lunes 3 de septiembre, 2018

El poder excesivo es lo que genera incapacidad, arbitrariedad y corrupción - por José Antonio Alfageme

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corrupción andina
Fuente: Andina

Vivimos un momento muy complicado. Mucha gente, la amplia mayoría de seguro, está disconforme con nuestro Estado, en sus diferentes componentes y niveles. Prácticamente, no existe casi nada que sea posible de ser admirado o reconocido:

– Está disconforme con los servicios que éste brinda: Educación, salud, seguridad, organización de las ciudades, sólo para citar algunos servicios básicos. Nos cuestan muchísimo a todos, pero no nos dan una retribución mínimamente equivalente.

– Además, quizás con menor intensidad, se ofenden con la arbitrariedad: cuando tienen poder, los políticos victoriosos en esa rifa emocional que representa el modelo vigente democrático se olvidan de todo lo que ofrecieron y empiezan a construir su propio poder informal. No tienen aliados, tienen cómplices, se van convirtiendo en o ya lo eran, bandas legalmente autorizadas a atacar a cualquier competidor, someter a los críticos y manipular la conciencia de los ciudadanos. Además, con la pompa y privilegios de ser gobernante.

– Finalmente, los gobernantes tienden a incursionar, desde el inicio o poco a poco, en el deporte favorito de la política disfuncional, la corrupción: enriquecerse con el dinero de todos, estafar a todos con el cuento de “yo te quiero, te protejo y defiendo” mientras que siguen incrementando sus propiedades, cuentas en paraísos fiscales y viviendo la vida de los ricos y famosos.

Esto ha sido así en el país desde la colonia. El virrey y las capas altas importadas o criollas aprovechaban la lejanía del rey para hacer lo que querían. Con la “república” los votos sólo han cambiado el lazo, la fuente de derecho con la que el gobernante ejercía sus fechorías. Antes,  el linaje o la designación divina o real le otorgaban ese poder; ahora, los votos mayoritarios, obtenidos como sea, sea por ignorancia, limosnas o hasta sometimiento le confieren las mismas posibilidades.

Y también ocurre en una gran parte del mundo. Las noticias de esas tres plagas asociadas a la política: la ineptitud, la arbitrariedad y la corrupción son noticias cotidianas en prácticamente todos los países, particularmente en Latinoamérica. En primer lugar, destacan las dictaduras. Antes, éstas eran sobre todo militares, hoy, se han vuelto revolucionarias. Pero en este baile, entran también las supuestas democracias, las que tienen elecciones, libertad de opinión, etc.

Y la situación ahora en el país es insostenible, no porque antes no existiera, sino porque se ha vuelto muy visible. Sobre todo porque la tecnología dificulta ocultar las cosas que antes eran secretas. Un dispositivo simple puede grabar, cada vez es más difícil realizar cosas ocultas en los sistemas públicos y hasta la posesión de dineros en bancos poco transparentes está siendo limitada.

No basta cazar a los culpables

Con el escándalo, es imposible detener el ansia general de castigo. Todos quieren ver preso al que consideran el malo o culpable. Incluso el malo postula a sus propios “culpables”, como cuando Hitler acusaba a los judíos o Mao a los revisionistas u, hoy día, Maduro dice que todo viene de EE. UU. o los gobiernos de Colombia, Perú o Chile; y ahí la película se oscurece, sobre todo cuando el gobernante tiene capacidad de difusión y manipulación.

Pero más allá del castigo, que siendo imprescindible incluir la necesidad de que éste sea verdadero y ejemplar (muchas veces los mismos investigadores están comprometidos con la corrupción del que gobierna y la que tiene fines propios), no se ganará mucho si superviven las  condiciones que generan a esas tres cabezas de hydra de nuestro Estado enfermo. Por esa notable ausencia, un proceso de transformación real de un Estado enfermo a uno sano y efectivo no se convierte en algo real. Y esos males se suceden en ciclos –en secuencia o simultáneamente– interminables. El fin de un poder enfermo es continuado por otro nuevo, y así, en una forma sin fin.

Una condición fundamental para transformar esta tendencia histórica, considero que la principal, es enfrentar el poder en exceso de quien gobierna. Ya Lord Acton señaló en 1887 una sentencia que debería ser el pivote a partir del cual se debería construir los cimientos del nuevo Estado: “El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”. Yo sólo añadiría, también genera la ineptitud (finalmente,  otra forma de corrupción) y el despotismo.

Igualmente, Hamilton –uno de los que intervinieron en la elaboración de la constitución estadunidense– señaló: “El principio fundamental del gobierno constitucional, el que sirve de cimiento a todo el edificio, es que el gobierno debe ser limitado

Todo lo malo que sucede con el Estado tiene que ver con el poder desequilibrado del que gobierna. El poder excesivo atrae a los malos y hace que los buenos se vuelvan malos. “En arca abierta, el justo peca”, reza la frase bíblica. Contra más poder, mayor es la enfermedad. Esa es una regla de oro para entender la realidad, la pasada y la presente.

Veamos a la historia y al globo y confirmaremos que donde más poder tiene el gobernante, peor es la situación.

Por eso, siempre destacaron las abominaciones de los reyes absolutistas y los emperadores. Los Calígulas, los luises y muchos otros, son ejemplos de eso. También, los totalitarios, los que convirtieron la ley en área sujeta a su capricho, tanto los que utilizaron la ideología para someter, como el fallecido mundo socialista (aunque le sobreviven dos casos, en Cuba y Corea del Norte); el nazi-fascismo; los regímenes religiosos del medio oriente, que utilizan la fe como mecanismo de dominación total;   los jefes de juntas de gobierno de tantas dictaduras militaristas; o como el África subsahariana, en que países desestructurados, salidos de recientes descolonizaciones se han convertido en “tierra de nadie”.  Pero, también, los que han aprovechado otras formas más avezados de mantener el poder: los que saben hacer coaliciones espurias, los populistas que saben seducir al pueblo cantando las músicas adecuadas para arrullarlo o repartiendo limosnas, los que pueden comprar apoyos de la prensa, los que se alían con las mafias delincuenciales.

El poder hoy en los gobiernos “normales”

El poder hoy tiene muchas formas “más civilizadas”, todas ellas peligrosas, progenitores de la ineptitud, la arbitrariedad y la corrupción:

– Hacer lo que se quiera, sea un juez que pueda dar una sentencia antojadiza sin que nadie la revise o un gobernante que pueda incluir obras, proyectos innecesarios o decidir al ganador de concursos arreglados o que decida qué actividades haga y cuáles desatienda;

– Tener formas de influir en la justicia;

– Manejar la información, sea dando cosas falsas, manipulando conciencias, comprando defensores;

– Poder sobornar a la población, a sectores determinados, a jueces, a los medios;

– Tener la capacidad de armar equipos cero kilómetro con su propia gente. Muchas veces, es un equivalente a una mafia que captura algo;

– No tener reglas, tenerlas muy flexibles o poder hacer las propias a su gusto, lo es también;

– No estar obligado a mostrar resultados o a maquillarlos o resaltar lo que conviene;

– Tener capacidad de influencia sobre las entidades controladoras o para anularlas.

¿Por qué en el mundo privado no son tan frecuentes estas tres cabezas de hydra? Lo es porque no se suele tener ese poder que da el cargo público. Sólo hay otro sector en que abundan: En el mundo de la delincuencia. Sus cabezas tienen el poder – con las armas, el dinero o con el chantaje y el miedo–  o nos engañan fingiendo ser nuestros amigos o benefactores. En cambio el Estado…. ¡Caramba, qué coincidencia! (plagiando a Les Luthiers)….

Economista, con postgrado en Sistemas de Información y maestría en Gobierno y Gerencia Pública. Especialista en Reforma y Mejoramiento del Estado, Análisis de Procesos y Diseño Organizacional. Consultor de proyectos del BID, Banco Mundial, OPS, PNUD y USAID. Funcionario por más de diez años en el Banco Central de Reserva.
Siempre listo para la conversación del día.
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