viernes 6 de julio, 2018

Más allá del orgullo - por Fernando García Blesa

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orgullo peru
Fuente: El Comercio

Acabó el mes del orgullo. Días atrás, Kika Nieto, una youtuber colombiana con más de seis millones de seguidores, fue duramente criticada por tener un maquillado discurso discriminatorio hacia la comunidad LGBT, que oculta con sutileza una visión patologizadora de la diversidad sexual bajo la “tolerancia”. Afirmó que Dios había creado al hombre para que esté con la mujer, y “lo que hemos hecho luego de eso, hombre con hombre y mujer con mujer, no está bien; sin embargo, lo tolero”.

Sexualidad patologizada y desprecio naturalizado desde las principales tradiciones religiosas. El desprecio se maquilla con falsetes de tolerancia porque ahora ser abiertamente homofóbico y sexista te quita likes y seguidores, pero la patologización sigue intacta, solo que ahora hay que incluirlos. Si la sexualidad es enferma en sí misma, la diversidad sexual es aberrante.

El desprecio ya no se manifiesta con la tranquilidad de antaño en los espacios públicos, tiene que evitar ser documentado por redes sociales, debe ser sutil. Está contenido. Se manifiesta en zonas seguras y ahí sale con todas sus fuerzas, toma cuerpo. Luego, el desprecio se torna en odio y un extremo dentro del grupo extremo decide, por el soporte de los suyos, romper con el respeto igualándolo con un discurso políticamente correcto. Es ahí donde manipula iras contenidas, se llena de adeptos y, ahora sí, de likes. Y ahí tenemos los auges de discursos de odio en todas las latitudes, cada vez con más escaños, más gobiernos locales, más presidentes y vicepresidentes.

¿Qué pasó? Ante la discriminación, los liberales asumimos una posición cómoda: la rechazamos y nos atrincheramos. Nos olvidamos de la democracia, del debate, del contacto y de la discusión. Sin darnos cuenta, nosotros liberales de izquierdas y derechas, creamos fundamentalismos. Olvidamos que la democracia no es solo para los que estamos convencidos de ella, sino para todos.

Debemos despertar. Somos seres sexuados y todos queremos una sexualidad libre. Tenemos que entender que los problemas estructurales que tenemos como sociedad en relación con la sexualidad no son exclusivos de algunas comunidades: la opresión sexual nos afecta a todos. Esto no descarta que, desde nuestras identidades, quizás tengamos que luchar desde diferentes frentes, pero todos somos una gran comunidad, un mismo país, un mismo continente, un mismo mundo humano.

Y lo primero que tenemos que evitar, aunque motivos nos sobren, es irnos contra la religión per se. ¿Cómo se le va a exigir a las personas creyentes que abandonen su religión para vivir una sexualidad libre? No caigamos en la lógica fundamentalista, que nos quiere convencer de que ser religioso implica necesariamente ser violento y oprimir la propia sexualidad y la de los demás. Se puede ser religioso y sexualmente libre. No es lo más fácil, depende de los grupos de pertenencia, pero se puede. Lo crucial es que todas las personas religiosas que se construyen desde una sexualidad libre deben alzar la voz y decirle a la sociedad que la patologización de la sexualidad no es inherente a una teología consistente con un mensaje de amor.

Tenemos también que promover el contacto entre nosotros, conversar. Debemos educar sexualmente no solo en los colegios sino en los cafés, en el trabajo, en las calles; especialmente a quienes toman las decisiones sobre los colegios. Destruyamos al fundamentalismo con acercamiento, con relaciones personales que esclarezcan y señalen cómo el miedo y la ignorancia pueden destruir vidas humanas.

Necesitamos rostros e historias desde todos los ángulos que nos convenzan de que ya no podemos seguir patologizando la sexualidad, que la mujer tiene el mismo derecho de goce que el hombre, que el hombre no tiene que negar su fragilidad ni ser un predador para seducir a la mujer, que las personas construimos nuestro género y no tenemos por que recibir pasivamente las construcciones binarias de la sociedad, que las orientaciones sexuales jamás van a definir algo mas allá del sexo que te atrae. Se trata de conversar con las personas sexistas y homofóbicas y deconstruir, desde el contacto interpersonal, un sistema de creencias que muchas veces ellos también trasgreden porque son inhumanos. Hay pocos malos y muchos moralmente confundidos.

El primer gran paso es promover la autoconciencia. En el debate sobre la legalización del aborto en el Congreso argentino, Vasco de Mendiguren, un parlamentario católico conservador tomó conciencia de su discurso y afirmó en Twitter: “Soy católico, y tengo convicciones sobre la vida y la ética. No estoy de acuerdo con el aborto. Nunca lo estuve ni lo estaré. Pero mis convicciones son mías, y mi responsabilidad como legislador nacional es legislar para toda la sociedad”. Esto es precisamente lo que buscamos. Para eso necesitamos conversar, debatir mucho. Intentar, fallar, seguir intentando.

No podemos seguir como estamos. La historia no es lineal y nos lo ha demostrado, y el auge de los fundamentalismos lo está demostrando cada vez más. Tenemos que tender puentes, porque la pasividad del nicho nos va a explotar en la cara. Nosotros dormidos, aferrados a una nostalgia del futuro que vendrá mientras se gestan barbaries desestimadas por nuestra soberbia, por creer que es impensable que vuelvan a resurgir monstruos que generaron las guerras mundiales, cometiendo el mismo error que quienes los subestimaron y recién se dieron cuenta cuando tuvieron que huir o estaban ya en un campo de concentración. ¿Suena exagerado? Este año dos mujeres fueron quemadas en trasporte público. Queremos diálogo, pero vivimos aislados. Es momento de practicar la democracia y salir al encuentro.

Siempre listo para la conversación del día.
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