lunes 11 de junio, 2018

Placer restringido: ¿dónde está la revolución sexual? -por Martín Asenjo Vega

Lectura de 2 minutos
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Martin Asenjo Vega, futuro politólogo, se define como disidente sexual. “Es grato e incomodo conversar conmigo”.

El placer sexual es un tema incómodo incluso para quien lo escribe:  ¿quién va a hablar de sus pajas o del encuentro sexual que tuviste la noche anterior con el chico que conociste en Tinder?

Es más incómodo todavía hablar del placer de las personas LGTBIQs, quienes nos encontramos fuera de los márgenes de lo normal, que tratar del placer heterosexual. Por ejemplo, en el colegio la educación sexual sólo está orientada a las relaciones hétero, porque para quienes diseñan el curso/taller el sexo entre lesbianas o entre gays es inexistente o prohibido.

La restricción del placer para nosotros está institucionalizado desde la escuela pública o privada y se mantiene hasta la universidad. Siendo gay, te enteras del sexo entre chicos a través de Internet -o a través de encuentros vía Internet que pueden ser riesgosos. Siempre ha sido momento para exigir que nuestro  placer sexual sea libre y sin restricciones.

El placer es también político, me comenta mi compañera disidente sexual Gia Gia y es verdad.  Lo podemos notar también en los comerciales de condones dirigidos a hombres heterosexuales. Hay una disputa de quien puede y no sentir placer de manera plena y sin ninguna culpa. ¿Quién de mi generación no ha escuchado que el sexo sólo es posible en el matrimonio heterosexual?

Si esa no es tu orientación sexual estás condenado a no tener sexo o si es que lo tienes lo haces de manera clandestina y muchas veces con miedo. La disputa de los colectivos LGTBIQ no debe limitarse a la arenga “los mismos impuestos, los mismos derechos”, porque puedes estar al  día en todos los arbitrios pero la autoridad quien recauda los impuesto es la misma que te expulsa de sus parques por estar con tu cita de Grindr o Tinder, ya que resulta incómodo para los vecinos.

Las relaciones de poder se pueden invertir, nos dice Foucault. ¿Por qué no comenzamos a hacerlo con quienes nos restringen la posibilidad de placer? Es momento de disputar los orgasmos, ya que el placer también es político.

Aprovechemos el Mes del Orgullo LGTBI y vayamos más allá del matrimonio igualitario. Hay quienes optamos renunciar a esa institución tan vetusta y deseamos sentir placer sin recurrir a una legalización de nuestras relaciones. ¿Acaso es creíble que se cierran cada cierto tiempo las discotecas gays del centro de Lima porque la Municipalidad de Lima está preocupada por la salud sexual del público que asiste a estos establecimientos?

No hay que ser ingenuos, si las autoridades estarían preocupadas por la población LGTBIQ no cerrarían estos espacios más bien optarían por otras alternativas de solución. Pero en la realidad no nos gobiernan especialistas en diseño de políticas públicas.

Nadie puede evitar que la gente disfrute de su sexualidad, pero lo que se puede promover es que lo hagan de manera plena y segura sin tener que responder a la aprobación de una sociedad y una autoridad que castigue a los cuerpos e identidades que no estén acorde a lo que debe ser correcto y de acuerdo a la heteronormatividad.


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