jueves 8 de noviembre, 2018

(EDITORIAL): La política repele a los mejores

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Congreso de la República
Fuente: Difusión

Ver un debate del Congreso es un verdadero suplicio. No por la innecesaria longitud de los superficiales debates que entablan nuestros parlamentarios, sino porque el nivel de discusión es paupérrimo. Ayer, por ejemplo, escuchamos entre muchas otras cosas que Yonhy Lescano tildó de “subordinada” de Keiko Fujimori a Rosa Bartra, que Mauricio Mulder se refirió a Lescano como retrasado mental y las típicas acusaciones de complicidad y corrupción que siempre se ven en el pleno.

No sabemos en qué momento nuestra política decayó a ser una vergonzosa colección de insultos o si es que siempre ha sido así, pero si queremos una explicación de por qué muchas personas decentes y capaces prefieren no involucrarse en la política, no tenemos duda de que esta es una de las razones. Después de todo, ¿quién quiere ir a trabajar a un lugar en el que te van a llamar “corrupto”, “proterruco”, “lobbista” (dicho peyorativamente), “cobarde”, entre tantas otras cosas? Hace falta tener un estómago bastante fuerte para ser parte de una discusión de ese nivel y no irte o devolver los insultos y convertirte en uno más de nuestros congresistas actuales.

Ciertamente, existen congresistas como Alberto de Belaunde, Marisa Glave o Pedro Olaechea que actúan con decencia y son capaces de sostener un debate alturado. Podemos no estar de acuerdo con muchas de sus ideas, pero es innegable que son interlocutores con los cuales se puede tener un debate de ideas y que representan a sectores importantes de la población peruana. Sin embargo, gran parte del los congresistas son personas que no solo no ofrecen argumentos factibles de tomarse en serio (¿recuerdan cuando Galarreta llamó “psicosocial” a las pruebas PISA?), sino que no pueden polemizar sin faltarle el respeto a los demás.

La culpa de que algunas personas sin respeto ni ganas de dialogar estén en el Congreso no es solamente suya, sino también nuestra (sí, nosotros los elegimos), de los partidos políticos que no sirvieron como filtros y de las reglas de nuestro sistema de gobierno. Es importante, por esto mismo, una reforma política que permita que nuestro Congreso sea, al menos, un poco mejor de lo que tenemos. Necesitamos partidos políticos serios donde no mande una cúpula casi dictatorial, sino que se renueven constantemente y sus cuadros políticos reciban una formación adecuada. Pero nosotros también tenemos que dejar de votar por quienes más insultos y adjetivos propicien pues ello no es saludable para la democracia. En ambientes políticos como el que impera en nuestro país, es difícil creer que una persona honesta y abierta al diálogo tenga interés en participar de la política.

Desde que Fuerza Popular entró en una crisis política, los fujimoristas han asegurado que harán un cambio en su forma de dirigirse al resto. Su tono y actitud confrontacionales no han caído bien a muchos peruanos, por lo que han terminado perjudicando su imagen como partido. Aún es temprano para asegurar que este cambio no ha sido real, pero ojalá hubiesen aprendido mucho antes la lección y hubiesen llevado a personas más sensatas al Congreso. Al igual que los peruanos castigamos al fujimorismo por sus pésimas maneras, deberíamos cuestionar a todos aquellos políticos que hacen de la difamación y el insulto su estrategia. La política no puede seguir siendo el espacio de los peores.

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