jueves 15 de noviembre, 2018

Ya pasó un año - por Renán Ortega

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Correo

Estaba por tomarme una siesta antes de ver el partido de Perú. Estaba emocionado, pero desilusionado. Había ido a todos los partidos en Lima a ver jugar a la selección, pero me iba a perder el último por el maldito sorteo, ese que nunca logré ganar para conseguir entradas.

Mi enamorada y yo cumplimos nuestro primer mes en el estadio. Un 6 de setiembre del 2016, contra Ecuador. Desde ahí, fuimos juntos a casi todos los partidos (salvo uno al que fui yo solo) con un grupo de amigos. Yo, desde antes de conocerla, siempre iba al estadio. Primero con mi familia. Cuando dejaron de ir ellos, me junté con otro grupo de amigos. Pero nunca dejé de ir.

Faltaban pocas horas para jugar contra Nueva Zelanda y yo estaba en mi cuarto, manta encima y mi enamorada al costado. Resignados a ver por la tele lo que habíamos soñado con ver desde la tribuna. Estaba ya por dormirme, quizá viendo Netflix. No recuerdo bien. Mi celular, en silencio, en “no molestar”. Ya no quería saber nada del mundo hasta el partido.

Antes de dormir, decidí, compulsivamente, ver si efectivamente estaba mi celular en silencio o no. Y vi un mensaje de una amiga que estaba ya en el estadio (o camino al estadio).

-Oe

-Renán

Algo me dijo que no era este un mensaje normal. Me levanté rápido, mis ojos se abrieron involuntariamente y puse la clave para desbloquear mi celular y leer el mensaje.

-Tengo dos entradas

-Sur

-N mi casa

-Las quieres?

Mis ojos se abrieron más. ¿Qué fue? Me dijo mi enamorada. Yo no le respondí.

-espera qué?

Escribí yo. Y me llegó un voicenote de tres segundos. Tengo dos entradas, ¿las quieres o no? Dijo el voicenote.

-¿En serio?

-Voy a tu casa

-Dame tu dirección

-tú ya estás en el estadio?

-a cuánto?

-cómo hago

Sin respuesta…

-alsdjfal;dsf

-no me dejes así

Me paré al instante y fui a cambiarme (creo que hasta estaba en pijama). ¿Qué fue? Me dijo mi enamorada (o algo así). Tenemos entradas, creo, le dije. Sus ojos se abrieron más que los míos. ¡¿QUÉ?! Cómo así. Le conté de los mensajes de WhatsApp. Salimos volando. Teníamos que luchar contra el tráfico.

Llegamos a la casa de mi amiga. Tocamos la puerta. Nos abrió su mamá con las entradas. Pedimos un taxi. Esperamos. Llegó el taxi y volamos más.

Llegamos a la Vía Expresa Paseo de la República. Algo de tráfico, pero inusualmente bajo para un día tan importante. Mi pierna se movía, nerviosa. Todavía no me creía que iba a ver ese partido cuando hace un rato estuve en mi cama a punto de dormir. Llegamos. Bajamos corriendo. Faltaba poco para empezar el partido.

Corrimos automáticamente a Sur, pero resulta que las entradas eran para Norte. Fuimos por la derecha del Estadio Nacional, por Oriente, pero por ahí no nos dejaron pasar. Regresamos corriendo, más rápido. De nuevo a Sur, ahora occidente, mi pecho palpitaba (de verdad) no de cansancio, sino de emoción y ansiedad. Ahora Norte.

Dimos las entradas y pasé por ese nerviosismo ilógico de que quizás las entradas eran falsas o que la máquina no las iba a leer. Ese nerviosismo de que de repente mi DNI se me quedó en la casa, o se me cayó mientras corría.

Pero todo en orden. Entramos corriendo y fue la primera vez que llegué a la tribuna con el Estadio ya lleno. Blanquirrojo. Cantando ¡Vamos peruanos!

Llegamos. Abracé a mi amiga y vimos salir a la selección una vez más. Vimos ese gol que hizo vibrar a todo el Perú y gritamos mientras Ramos celebraba a lo Spiderman. Lloramos en el pitazo final. Pensé en las historias que me había contado mi mamá de cuando clasificamos hace años. De las historias que me contaba mi papá de la selección, de cómo jugábamos antes. De lo cracks que éramos.

Ya pasó un año y todavía sigue vivo ese momento. Hoy voy a ver jugar a Perú contra Ecuador, de nuevo, con mi enamorada. Hoy, me acuerdo también de las historias de mi papá, como todos los días. Hoy tengo mi entrada para Sur, como siempre. ¡Arriba Perú!

Siempre listo para la conversación del día.
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