viernes 7 de septiembre, 2018

El dilema de la inversión pública: el Dogma Montaigne - por Nicolás Fuentes Mas

Lectura de 2 minutos
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Fuente: Giacomo Cardelli

Cuando unos se preguntan cuál es el origen de la riqueza o cuál es el origen de la pobreza, la respuesta más propagada es que unos son ricos porque otros son pobres o a la inversa, es decir, la riqueza proviene de la sustracción de riqueza de otros. Esto data del siglo XVI, cuando un filósofo y ensayista de nombre Michel de Montaigne, quien en el Ensayo 22 del libro segundo de la obra “Los Ensayos” enuncia: “No se saca provecho para uno, sin perjuicio para otros”.

Este dogma es uno de los más influyentes en materia económica y nace de una concepción de suma cero, es decir, la ganancia de unos es igual a la pérdida de otros. Bajo esta lógica se ha fundamentado el Estado y su principio de redistribución de la riqueza. Como tu riqueza ha sido a costa de la pobreza de otros, mediante los impuestos pretenden orientar parte de la pérdida que sufrieron aquellas personas por las cuales ahora otros son ricos.

En el presupuesto público existen dos tipos de gasto: el corriente y los de capital. El segundo se dirige hacia la inversión pública o, mejor dicho, obras. Estas obras tiene el fin de dotar de infraestructura y servicios públicos que impacten directamente al crecimiento económico, pero principalmente al desarrollo económico (mejor educación, salud, saneamiento, etc.) La inversión pública tiene prioridad por zonas marginales, rurales y pobres. Esto significa que el Estado debe hacer presencia donde la iniciativa privada no lo haría. ¿Cómo? Mediante un colegio, centro de salud, comisaría, conexiones de agua y desagüe, pistas, etc.

Ahora, ¿qué tiene que ver el Dogma Montaigne con la Inversión Pública? Resulta que cuando se elabora el presupuesto para las obras públicas, existen los techos de presupuesto y lo típico es que nunca sea suficiente. Este es el típico dilema del economista: ¿cómo asignar eficientemente los recursos cuando los recursos son escasos y las necesidades infinitas?

El Estado, inevitablemente, cae en el Dogma Montaigne. ¿Por qué? Porque cuando se decide hacer una obra pública en el Distrito A, es inevitable dejar de hacer obra en el Distrito B. Ahí sí es cierto: “no se saca provecho para uno, sin perjuicio para otro”.

Lo peor de esta situación no es cuando se prioriza un colegio, centro de salud o agua potable en el Distrito A con el costo de no priorizar algún colegio, centro de salud o agua potable en el Distrito B. Lo peor es hacer obras públicas sin sentido como: un coliseo de gallos donde el 75% de la población tiene anemia, un estadio de fútbol para 30 mil personas en un centro poblado de 1,500 habitantes o un parque millonario cuando hay cientos de territorios vecinales que necesitan una loza deportiva para la recuperación de espacios públicos para luchar contra la delincuencia y el vandalismo.

Cuando te hablen sobre el Dogma Montaigne, no pienses en el libre y voluntario intercambio de bienes entre dos personas o empresas. Eso es absolutamente moral.

Cuando te hablen sobre el Dogma Montaigne, piensa en el gasto del presupuesto público de obras que no impactan en el desarrollo del país. Eso es absolutamente inmoral.

Economista, especialista en Inversión Pública y Gestión Pública
Siempre listo para la conversación del día.
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