutos y universidades. Están allí, pegados en las calles y en los postes, casi tan populares como los atrazos menstruales. Especializados en realizar monografías y tesinas, se disfrazados de asesores de tesis y producen trabajos “de investigación” en dos o tres meses. Cobran precios onerosos (miles de soles) por entregar productos deficientes. Su público cautivo no son solamente jóvenes egresados sino también docentes universitarios que, ansiosos de un título de magister pero sin tiempo ni herramientas para investigar, acceden a estos servicios.

La segunda idea se deriva de la primera: el problema del plagio es el problema de la investigación. Dicho de otro modo: el problema de la industria del plagio en el Perú es el problema de la (poca o nula) cultura de la investigación en el Perú –pero también de su falta de recursos. Existe una disonancia entre un discurso estatal y académico que obliga a la investigación pero universidades e institutos que no cuentan con los recursos –ya sea humanos o materiales- para llevar a cabo estas investigaciones. Lo más pedestre aquí es preguntarse cuántas universidades tienen protocolos específicos para revisar casos de plagio en las tesis antes de que éstas sean presentadas. Vuelva atrás 20 años, cuando muchos de nuestros funcionarios públicos realizaban sus estudios de pregrado y posgrado: la situación no mejora.

La tercera idea tiene que ver con la función de estas denuncias de plagio, que tendría que ver menos con el personaje y más con la estructura que permite que estos plagios se produzcan o continúen. Otra vez: ¿cuántas universidades tienen un sistema de detección de plagios? ¿Qué hará la industria privada o el Estado para remediarlo -o es que no lo creen demasiado grave? ¿Quiénes están detrás de estos centros de “asesoría” para tesis?

La cuarta idea ya ha sido esgrimida por el historiador José Ragas a propósito del caso de Flor Luna Victoria: el plagio es un asunto de poder y de jerarquías.  “Las instituciones protegen a quienes han cometido plagio, buscando blindarlos, minimizar las denuncias en contra de sus miembros o transferir la responsabilidad a personas en una posición más vulnerables”, comentaba Ragas. Fue mi secretaria, puede defenderse el hombre todopoderoso –académico o literato- que se ve, de repente, sorprendido en el plagio (pero ello no solamente es cierto para el blindaje: ¿qué si un asesor de tesis decide hacerse con la investigación de un alumno, presentarla como suya? ¿Qué en el caso de César Acuña? Hay una sensación de impunidad patente).

Termino con una coda y una autocrítica: tenía pensado escribir un artículo así hace algún tiempo, pero es recién con el caso de la “negligencia académica grave”, como Marcel Velázquez con elegancia denomina, del fiscal José Domingo Pérez que me animo.

Es una autocrítica porque debemos tener una discusión seria sobre el plagio hace mucho, antes de que este se convirtiera en un arma de doble filo (muchos ya piden la cabeza de Pérez Gómez, que tiene que responder sobre esta irregularidad) y sin que deje a quienes defienden al fiscal buscando soluciones buenistas (¡pero está haciendo un excelente trabajo!) o peor, racistas o clasistas para sus dobles estándares al juzgar el plagio (alguien comenta: “no van a comparar a César Acuña con Domingo Pérez: Acuña no sabe hablar y tampoco tiene elocuencia en lo que dice”).

La verdad es que nadie quiere defender a los malos. Pero tampoco hay que caer en ingenuidades. Cualquier estudiante de pregrado sabe que tomar cuatro páginas y reproducirlas de modo literal es un grave error. Lo es porque, fuera de cualquier formato de citado (oh, APA) copiar cuatro páginas seguidas no aporta ningún valor académico. Otra vez: son cuatro páginas tomadas de manera literal. El fiscal debe responder, disculparse, atenerse a las consecuencias y seguramente seguir con su trabajo.

La lección de todo este embrollo no es para él. La lección es para nosotros que, otra vez, nos embelesamos con una crítica moral que solo juega a alimentar lo que ya de antemano creíamos y que poco aporta a la discusión de fondo.

Editor de Política
Siempre listo para la conversación del día.
Ad
Copyright © 2018 - GRUPO ALTAVOZ