martes 11 de diciembre, 2018

Sobreviviente de una secta católica - por Martin Scheuch

Lectura de 3 minutos
Doris Wagner
Fuente: www.domradio.de

«Hay una serie de comunidades y movimientos eclesiásticos en la Iglesia católica que han dado que hablar en las últimas décadas. Son carismáticas y fieles al Magisterio. Atraen a bandadas de jóvenes entusiastas y son celebradas por eminencias como el “nuevo resurgimiento” en la Iglesia. Pero sólo pocos saben de las víctimas que producen estas comunidades. A estas víctimas quisiera darles una voz contando en representación suya mi propia historia».

Así inicia la alemana Doris Wagner su libro “Nicht mehr ich. Die wahre Geschichte einer jungen Ordensfrau” (“Ya no soy yo. La verdadera historia de una joven religiosa”), publicado en el 2014, donde da cuenta de su paso por la familia espiritual “Das Werk” (en latín, Familia spiritualis opus), fundada en 1938 por la belga Julia Verhaeghe y que en el 2001 recibió la aprobación pontificia como institución de vida consagrada.

Recientemente, ha vuelto a dar su testimonio en el evento “Overcoming Silence – Women’s Voices in the Abuse Crisis” (“Superando el silencio – Voces femeninas en la crisis de abusos”), realizado el 27 de noviembre en Roma, donde también participó Rocío Figueroa, la valerosa mujer sin la cual los abusos de Germán Doig y Luis Fernando Figari en el Sodalicio no se hubieran conocido y ella misma víctima de Doig.

Meses antes de la publicación del libro, el semanario Die Zeit publicó su historia con seudónimo en abril de 2014. Doris todavía no se atrevía a enfrentar la opinión pública con nombre y apellido. Y lo que cuenta es de terror.

Educada en el catolicismo del sur de Alemania, desde los 16 años quiso ser religiosa. En el año 2003, teniendo 19 años, decidió ingresar al convento Thalbach en Bregenz, una pequeña ciudad austríaca a orillas del lago de Constanza, donde vivían en comunidad varones y mujeres consagradas, junto con sacerdotes.

Al principio, se sintió encantada por la alegría que irradiaban los miembros de la comunidad y por el sentimiento de seguridad que la vida del claustro le inspiraba. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que comenzara a vislumbrar el lado oscuro: le estaba prohibido contactar personalmente a su familia y amigos; las cartas que recibía eran abiertas y algunas de ellas retenidas; estaba prohibido leer libros, y si quería hacerlo, debía consultarlo previamente. Si obtenía algún ingreso, debía entregarlo completamente a la comunidad, y solo le estaba permitido recibir una pequeña suma para gastos personales, de los cuales debía dar cuenta detallada.

Se le exigió obediencia absoluta y apertura total ante la comunidad, anulando su privacidad. Su vida interior fue totalmente expuesta ante una superiora inmediata, a la cual le tenía que informar de todo. “No había nada que no pudiera preguntar, nada sobre mí de lo cual no se enterara a través de otros; todas mis acciones, palabras y sentimientos no solo se hallaban al descubierto ante ella, sino que ella también los juzgaba”. Si Doris hacía preguntas, era reprendida. O si criticaba algo o dudaba, se le decía que ella tenía la culpa por no tener suficiente fe. Vivía en un estado de culpabilidad permanente.

Cuatro años después de su ingreso a la comunidad, estaba psíquicamente destrozada. Se sentía sola, encerrada, sufría de depresiones y tenía pensamientos suicidas.

En el año 2008, cuando vivía en una casa de la comunidad en Roma, un sacerdote buscó su cercanía de una manera que incomodó a Doris. A pesar de que le pidió que la dejará en paz, una noche se presentó en su habitación y abusó sexualmente de ella.

Destruida la confianza, rotas sus ilusiones, Doris tardaría algunos años más en separarse de la comunidad. Pues quien se iba, traicionaba su vocación y ponía en juego su felicidad. Finalmente, en noviembre de 2011 da el paso y denuncia el abuso ante la Policía alemana y la Iglesia católica. La respuesta de la orden fue que se había tratado de una relación de mutuo consentimiento entre personas adultas. El sacerdote estaba arrepentido, había hecho hecho penitencia y se le había encargado otras tareas, como las finanzas internas de la comunidad. Con eso el asunto se consideraba finiquitado.

Doris ha logrado rehacer su vida, se ha casado, y ahora tiene el valor de contar su historia para que otros no tengan que pasar por lo que ella pasó.

Cualquier semejanza con el Sodalicio no es coincidencia, es inevitable.

Siempre listo para la conversación del día.
Ad
Copyright © 2018 - GRUPO ALTAVOZ