martes 4 de diciembre, 2018

Vivir muriendo - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Pixabay

¿Cómo amigarme conmigo, si nunca soy el mismo, y sin embargo no logro ser distinto a mí? ¿Cómo alcanzar la paz, si después de todo tampoco sé quien soy ni quién he sido hasta ahora, ya que el pasado persiste en cambiar según el capricho de mis sentimientos? Y por sobre todas las cosas, ¿cómo reconciliarme conmigo al comprobar que tan sólo vivo, como puedo, una vida que me vive contra mi voluntad, gracias y a pesar de ella?

¿Cuántas palabras habrán conformado mi vida cuando muera, entre las dichas, las escritas y las calladas? ¿Cuántas preguntas, y cuántas respuestas habré generado? Muy probablemente las palabras sean incontables. Pero las preguntas, como las respuestas, vienen decreciendo con los años que voy muriendo año tras año. Todas las preguntas parecieren conducir siempre a un mismo punto: ¿cómo vivir? ¿Cómo rellenar de sentido una página en blanco que ni siquiera escribo?

Creo que los hombres podrían dividirse entre aquellos que saben que existen, y los que simplemente son vividos y muertos por la propia vida, sin despertar sorpresa. No muchos se sorprenden por el hecho de haber nacido. Tal parece que los humanos aceptamos con bastante más facilidad el hecho de que todos moriremos algún día, que el azaroso destino de haber sido obligados a nacer.

Si sólo pudiera detener la vida por un instante, para observarla sin que nuevos eventos y emociones se sucedan, lo haría. Porque vivir el presente es no sólo utópico, sino un absurdo y un sinsentido. Sólo existe el presente de forma retroactiva, lo cual, es finalmente, eso que llamamos pasado. Vivir el presente es como querer conservar el sabor de un exquisito chocolate deteniéndolo en el paladar sin deglutirlo. Imposible sentir todo su gusto y aroma sin estar dispuestos a tragarlo y perderlo

¿Por qué, entonces, algunos insisten en la utopía de vivir el presente? El arte culinario construye su presente a partir del futuro y del pasado. Un buen plato depende mucho del que le sigue y del que le precede. Es un arte de la cronología, al igual que la música, el arte del tiempo por excelencia.

Los que se esfuerzan por vivir el aquí y ahora deciden conservar el chocolate en el paladar el mayor tiempo posible, cuando más que fijar el presente sólo lo están postergando, manteniéndolo en suspenso y viviéndolo de manera mezquina. Porque sólo existe el pasado, que cambia de forma mientras trozos de futuro se encargan de moldear, o bien de destruir y reconstruir. La prueba de que el presente no existe es justamente que el futuro puede no sólo cuestionar, sino cambiar por completo el sentido y las emociones de lo que creímos haber vivido en aquel supuesto presente que, en realidad, desde la perspectiva del futuro es tan sólo pasado.

Algunos dirán que el futuro no existe. Pues bien, el futuro es el hogar de la imaginación. Imaginamos que somos alguien hasta que nos niegan un beso y comenzamos a ignorarlo todo sobre nosotros mismos. O por el contrario, adoptamos una nueva identidad, la del dolor.

No tengo el coraje de cuestionar a los que creen en la existencia de un Dios creador. Lo que me desvela es que Dios sea la última palabra que responda a sus interrogantes. No es que me sea indiferente su improbable existencia, pero me resulta inadmisible que los que asumen su ser no enloquezcan a base de preguntas sin respuestas. Es como si en una novela los personajes se preguntaran por su propio origen y luego se tranquilizaran, al aprender que finalmente es su autor quien los ha creado. Punto. Los personajes, sumisos, no se desvelan por el origen de su propio autor. Como si el autor-dios no hubiera sido a su vez concebido por otros seres. Absurdo, o por lo menos perezosamente limitado.

Por momentos siento ser el personaje de un relato concebido por su autor. En otras palabras, vivo una vida que me vive, mientras escribo lo que el personaje narra acerca de mí.

Cualquiera que tenga el coraje de detenerse a observar la estela dibujada por su pasado comprobará que, al fin y al cabo, no vivimos como queremos, sino que apenas vivimos casi como lo necesitamos.

La lengua del alma es vivir en la paradoja, viviendo una vida que nos vive mientras morimos día a día.

*Extracto de la novela Más allá de un café, de Marcelo Mosenson

   Editorial: Aurelia Rivera I.S.B.N : 9789871294565

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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