lunes 3 de diciembre, 2018

Abuso sexual en la Iglesia: Los homosexuales como chivo expiatorio - por Martin Scheuch

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Fuente: protestantedigital.com

El cardenal Gerhard Ludwig Müller es considerado un teólogo de doctrina firme. Entre sus aspectos positivos está el haber reconocido la conformidad de la teología de la liberación del P. Gustavo Gutiérrez con la fe de la Iglesia. Considerado uno de los pilares del pontificado de Benedicto XVI, quien lo nombró en el año 2012 prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe -dicasterio que se encarga de la supervisión de la recta doctrina católica y, entre otras cosas, de los abusos sexuales cometidos por clérigos-, el año pasado cesó en el cargo tras haberse cumplido el periodo de cinco años para el que fue elegido.

Muchos saludan que Müller ya no esté a cargo de ese dicasterio, considerando que en 2010 afirmó que detrás de los informes mediáticos de abusos en instituciones católicas existe una campaña de desprestigio de la Iglesia. Asimismo, se le acusa de haber obstaculizado durante cinco años la aclaración de los abusos cometidos en el coro infantil y juvenil de los Gorriones de la Catedral de Rastisbona, diócesis de la cual fue obispo. Se sabe además que a un cura condenado en 1999 por abuso sexual lo volvió a colocar como administrador parroquial, recayendo éste en el delito. En su defensa, Müller adujo que contaba con un dictamen psiquiátrico que aseguraba que no se habían encontrado tendencias pedófilas en el susodicho.

Recientemente ha concedido una entrevista —publicada el 21 de noviembre— a LifeSite (un sitio web católico conservador), donde atribuye los abusos cometidos en la Iglesia a la homosexualidad de muchos clérigos. Partiendo del hecho de que el 80% de los menores víctimas de abusos eran varones, concluye que la mayoría de los abusadores han buscado víctimas masculinas siguiendo el desorden profundo de sus pasiones. Más aún, en su opinión no existen hombres o incluso sacerdotes homosexuales, porque Dios solo ha creado hombre y mujer para que tengan una comunión sexual exclusivamente en el matrimonio. Lo que se sale de eso es fornicación y abuso de la sexualidad. Con lo cual recae en la opinión, no sustentada por ninguna disciplina científica, de que la homosexualidad es una perversión y de que allí estaría la causa de los abusos. Cuando afirma que solo un hombre que ha aprendido a controlarse a sí mismo cumple con las condiciones morales para ser ordenado sacerdote, obvia que eso es aplicable a cualquiera, heterosexual u homosexual.

Ni siquiera el Papa Francisco se libra de compartir esta visión homofóbica. En el reciente libro “La fuerza de la vocación”, una extensa entrevista con el claretiano Fernando Prado, dice lo siguiente:

«En la vida consagrada y en la vida sacerdotal, ese tipo de afectos [la orientación homosexual] no tienen cabida. Por eso, la Iglesia recomienda que las personas con esa tendencia arraigada no sean aceptadas al ministerio ni a la vida consagrada. El ministerio o la vida consagrada no es su lugar. A los curas, religiosos y religiosas homosexuales, hay que urgirles a vivir íntegramente el celibato y, sobre todo, que sean exquisitamente responsables, procurando no escandalizar nunca ni a sus comunidades ni al santo pueblo fiel de Dios viviendo una doble vida. Es mejor que dejen el ministerio o su vida consagrada antes que vivir una doble vida».

Fuera de que el tema del celibato obligatorio para clérigos es un asunto que pide ser discutido por varios episcopados a nivel mundial —incluyendo las conferencias episcopales australiana y alemana—, las palabras del Papa podrían aplicarse igualmente a personas heterosexuales.

El P. Klaus Mertes S.J., quien develara los primeros casos de abusos sexuales en una institución católica en Alemania en el año 2010, criticó agriamente las palabras de Müller como «arrogancia clerical cuajada en dogma». Según él, el problema radica en una moral sexual católica caduca —que debe ser replanteada con urgencia— y en la discriminación de las personas homosexuales, negándoles además la posibilidad de seguir una vocación religiosa o clerical aceptando su condición personal.

Si se aplicara lo que dicen el cardenal Müller y el Papa, podríamos estar ad portas de una razzia entre el clero católico, que afectaría a cualquiera que sea homosexual. No solo se perjudicaría a muchos clérigos y religiosos homosexuales inocentes, sino que el sistema clerical autoritario que favorece el abuso y su encubrimiento quedaría incólume.

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