jueves 23 de agosto, 2018

Nuestro propio Trump - por Matheus Calderón

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El psicoanalista francés Jacques Lacan afirmaba que el sentido común era también la represión común. En esa misma línea, suelo desconfiar de los lugares comunes y las obviedades. Sirven –error de izquierdas y de derechas- solamente para convencer a quienes ya están convencidos y para, la mayoría de las veces, generar algo de ruido mediático (no muy duradero, por cierto).

La labor crítica implica pensar estos lugares comunes como signos de procesos más profundos, como síntomas de fallas estructurales. Y creo que así se debe interpretar el fenómeno del hostigamiento y odio -la llamada xenofobia- contra la comunidad venezolana migrante en el Perú: como un síntoma de algo más, como un hecho profundamente ideológico.

Frecuentemente se piensa en la ideología como esta especie de gafas con las que se contempla el mundo y con las que se modifica la realidad –casi casi como un filtro de Instagram, que puede embellecer o afear los hechos de la vida diaria. El ser “ideológico” sería el proceso por el cual se falsea la realidad (en el 2016, el candidato Julio Guzmán afirmaba que “las ideologías ya no sirven”).

Pero la ideología, al tener siempre una base material (la mayor de las veces, económica), no es simplemente un falseo de la realidad o un error. La ideología (como este odio a los venezolanos) es en cambio “un equívoco con un sentido claramente fundamentado -‘un error con mejores fundamentos’”, explica la filósofa Rahel Jaeggi. Y es un error mejor fundamentado “porque está fundado en la constitución de la realidad”, en condiciones materiales.

Por eso mismo es que la interpretación de los fenómenos ideológicos no es despreciable. Y no lo es porque uno comparta una ideología, sino porque a pesar de que no la comparta (o no crea en ella) esta sigue teniendo consecuencias. Al contrario, esta interpretación es absolutamente necesaria para cambiar la situación. Sabemos, por ejemplo, que Donald Trump es racista y misógino… ¿pero estamos dispuestos a aceptar que se colocó como el candidato de ciertas clases trabajadoras en los Estados Unidos porque estas no se vieron representadas en la izquierda de las élites culturales letradas y académicas de Clinton, demasiado lejanas al pueblo? (a propósito: algunos rostros mediáticos del antifujimorismo limeño enfrentan varias de las taras de la izquierda de Clinton).

Me gustan los memes, frases, caricaturas e imágenes virales porque buena parte de ellas condensan sentidos comunes (y son justamente virales por ello mismo). Son, en su mayoría, profundamente ideológicas y su análisis discursivo puede ilustrar sobre estas fallas, sobre estas fracturas en los sistemas profundos. También las hay sobre la inmigración venezolana en el Perú y concentrarse en ellas puede ser provechoso.

Hace ya varios meses, se volvió popular una imagen / frase respecto que podría enunciarse así: un hombre le dice a otro “si tienes miedo que venga un venezolano y te quite tu trabajo entonces haciendo tu trabajo eres una mierda”. La frase original es del comediante Louis C.K. y trata de ser un alegato en contra de los activismos anti-inmigración, pero que se parece mucho a nuestros propios gritos de “xenofobia”. Y funciona bien para un monólogo, pero ignora las importantes percepciones y complejas relaciones de poder en torno al mercado laboral.

La broma de C.K. dice que “si alguien sin contactos, dinero o sin hablar tu idioma te roba tu trabajo, entonces eres una mierda”, y uno puede reírse, sí. Pero después de un rato uno también puede pensar que ignora la precariedad del mercado laboral, que su broma solo funciona si tienes ya un trabajo estable, un buen trabajo, uno que paga por encima del promedio. Para quien vive sin contratos fijos, subempleado o explotado, la frase (fuera de un contexto humorístico) resulta amenazante, desatinada, acaso completamente privilegiada.

La solución, como señalaba Stephan Gruber en un texto publicado hace ya varios meses en Disonancia.pe, pasa por un “internacionalismo” que permita articular a peruanos y venezolanos “en hacer visibles la injusticia que significa la persistencia de una precariedad laboral en medio de décadas de crecimiento económico acelerado” -los obreros no tienen patria, decía el viejo aguafiestas en “El Manifiesto Comunista”. Todo esto dicho en especial si sabemos la inmigración genera sin duda alguna efectos positivos (y no hay forma de negarlo).

Pero no se trata de los hechos, sino de las percepciones de los hechos en base a condiciones materiales. Es por ello mismo que gritar “xenofobia” al movimiento antinmigrante no hará demasiado –tampoco capitalizar la indignación en notas de prensa o intervenciones cortas de activismo- si es que no entendemos el sistema, la base material, que produce o acrecienta tal movimiento anti-inmigración. Especialmente porque no es difícil rastrear el miedo de la clase trabajadora peruana ante el ingreso de inmigrantes extranjeros –la mayoría de ellos, mejor preparados que los mismos peruanos.

Al hablar de las condiciones de precarización laboral en la que se desempeñan cientos de miles de peruanos (y en especial en las clases empobrecidas, donde la informalidad puede llegar al 95% entre los jóvenes) no hemos de entender simplemente modos de producción de mercancías o falta de espacios más o menos institucionales sino también la formación de subjetividades particulares, el crecimiento de percepciones de amenazas o vulnerabilidad del tejido social. Paradójicamente y a pesar de estar mejor preparados, también los mismos inmigrantes están en una posición de vulnerabilidad mayor que la de los peruanos: sin papeles, se exponen al subempleo y a la explotación laboral, a formas de semiesclavismo y hasta al delito de trata de personas.

Allí donde alguien puede gritar directamente “xenofobia”, existe a veces inadvertidamente (otras veces de manera advertida) el peligro de caer en la “demonización de la clase trabajadora”, como lo ponía de manifiesto hace varios años el joven líder de la izquierda británica Owen Jones.

Como en el caso de la caricatura descrita al inicio, estas críticas no son solamente profundamente conservadoras sino que, al hablar desde un lugar lejano y elevado –de élite, de privilegio- terminan alimentando a nuestros propios Trump: mal llamados líderes sociales que se posicionan falsamente como los verdaderos representantes del pueblo. Entre ellos, el detestable candidato Ricardo Belmont Cassinelli. Y es un tema de cuidado: a Trump su estrategia le funcionó.

Editor de Política
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