jueves 26 de julio, 2018

A propósito de "No hemos entendido nada", de Diego Salazar -por Matheus Calderón

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Fuente: Diego Salazar

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¿Cómo empezar a pensar la publicación de un libro como “No hemos entendido nada”? Primero, considerándolo una bocanada de aire fresco en un contexto en el que abundan las interpretaciones superficiales sobre la crisis del periodismo –ya sea la crisis general del periodismo y el caso norteamericano, ya sea la particular crisis del periodismo peruano con sus atingencias políticas y económicas propias.

Digo “interpretaciones superficiales”, pero en realidad se trata aun más de otro fenómeno. No existe un término en español, así que bien podríamos tomarlo prestado del inglés: truism. En español, perogrullada (una verdad tan general que se hace obvia y conocida por todos) o, directamente, truismo. El fenómeno tiene varios cultores en el terreno nacional, especialmente aquellos que se refieren, no pocas veces, a la situación del periodismo peruano.

El periodismo sufre una crisis de calidad pero ¿qué hacer después de proclamarlo en altisonantes, pomposas columnas de opinión o declaraciones en videos que se comparten de manera viral en redes sociales? ¿Dónde empezar a ubicar las causas profundas de esta crisis–y de qué forma medir sus consecuencias?  ¿Cómo escapar, en el proceso, de volverse aquello mismo contra lo que uno lucha –cómo no alimentar al troll o, para ser más precisos, cómo dejar de alimentar a las platarformas? El libro empieza, irónicamente, postulándose contra estas verdades de perogrullo, horadando el saber establecido y afirmando –antes que nada- que no sabemos. No sabemos de qué escribimos, no sabemos para quién o quienes escribimos, no sabemos cómo circulan las noticias, no sabemos qué modelo es la causa de ello. En última instancia, tampoco sabemos cuánto más dure esto. Pero sí sabemos algunas cosas –por ejemplo, sabemos que el futuro es hoy, y es en base a esas certezas que este libro está escrito.

Confieso que soy un seguidor atento de los textos de Diego Salazar en “No hemos entendido nada” (ya en el blog, ahora en el libro). Aunque a veces explícitamente trabajo de factchecking, no puedo dejar de pensar en estos casos como más cercanos al trabajo del psicoanálisis –quizás porque yo mismo no he estudiado periodismo, sino literatura. El proceso de leer ciertos casos erróneos como síntomas de un problema mayor; diagnosticar, en base a ciertas particularidades, cambios mayores en las dinámicas de producción, circulación y consumo de noticias, podría tener como membrete el de “crítica comunicacional” (o crítica de medios, o crítica de prensa, o crítica cultural comunicacional). Rastrear cómo circula una noticia desde que es “producida” hasta que es “consumida” por los lectores es quizás hoy el ejercicio más productivo para quien esté interesado en adentrarse en la crisis del periodismo y Salazar lo hace con pericia. Se trata de una crisis que tiene sus raíces en un modelo económico, sí, pero no en el sentido en el que se acusa frecuentemente a la llamada gran concentración de medios.

Esta crisis del modelo económico puede ser leída en dos niveles diferentes pero profundamente entrelazados, ambos presentes en las reflexiones del libro de Salazar. El primero, el de producción; el segundo de representación. El primero es económico en el sentido más clásico del término: los medios de prensa obtienen cada vez menos ingresos por venta de publicidad, pues poco se pudo hacer ante la llegada de la Internet. Estos menores ingresos repercuten en la pauperización del oficio –entre otras cosas, menores sueldos, recortes de personal, cierre de medios-.  El segundo es económico en el sentido de flujos, de formas de valoración de la atención y la información: si los medios ya no son sostenibles, la calidad de las noticias cae y se priorizan las visitas, los clics y las publicaciones de redes sociales. El valor de la categoría “noticia” desciende peligrosamente cerca del cero y no hay nada que diferencie su estructura formal de otros tipos de contenido en red. Ya no veo la distinción entre las noticias y el marketing, me comenta por interno mientras escribo este texto el tuitero y comunicador Ray Ray Áfrika.

Primero, entonces, como una bocadana de aire fresco, y segundo como una especie de factchecking o una suerte de periodismo sobre noticias con harto del método de la crítica cultural –que, por lo demás viene bien en un medio en español-.

Tercero porque en su génesis están dos eventos que cambiaron para siempre el destino del periodismo: la emergencia de las redes sociales (y con ellas, el capitalismo de plataformas y la comodidad de los algoritmos para noticias) y el triunfo de Donald Trump (y, junto a una vorágine de fenómenos políticos, el reacomodo de las preguntas sobre lo que significa hacer periodismo hoy en día).

De lo primero el autor se ocupa en “Lo que hemos dejado que Facebook haga con las noticias”. De lo segundo no se ocupa directamente, pero el efecto Trump –“la Gran Regresión”, como algunos académicos lo han llamado- permea muchas de las reflexiones en torno a las relaciones entre las redes sociales y los efectos políticos de las noticias. Dos artículos resaltan: el primero, sobre el fenómeno de las fake news (frase que muchos repiten pero que pocos parecen saber a qué se refiere realmente), el segundo sobre las consecuencias políticas de las noticias sobre inmigrantes venezolanos asentados en el Perú. De hecho, también aquí se podría incluir la anécdota que abre el libro: el diálogo entre Richard Nixon y el entonces ministro chino Zhou Enlai en 1972, quien responde que “es demasiado pronto para saber” las consecuencias de la Revolución Francesa. Enlai, en realidad, se refería a Mayo del 68.

Cuarta forma de pensar el libro: como materia prima para posteriores reflexiones. Y eso, además, porque los textos se lo merecen y siempre es más interesante postular nuestra propia interpretación en vez de solo decir “compren el libro” (y por cierto: compren el libro). Y porque, como señala el autor en privada dedicatoria, hay que hacer todo por entender.

I

¿Pero son los cambios descritos en el periodismo tan nuevos como parecen? Sí y no a la vez. Sí, porque su especificidad ha tomado cuerpo recién en los últimos años y hubiese sido ridículo imaginarse el impacto de las redes sociales hace 20 años, cuando muchas de ellas todavía ni siquiera habían sido inventadas. No, porque los fenómenos por los que hoy atraviesa el periodismo se pueden rastrear a reflexiones filosóficas, sociológicas y culturales desde mediados de los años 60 del siglo pasado, con la publicación de ensayos como “La Sociedad del Espectáculo” por parte de Guy Debord.

Cuando el artista de la performance Joseph Beuys señalaba en los años 80 que “todo ser humano estaba llamado a ser un artista”, no solamente estaba condensando decenios de filosofía idealista y romántica de cuño germánico. Beuys estaba adelantando una profecía que se cumple cada vez más con las redes sociales y el uso de plataformas como Instagram, Facebook y Twitter: todos estamos ya en la posibilidad de ser artistas, todo lo que generamos -imágene, textos, fotografías, links, programas- pueden ya mismo ser arte. Ese cambio, que no se trata solamente del nivel de representación (lo que las artes representan) sino en los modos de producción (quién o quiénes son considerados artistas), circulación (las redes sociales mismas, los espacios institucionales del arte) y consumo del arte (un mercado de compradores pero también de usuarios de Internet enganchados a influencers), es un cambio que cada vez con más fuerza afecta también al periodismo.

Si el capitalismo de plataformas ofrece la posibilidad de producir, consumir y poner en circulación imágenes y objetos que empiezan luego a adquirir la categoría de arte –o que ya son arte desde el momento en el que empiezan a circular- un borramiento similar en las categorías se produce con algo que podríamos llamar periodismo de plataformas. Crear una página de noticias, que antes podía incluso demandarte cierta cantidad de dinero o conocimientos especializados en diseño, diagramación y programación ahora es tan fácil como crear una página de Facebook o una cuenta de Twitter (por supuesto, nada asegura que esa página se mantenga en el tiempo ni tampoco que su contenido sea de calidad).

No es raro que medios grandes contraten jóvenes practicantes –incluso ya egresados de escuelas de comunicación y periodismo- para que se encargen de la producción de noticias bajo el rótulo de virales o de redes sociales. Como el reciclador de basura que busca un tesoro entre los desechos de la sociedad industrial, así nos encontramos no pocas veces sumergidos entre las cientos de miles de historias virtuales que cada día son compartidas en las redes sociales con la esperanza de que alimenten el sistema de visitas y permitan, un día más, vivir de los clics anónimos.

Es en esta misma línea que tampoco es casual ni gratuito que cada gran medio de prensa tenga una cuenta de WhatsApp desde donde los usuarios mismos –los seguidores del medio- puedan reportar ( hacer periodismo ciudadano) sobre hechos y acciones que consideran son susceptibles de ser una noticia. Más aún, el exdirector de este mismo diario, Mijael Garrrido Lecca, publicó un texto titulado justamente “El periodismo del futuro”  en el que consideraba la posibilidad de que se uberize –se adopte el modelo de funcionamiento de la aplicación Uber- al periodismo. Así como los conductores ofrecen el servicio de taxi, así los ciudadanos podrían ofrecer el servicio de “reporteo” a las grandes cadenas de noticias.

“Un sistema como este permitiría también que los ‘reporteros ciudadanos’ ofrezcan su información unilateralmente a los medios. Y los medios estarían obligados a pagar por la información si la consideran idónea. ¿Se lo imaginan? Sería dejar de perseguir a las noticias y empezar a lograr que sean las noticias las que persigan a los medios. Sería la democratización del periodismo en la realidad.  Al final, seremos los usuarios los que decidiremos qué información es la que queremos y cuál es la que elegimos comprar con nuestro tiempo -tiempo que los medios monetizan con publicidad-“, se puede leer en la columna.

Reparo mucho en la frase sobre “la democratización del periodismo en la realidad”. Vuelvo al arte (y la democratización de las imágenes, si se quiere). Boris Groys, teórico del arte nacido en Alemania pero educado en la Unión Soviética, escribe sobre un caso muy gracioso en el que un hombre acude a una exposición de arte contemporáneo y se encuentra con un cuadro inentendible –en el ejemplo concreto Groys se refiere a un cuadro de Malevich. “Mi hijo podría haberlo hecho”, dice el hombre. Pero la lectura que propone Groys es la contraria: “uno piensa que esa comparación desacredita a Malevich, mientras que la comparación puede usarse, en cambio, como una manera de admirar al hijo que tenemos”. Es un poco el movimiento que realizan las redes sociales con el arte –y que está contenido también en la frase de sobre la “democratización del periodismo”.

Un meme que circula en las redes sociales y que alude al programa infantil Art Attack explica muy bien este giro y explicita también las críticas al mismo. La imagen, en fondo negro, presenta la pregunta: “¿cuál fue la frase que le hizo más daño a tu generación?”. Luego viene una imagen de Ruy Torres, presentador del popular programa junto a uno de los lemas del show: “no necesitas ser un experto para ser un gran artista”. Así como los que comparten el meme crítico con la frase sobre el arte, nos encontramos en un momento en el que el borramiento de la categoría “periodista” (la frase, mutatis mutandis, sería la de “no necesitas estudiar periodismo para ser un gran periodista”) parece ser el causante de la crisis del periodismo.

Pero como en el arte, donde en paralelo al motto “todo es arte/ todos somos artistas” cada vez hay más escuelas de prácticas artísticas para los jóvenes egresados de secundarias, en el periodismo se ha producido la paradoja del borramiento de la categoría “periodista” en un contexto donde cada vez hay más escuelas profesionales de periodismo y comunicaciones. Podríamos hilar más fino y decir que no solamente se ha afectado a través del borramiento de sus límites a la categoría periodista, sino –y fundamentalmente- se ha producido un borramiento de la categoría “noticia” . Y si la frase “todo puede ser arte” nos genera, a lo más, un conflicto estético, la frase “todo puede ser noticia” produce, al contrario, un pavor profundamente material. Para explicar este pavor, uno puede traer a colación la recordada frase del villano Síndrome en el filme infantil “Incredibles” de Disney Pixar: cuando todos sean super(héroes), entonces nadie lo será. Si todo es noticia, entonces nada lo es verdaderamente.

II

Mencionaba que en el caso del arte, a lo más, la confusión –el borramiento- de categorías podía generar un conflicto estético por la falta de jerarquía entre las diversas representaciones (ya no existen, para usar la terminología de Groys, imágenes fuertes sino ya solo imágenes débiles). En el caso de la categoría “noticia”, este borramiento resulta complicado y se percibe hasta poco ético porque el propio ejercicio periodístico obliga a jerarquizar la información. Hay información que vale la pena reportar y hay historias que más bien se pueden (incluso se deben) pasar por alto.

Parte de los casos de los que se ocupa Salazar se introducen en ese mismo debate sobre el borramiento de la categoría “noticias” y cuáles son los procesos por los cuales, por ejemplo, una campaña de publicidad se transforma en un hecho noticioso –como el caso de Justin Bieber y la “camiseta blanca” que había diseñado y que había aparecido en los principales medios del mundo. Cuando el autor se contacta con un importante director creativo, este comenta que “para cualquiera resulta evidente que esto es una campaña de marketing bien montada, donde la camiseta da igual. La camiseta importa un pito, lo que importa es quién la lleva. Y la lleva Justin Bieber”.

Una vez más podemos volver a la frase de Ray Ray Áfrika sobre la nula diferencia entre el marketing y el periodismo en el mundo actual o, como recuerda Salazar en la introducción a “No hemos…”, que ahora (habría que decir “ahora más que nunca”) el periodismo forma parte de la industria del entretenimiento. Pero podemos incluso ir más allá y detectar que la situación se vuelve todavía más compleja cuando son los medios los que producen la noticia. Un ejemplo interesante ocurrió en octubre del 2017, cuando se realizó el evento de Miss Perú. En esa ocasión, las mujeres que participaron del concurso de belleza, en vez de decir sus medidas corporales, usaron frases alusivas a la cantidad de feminicidios y mujeres golpeadas en el Perú. La campaña fue organizada por Luciana Olivares, en ese momento gerenta de contenidos de Latina, y fue cubierta y rebotada por casi todos los medios peruanos y hasta diferentes medios internacionales.

El caso captó mi atención porque aquí no hay diferencia entre el medio que cubre la noticia y el medio que produce la noticia. De hecho, uno se preguntaría aquí también qué es lo que constituye el cuerpo de la noticia: que cambie el formato de un concurso de belleza a favor de la lucha por la igualdad de género (aunque uno podría dudar legítimamente de una iniciativa así en un evento que por naturaleza objetiviza a las mujeres) o que este cambio se produzca por una iniciativa de activismo desde los medios mismos.  Durante una reunión privada de discusión en torno a aquel caso, mi exjefa Ariana Lira comentó cómo era cada vez más notorio que las noticias -y en especial las noticias con agendas políticas progresistas como las del feminismo- se han vuelto una mercancía más, una commodity, y ello tiene consecuencias serias tanto para los espacios de activismo político como para los espacios periodísticos.

Las consecuencias para los espacios de activismo político son fáciles de identificar pero difíciles de combatir: el hecho de visibilizar una situación de opresión o violencia (sea esta en el ejemplo específico el de la violencia de género) a través de notas, denuncias y rebotes, puede ser rápidamente asumido como un capital político que se termina convirtiendo en una mercancía más en un mercado de visitas mayor. Al visibilizar un tema y hacer “activismo”, se estaría generando solamente más clics.

Así como el mercado del arte “subversivo” o “político” queda absorto en la lógica financiera que muchas veces los artistas/activistas tratan de rechazar y combatir, así una noticia de denuncia puede quedar subsumida en la lógica del morbo y la economía de los clics, que antes que activar solo termina estableciendo una consciencia cómoda que inmoviliza. Y termina generando más daño que bien.

Paradójicamente, el movimiento inverso también se produce y es explorado por Salazar en su texto respecto a la polémica de Mariana de Althaus y el BBVA Continental. En resumidas cuentas, De Althaus fue contratada como columnista para la página de Facebook de la Fundación BBVA Continental –una columna que, a su vez, servía para generar engagement con los usuarios. Pero una de sus columnas fue retirada por ser “(demasiado) política”.

“La columna de Althaus ofendió, a juicio del banco BBVA Continental, a más usuarios de los que debía. Y entre esos usuarios, seguramente, había muchos clientes o potenciales clientes del banco que mantiene a la fundación”, apunta Salazar. Y luego explica el problema: “como todos somos productores de contenido y en redes sociales todo es contenido, nadie entiende que una columna de Opinión o un artículo periodístico no es lo mismo que un video de gatitos o un mensaje de apoyo a la selección de fútbol”, explica el autor.

Poco después, es todavía más explícito: “el problema es que todos, medios y periodistas incluidos parecen no querer entender que las fronteras dentro de la categoría ‘contenido’ son necesarias’”. Otra cosa que sabemos: las fronteras –esto es, establecer límites y jerarquías y categorías en torno al contenido publicado y consumido en redes sociales- son necesarias.

III

¿Es entonces una de las nuevas funciones del periodista el mantener las fronteras de la noticia? ¿No permitir el borramiento de la categoría noticia o más precisamente diferenciar, jerarquizar el contenido?  Esa y otras más. También, por ejemplo, aprender cómo funciona un restaurante cuando uno es el cocinero.

Este símil fue usado por Salazar –que además es un experimentado crítico gastronómico- durante la presentación del libro ante una de las preguntas formuladas por la periodista Nelly Luna. Así como un cocinero no puede simplemente trabajar sin conocer cuál es el precio de los insumos que utiliza, así tampoco un periodista puede ejercer bien su labor sin algunos conocimientos sobre cómo funcionan, por un lado, los algoritmos que dirigen las plataformas como Facebook y que hacen más accesibles algunas noticias; por otro lado, cómo se sostiene económicamente un diario en papel o un portal digital.

Cada vez los conocimientos que se necesitan para ser un periodista funcional en el capitalismo de plataformas se vuelven más demandantes. Veamos el siguiente fragmento sobre periodismo por la teórica Bojana Kunst, uno en el que se muestra como el oficio se ha convertido en un compendio de “múltiples actividades que se mueven entre la organización, la producción, la diseminación, el networking, la presentación de la noticia y el periodista mismo. (…) Es imposible hacer una diferencia entre su trabajo periodístico y la presentación del mismo, entre el hacer la obra y su diseminación pública, o entre la materialidad y no materialidad del trabajo periodístico. Es también imposible trazar una línea entre sus numerosas actividades, su vida profesional y su vida privada, la creación y organización de su trabajo, la creatividad y la publicidad de su obra, o su trabajo y su placer”.

Lo irónico es que el fragmento anterior es parcialmente un engaño: sí existe Bojana Kunst, pero es una teórica del arte. En el texto, tomado del libro “The artist at work. Proximity of art and capitalism”,  he cambiado las palabras “arte” por “noticia”, “artista” por “periodista” y “artístico” por “periodístico. Lo sorprendente e inquietante a la vez es que nadie negará que el fragmento funciona tan bien como si hubiese sido escrito directamente por un investigador en comunicaciones.

Editor de Política
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