lunes 30 de julio, 2018

Humilladas y ofendidas en la Iglesia Católica -por Martin Scheuch

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El martes 24 de julio el programa de investigación periodística Informe Especial de Televisión Nacional de Chile, emitió —bajo la conducción de Paulina de Allende-Salazar— un reportaje sobre cinco ex-religiosas de las Hermanas del Buen Samaritano, dando cuenta de los abusos a que fueron sometidas en esa congregación que tiene su sede principal en Molina, localidad ubicada en la Región del Maule en la zona centro de Chile. Abuso sexual perpetrado por sacerdotes que atendían espiritualmente a las hermanas, pero también maltratos psicológicos y abusos laborales, convirtiéndolas en sirvientas a tiempo completo sin remuneración alguna y sin beneficios sociales. En otras palabras, esclavas.

Uno de los aspectos destacables es que, en un país donde el alcance de los abusos cometidos por representantes de la Iglesia católica ha llevado a que todo el episcopado tuviera que presentar sus cartas de renuncia, por fin se hace visible el abuso eclesiástico cometido contra mujeres. Pues hasta entonces, en la mayoría de los casos conocidos, las víctimas eran masculinas.

El esquema es el mismo. Y el abuso de origen palidece cuando se constata lo que viene después. Pues el maltrato hacia las víctimas y el encubrimiento posterior suelen dejar heridas más profundas.

Así queda plasmado en esa hermosa película, caída inexplicablemente en el olvido, conocida como “Las inocentes” o “Las humilladas” (1986), del reconocido cineasta mexicano Felipe Cazals.

En el siglo XIX, cuatro religiosas son violadas por muchachos campesinos cuando atraviesan el campo. Habiendo salido preñadas, la superiora decide entonces enviarlas a un convento más apartado, donde puedan dar a luz a sus hijos. Pero donde son sometidas también a un encierro sin escapatoria posible para hacerlas prácticamente “invisibles” a los ojos de otras hermanas y del mundo. Con el pretexto de salvar sus almas y su vocación, son sometidas a un régimen estricto y se las aísla para evitar cualquier comunicación con familiares y conocidos, impidiéndoles tomar decisiones. Incluso a una de ellas se le interceptan todas las cartas que envía su padre, que son leídas sin su conocimiento en el refectorio por la madre superiora, interpretando sus deseos de libertad como tentaciones del demonio. Y lo que no sospechan es que apenas nazcan, sus bebés les serán arrebatados mientras duermen y entregados a otros para que los eduquen, y ellas puedan mantener su vocación religiosa.

Si bien en la película el abuso originario no fue cometido por ningún religioso o sacerdote, queda en evidencia la enfermedad del sistema eclesiástico, que castiga y victimiza aún más a quienes son víctimas. Y peor aun si se trata de mujeres.

En el guión, algunos diálogos van a lo esencial y no tienen pierde:

— Dios les salvó la vida.
— ¿Y quién nos va a salvar de la vida?
— Sé lo que han sufrido. Son pruebas que Dios nos envía.
— Si Él nos prueba, nosotras también podemos probarlo.

— Dios aprieta, pero no ahoga.
— Con lo duro que aprieta, no hace falta que ahogue.
— Dios en su gran sabiduría hace que sus siervas seamos de hierro.
— Pero el hierro se descompone, se pica, se pudre, y eso no lo puede permitir. Si nos pudrimos, morimos, y si nos morimos, Él ya no existe.

— No quiero vivir en el libertinaje, pero tampoco quiero morir esclava.

— Debemos llorar, debemos gritar la injusticia y la ingratitud. Callar es aceptar un dios pasivo, en el que ya no creo.

Las ex-religiosas chilenas han mantenido la fe pero no han callado. Lo cual se agradece de todo corazón.

Siempre listo para la conversación del día.
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