lunes 22 de octubre, 2018

Una víctima tras las huellas de sus abusadores - por Martin Scheuch

Lectura de 3 minutos
church-abuse-e1369768503435
Fuente: churchandstate

Matthias Katsch (1963- ) fue víctima de abuso sexual en los años ‘70 en el Colegio Canisio de Berlín, una escuela secundaria privada regentada por jesuitas. Allí, a los 13 años de edad, fue objeto de abuso sexual repetidas veces por parte del sacerdote jesuita y guía espiritual Peter R., a quien le gustaba rodearse de jóvenes menores de edad, a los cuales les hacía regalos como tocadiscos y cámaras fotográficas. Pasaba su tiempo libre con ellos en un edificio algo apartado dentro de las instalaciones de la escuela —conocido por los muchachos como “El Castillo”—, donde desarrollaba dinámicas de grupo en las que los jóvenes tenían que confrontase con sus sentimientos y luego pernoctaban en ese lugar. Una vez ganada su confianza, les mostraba revistas pornográficas y después les pasaba cuestionarios tipografiados con preguntas sobre las fotos. Para una evaluación personal, les pedía que uno a uno fueran a su dormitorio, donde les interrogaba sobre sus sueños y los animaba a masturbarse en su presencia.

Otro jesuita, el profesor de deportes de la escuela, Wolfgang S., también abusaría de Katsch con castigos físicos que bordeaban el sadismo.

La lucha de Katsch contra sus demonios interiores —sentimientos intensos de vergüenza y culpabilidad que se manifestaron en fases depresivas desde los 15 años de edad y que le acompañarían toda su vida— conllevaron dificultades para insertarse en el mundo laboral y para mantener relaciones estables. Solo tras saber de otros casos de abusos en escuelas jesuitas y haber conocido a otras víctimas, pudo relacionar su felicidad esquiva con los abusos que había sufrido. Y todo ese proceso le tomó decadas.

En enero de 2010, junto con otros dos ex alumnos del Colegio Canisio, decidió tomar contacto con el P. Klaus Mertes SJ, entonces rector del colegio, e informarle sobre sus experiencias. Este envió cartas a unos 600 ex alumnos de las décadas de los ‘70 y ‘80, preguntando si alguno había sido sometido a prácticas abusivas por parte de ambos jesuitas —quienes habían sido trasladados a fines de los ‘80 a otras instituciones, al saber las autoridades de entonces que habían tenido “comportamientos impropios”—. Las investigaciones posteriores revelaron la existencia de decenas de víctimas y eso marcó en Alemania el estallido del escándalo de abusos de menores en instituciones educativas, la mayoría de ellas gestionadas por la Iglesia católica.

Recientemente, la televisión alemana ha propalado un reportaje sobre Matthias Katsch con el título de “Meine Täter, die Priester” (“Mis abusadores, los sacerdotes”). Durante su estadía en Chile con ocasión de la visita del Papa Francisco a ese país, Katsch supo que sus abusadores habían sido vistos en tierras chilenas. Sabiendo a través de una investigación de la diócesis de Hildesheim —donde Peter R. había vuelto a abusar de por lo menos una menor de edad— que también había víctimas en Chile, decide ir a buscarlas, comenzando por la Fundación Cristo Vive en Santiago de Chile, asociación católica dedicada a la ayuda de los pobres y necesitados y con la cual el jesuita había colaborado con donaciones.

Una mujer —que prefirió guardar el anonimato— le contó que cuando joven había visto cómo el sacerdote manoseaba a su hermana en los pechos y que ella misma había sido invitada a vivir junto con el sacerdote primero en Hannover —donde por temor atrancaba la puerta con un sofá— y luego en Berlín —lugar de residencia actual del jubilado presbítero)—, donde tenía que compartir dormitorio y el sujeto se masturbaba mientras ella parecía dormir. Otra víctima en Arica le habló de los crueles y sádicos castigos hacia los jóvenes de Wolfgang S. —quien había fundado una asociación deportiva en esa ciudad donde residía— y que le había aplicado de manera humillante a su hermana levantándole la falda, a la vez que admitía que a ella misma Peter R. le había acariciado los pechos, generándole un trauma que aún persistía.

De regreso a Alemania, Matthias Katsch llevaría consigo la información de las víctimas para incluirlas en el programa de reparaciones. Pues la única manera de ayudarlas en su lucha por salir adelante en la vida es que se reconozca lo que les hicieron, se les dé una reparación simbólica digna en dinero y se identifique a los perpetradores como tales. Es un deber de justicia que la Iglesia católica ha olvidado durante demasiado tiempo.

Siempre listo para la conversación del día.
Ad
Copyright © 2018 - GRUPO ALTAVOZ