miércoles 18 de julio, 2018

Sin horizonte, todos somos perfectos - Paula Siverino Bavio

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Difusión

El sábado amaneció extraño. Después de semanas de muy bajas temperatura y con lluvias persistentes a la vuelta de la esquina, una suave calidez primaveral se coló en medio del gélido invierno quizás a modo de dulce recordatorio de que la vida siempre tiene la capacidad de sorprenderte.

Quedé con un amigo para almorzar y estábamos enfrascados en una intensa discusión sobre objeción de conciencia y aborto cuando se sentó a nuestro lado un variopinto grupo de chicas. Estábamos en una de esas casonas palermitanas con pisos de mosaicos calcáreos y mesas comunitarias, donde sirven vegetales orgánicos y la limonada con menta es deliciosa, ideal para el brunch los fines de semana y donde escuchar conversaciones ajenas es inevitable, por muy buena educación que uno le ponga. Sobre todo si son sabrosas…

Cinco amigas, de treinta pocos, conversaban animadamente sobre lo que les había sucedido desde el último encuentro. Estaban en la parte de la puesta al día donde a cada una le tocaba relatar su situación amorosa. Dos de ellas, aparentemente en pareja hace años, le pasaron la palabra a una rubia guapa alegando que “de seguro sus historias eran más entretenidas” y el resto asintió rápidamente. La rubia se tapó la cara con las manos, lo cual presagiaba algo interesante e hizo un silencio teatral para aumentar la intriga.

-Ay, ustedes ya saben que me persiguen las historias bizarras. La verdad no estaba en los planes enredarme con alguien y menos aún de esta manera. Hace como un mes y medio una compañera nos puso en contacto por un asunto de trabajo y fue empezar a chatear y no poder soltar el teléfono durante horas. Me conocen, me aburro fácil, pero este hombre me partió la cabeza, es uno de los tipos más interesantes que me haya cruzado…

A la introducción le siguió un largo detalle de los múltiples encantos del candidato, que me hicieron suspirar incluso a mí: “Inteligente, guapísimo, sensible, divertido, histriónico, en contacto con su lado femenino, un diez total en la alcoba, nos entendemos de maravilla, somos almas gemelas, casi casi perfecto”… 

– Bueno hija, te sacaste la lotería, ¿cuál es el problema? 

 El problema es que está casadísimo y convencido. No sé muy bien de qué, pero convencido- resopló entre dientes.

– Entonces yo no lo adornaría con tantas virtudes, Mariela. Sin horizonte todos somos perfectos.

La charla siguió, pero esa frase me impactó sobremanera. “Sin horizonte, todos somos perfectos”. ¿Será así? Que cuando no tenemos nada que ganar o creemos que no tenemos nada que perder, tendemos a sentir con mayor intensidad porque, en definitiva, nunca se sabe si ese encuentro será el último.

O quizás se refería a que uno puede mostrarse más libre y más real cuando se es consciente de que no tendrá que hacerse cargo de las consecuencias del impacto emocional en el otro, ¿para qué especular, ocultar o retacear si, en definitiva, es una relación con fecha cierta de vencimiento? ¿Será que somos más generosos si operamos sobre el acuerdo implícito de que no hay derecho a esperar nada? Cuando sabemos que estamos de paso fugaz, ¿es cuando nos mostramos totalmente honestos? ¿O somos por definición un engaño o bien, en el mejor de los casos, como esas pruebas de laboratorio no reproducibles in vivo?

Pero visto de otro modo: ¿No sería mejor relacionarse así? Sin exigencias, expectativas, proyecciones ni egoísmos. Solo la nuda realidad del cuerpo amado contra la piel y el milagro de la alquimia, que tan pocas veces sucede, celebrándose a sí mismo. ¿Es posible enamorarse sin desear algo más que el momento presente?

¿Es posible aceptar que el otro no nos pertenece, no porque le pertenezca a otro sino porque nadie debiera ser más que de sí mismo? Y eso, lejos de causar desasosiego o tristeza nos produzca alegría. ¿Es posible sentir plenitud en cada célula y conmoverse contra una boca deseada y no quererla por más que un instante? Como el agua de un manantial, acercarse sedientos a beber, agradecer y seguir caminando.

Estoy lejos de ser lo suficientemente zen como para practicar mansamente esta idea, pero intuyo que la vida ha de ser mucho más feliz desasida de los apegos emocionales. Lo aceptemos o no, todos estamos de paso y caminando hacia la muerte.

Las fuerzas de la naturaleza son incontenibles, no es posible enjaular el fuego, el aire, el agua, la luz, el deseo o el amor.

Ojalá que a la rubia no le duela demasiado el averiguarlo.

Doctora en Derecho, fan de la Bioética, un poco argentina, un poco peruana y otro poco a definir.
Siempre listo para la conversación del día.
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