viernes 21 de septiembre, 2018

Hablemos de reformas, pero hagámoslo bien - por José Antonio Alfageme

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Para quien no sabe adónde quiere ir, todos los caminos sirven

Proverbio chino

Si buscamos una solución, antes, debemos identificar correctamente lo que haya que arreglar. Si no lo hacemos, quizás, solo encontraremos medidas cuyos efectos sirvan muy poco, y hasta cuesten mucho. Es como aquella persona que ve una rajadura en una pared de su casa y considera que es un problema de pintura y la pinta. Pero, si se tratase de un problema estructural serio, quizás la siguiente manifestación de su problema sea que la pared o la casa entera se derrumben. En esencia, es un problema de conocimiento adecuado en la dinámica de problemas y síntomas, en que los segundos solo nos muestran una parte de la realidad, alguna consecuencia. Un buen médico, en el caso de la salud, deberá profundizar más para encontrar el verdadero significado de los síntomas y poder diferenciar ─por ejemplo─ una mancha común en la cara, de un cáncer del tipo melanoma.

Y considero que esto es una carencia demasiado común en la política práctica. Y la gravedad de esto, sobre todo, está en que lo que sucederá a partir de la identificación del problema irá en un camino diferente de lo requerido: alternativas, estrategias, ejecución, resultados y consecuencias.

Aceptémoslo, la política no es un campo en que la seriedad y la profundidad conceptuales sean características muy comunes. Los políticos y muchos funcionarios públicos asociados a estos tienen, básicamente, un deseo de llegar al poder o al cargo, en el nivel que puedan alcanzar. No es que los partidos sean “centros de conocimiento” o “think tanks” que estén abocados a conocer los problemas de la sociedad. Es más, actualmente ─a diferencia de lo que ocurría antes─ los partidos son más que nada cascarones que se activan con la cercanía de un proceso electoral. Si llegan al poder, deberán tratar de improvisar tres o cuatro medidas que den esperanza a los electores de que “esta vez funcionarán”. No partirán de lo hecho antes porque eso fue obra del “enemigo” y, como los leones que matan a las crías que fueron concebidas por su antecesor (para así tener la posibilidad de reproducir las propias), cancelarán, ralentizarán o transformarán los proyectos previos. Tampoco, colaborarán con otros para encontrar soluciones estables… el “tesoro” corresponderá a quien lo encuentre primero (lamentablemente, así es poco probable que alguien lo logre)…

Esto sería sólo un problema de errores involuntarios que debería solucionarse gradualmente, a medida que los nuevos equipos de la política y el gobierno vayan aprendiendo sus oficios. Problema muy común y costoso, pero que  acompaña a la incapacidad de nuestro Estado de conformar equipos estables de tecnócratas, no sujetos al vaivén electoral.

Pero, lamentablemente, esa no es toda la realidad. También hay intereses, escondidos por lo general, que van mucho más allá del sueldo público o el orgullo de tener una cuota de poder (el que, como sabemos, actúa muy similarmente a la adicción de la cocaína o la morfina). Entre estos últimos intereses, la búsqueda de enriquecerse y la influencia de o la complicidad con los grupos delincuenciales.

Entrando a lo concreto, el país está en medio de una gran polarización política en torno a la estrategia impulsada desde la presidencia de la república, que se ha puesto como objetivo luchar contra la corrupción. Esto se fortalece con la difusión de una serie de audios que mostraban las vinculaciones de jueces con el narcotráfico y el interés de configurar una organización mafiosa en la justicia, con posibles vínculos con la política, los empresarios, etc..

Como este sería el problema, la solución buscada actualmente se ha centrado en el nivel vinculado a la justicia. Y, por eso, el gobierno busca atacar el tema del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), responsable del nombramiento de jueces y fiscales. El Ejecutivo presiona, además, por modificaciones específicas en el Congreso (bicameralidad, reelección de congresistas) y cambios en el financiamiento de las campañas.

Ahora bien, ¿Todo el problema de corrupción que existe en el país está contenido en los problemas evidenciados por los llamados “audios de la vergüenza”? Por supuesto que no. Lo de los jueces, es claramente un caso lamentable y habría que conocer mucho más acerca de esto, sobre todo, qué tanto se ha desarrollado, pues es claramente una organización mafiosa y peligrosa. Pero ¿el hecho que se conozcan todo esto, significa que ahí queda el problema? Por supuesto que no.

El problema de corrupción es una situación crónica que afecta a todos los niveles y reparticiones del aparato administrativo público. Y va desde el nivel “micro”, desde el funcionario o servidor que tiene contacto con el público que pide “propina” para hacerle caso, hasta los grandes negociados sobre todo ligados a los contratos y grandes obras a ser ejecutadas. Lava Jato es quizás el fenómeno más grande que ha sufrido el país en toda su historia, pero es seguro que existen casos de todo tamaño en el nivel central, en las regiones y municipios; no necesariamente enlazados entre sí u otros sí enlazados, como el caso Orellana. El “Club de la Construcción” es una contraparte privada de Lava Jato aunque, quizás, tenga vinculaciones adicionales. Y el “método de carrusel”, en que existen varios “competidores”  que se turnan en ganar los  concursos de provisión, es bastante utilizado con el Estado, desde hace mucho.

Pero las posibilidades que tiene la corrupción para desarrollarse no podrían ser limitados, pues el poder de la imaginación se acrecenta notablemente cuando el “poderoso caballero” le habla al político o al burócrata, sobre todo cuando no tienen al “dueño” (el pueblo) mirando y un buen sistema de control al lado.

Empecemos por la “tradicional” práctica de llenar las administraciones de amigos y correligionarios (potenciales cómplices) o aprovechar el poder para vivir la vida de los “ricos y famosos”; también, las conexiones con sectores informales como en la construcción, la minería o la madera; o ilegales, como el tráfico de drogas, de terrenos o de mercaderías “bamba”; la información privilegiada también puede ser rentable si se la ofrece a algunos interesados; la manipulación de los fondos públicos; la construcción de una prensa amiga, comprada y bien alimentada; y, quizás, muchas formas más.

Los jueces y fiscales, para regresar al problema que sería  el “pecado original”, no sólo podrían corromperse desde su ingreso a las respectivas  carreras, sino que pueden convertirse al “lado oscuro” cuando tienen ese poder omnímodo que le da el que nadie siga sus acciones profesionales (fallos extraños, procesos desestimados, lentitud, etc.). Su debilidad frente al crimen organizado es, también, un flanco débil del sistema. El lema de Pablo Escobar era “Plata o plomo, usted escoja”… Y quizás mucho justos tengan miedo o ambición ante esto…

En resumen, es muy posible que la aplastante mayoría de gobiernos regionales, provinciales y locales estén infestados por la corrupción y que una situación similar exista en el nivel central de los tres poderes del Estado. La gran pregunta es, los planteamientos que han sido tan intensamente colocados en el medio del debate nacional, ¿serán más o menos efectivos para cambiar esta situación? Creo que no hay que ser un perito para responder esto en forma negativa.

Para complejizar lo que debería ser la demanda de la sociedad, ¿de qué nos serviría no tener corrupción si el Estado no cumple con brindarnos servicios y bienes públicos más o menos adecuados, como ocurre en temas fundamentales como salud, educación, seguridad, orden ciudadano, transporte y tráfico? ¡DE MUY POCO! Se lucha contra la corrupción porque es un obstáculo para que lo anterior se arregle. Pero, inclusive, si todos en el Estado fueran honrados, no significaría que sus servicios fueran los que la sociedad requiere.

Además, hay que resaltarlo, la ineptitud es también una forma de corrupción, la de quien se presenta como apto y no lo es (imaginemos que contratemos a un médico que no cura o un electricista  que no sabe mucho). Y el Estado, históricamente en el país, no ha mostrado aptitud (y tampoco actitud) en el cumplimiento de sus responsabilidades más básicas. Y esa es la razón por la que no podemos entrar, realmente, en la senda del desarrollo, en aquella categoría de países que son maduros, que cuentan con una burocracia y una casta política ídem y una sociedad más o menos satisfecha y orgullosa de su Estado.

Frente a esto, ¿sigue usted pensando que el debate que hemos presenciado ha tenido alguna trascendencia real? ¿No será, más bien, parte del circo que la política tiene como costumbre ofrecer al “populorum” para que se sienta representado o querido?

Economista, con postgrado en Sistemas de Información y maestría en Gobierno y Gerencia Pública. Especialista en Reforma y Mejoramiento del Estado, Análisis de Procesos y Diseño Organizacional. Consultor de proyectos del BID, Banco Mundial, OPS, PNUD y USAID. Funcionario por más de diez años en el Banco Central de Reserva.
Siempre listo para la conversación del día.
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