lunes 25 de junio, 2018

Un país derrotado - por Martin Scheuch

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Desde que tengo memoria siempre he tenido en el Perú la sensación de vivir en un país derrotado.

Uno de mis primeros recuerdos de la infancia se remonta a 1968, cuando mi padre me comentó, mientras conducía su viejo automóvil Opel por el centro de Miraflores, que había habido un golpe de Estado y los militares habían tomado el poder.

Si bien el Gobierno de la Revolución de la Fuerza Armada —como se denominó a sí mismo— significó una derrota para las clases medias —a la cual pertenecía mi familia—, muchos años después sabría que también significó una derrota para los más pobres, cuyas esperanzas de un cambio social se vieron frustradas por quienes plantearon reformas necesarias en un país hasta entonces dominado por la oligarquía y atravesado por injusticias y desigualdades clamorosas, pero que no supieron plasmar las medidas correctas para lograr fines tan encomiables.

La crisis económica y los problemas sociales se acentuaron, hasta el punto de que en 1980, con el regreso de la democracia, se eligió como Presidente de la República al mismo que había generado la crisis que llevó a la dictadura del Gral. Juan Velasco Alvarado, a saber, al arquitecto Fernando Belaúnde Terry, una figura ambigua, pues durante su segundo gobierno el Perú sufrió una de sus derrotas más graves dentro del rosario de derrotas que han jalonado su historia: la del surgimiento de Sendero Luminoso, cuyo accionar no supo combatir cuando era todavía un grupo incipiente, permitiendo con su incompetencia que el problema se convirtiera en un cáncer de consecuencias nefastas.

Y entre esas consecuencias no sólo están los asesinados por la organización terrorista, sino también los desaparecidos y muertos por la Policía y las Fuerzas Armadas, siendo su número mayor durante el gobierno acciopopulista que durante cualquiera de los gobiernos que siguieron, los cuales continuarían asentando esa sensación de derrota enquistada en el inconsciente colectivo de los peruanos.

La consiguiente victoria sobre el terrorismo no significó un triunfo sobre los conflictos sociales, la desigualdad social, el clasismo y el racismo subyacentes a todos los niveles de la sociedad, el desprecio y la falta de apoyo hacia el talento personal y colectivo, la mediocridad de la clase política, la prepotencia de los poderosos, los abusos de quienes detentan el poder económico, la falta de solidaridad, la corrupción generalizada, etc.

Los gobiernos de Alan García, Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, serían incapaces —por diversos motivos— de generar las condiciones para la construcción de un Perú del cual podamos sentirnos orgullosos todos los peruanos. Y eso se refleja en el hecho de que más del 10% de la población peruana vive en condición de migrante en el extranjero.

Poniendo el acento sobre lo económico —que es como poner la carreta delante de los bueyes—, los gobiernos se olvidarían del enorme y valioso potencial humano que hay en la gente sencilla, la cual se alza frente a la adversidad y constituye la piedra fundamental para llevar a un país al desarrollo. Gente como la que yo conocí en mis épocas de docente de instituto pedagógico, que dentro de las limitaciones impuestas por un país derrotado sacaban lo mejor de sí mismos para dedicarse, en este caso, a la heroica tarea de educar moral y religiosamente a nuevas generaciones de peruanos.

Gente como la de la actual selección peruana de fútbol, cuyas ajustadas derrotas en el Mundial han sido una muestra de empeño, dedicación, sacrificio, entrega y dignidad. No importa que hayan perdido. Porque lo que se ha visto es un triunfo de lo mejor de la peruanidad, de lucha denodada y esfuerzo limpio por alcanzar una meta, de dignidad ante la adversidad, de esperanza confiada en el futuro. El equipo de Gareca no es un equipo derrotado, sino un equipo que ha mantenido la frente en alto y siguió luchando hasta el final, sin caer en la trampa del juego sucio.

Alemania, después de la Segunda Guerra Mundial, pasó de ser un país material y moralmente derrotado a lo que es ahora gracias a su gente. El Perú también dejará de ser un país derrotado cuando los gobiernos apuesten por la gente. Gente como la de nuestra selección de fútbol, de la cual podemos estar orgullosos.

Siempre listo para la conversación del día.
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