sábado 2 de junio, 2018

Las flores de Eyvi se están quemando -por Elisa Fuenzalida

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Elisa Fuenzalida es investigadora de feminismos situados en el Centro de Estudios del Museo Reina Sofía y consultora de mediación intercultural en el Ayuntamiento de Madrid.

Tengo una carpeta que se llama simplemente “rabia”, así, en minúsculas. No hace falta exagerar un sentimiento tan familiar que ejerce en mis vínculos y en mi conciencia tantas funciones positivas. La rabia nos une dónde todo lo demás falla, porque habitar el amor en la guerra es vital pero no es siempre sencillo. La confusión como una ola impacta en nuestras vidas y arrastra todo fuera de su sitio y nos quedamos mirándonos como si fuéramos extrañas porque, sí, nos conocimos en la lucha, pero la paz no está al alcance de todas por igual. De la violencia venimos y su lenguaje ya forma parte de nuestro léxico, es innegable. A veces incluso nos hacemos daño entre las que luchamos contra un enemigo común, fuego amigo, le llaman en los frentes.

“Nos tiran fuego, respondemos con flores.” No somos pocas a las que está frase nos supo a gasolina, gasolina en el puño del hombre que intentó violarme en una casona barranquina, estrellándose contra mi mandíbula en un golpe seco, gasolina en la avalancha de odio y patrañas que dirigió hacia mí el entorno al que denuncié por encubrir a un agresor confeso, gasolina en la policía que gasea a las manifestantes marrones y protege a las chicas blancas que llevan flores, gasolina en Arlette Contreras, imputada mientras que su agresor es absuelto, gasolina en la bolsa negra de basura en la que apareció el cuerpo de Jimena, gasolina en el morbo de los medios de comunicación que nos muestra siempre llorando, siempre en el suelo, siempre muertas, que nos mata una y otra vez.

Y allí está ella, ella que podría ser cualquier chica blanca, alta, delgada, rica en un video de una revista para la que solo existe la gente blanca, alta, delgada, rica. Allí está esa razón de ser de blankitos_txt, aclarando que para ella los hombres no son nuestros enemigos, dejando abierta la pregunta, entonces ¿para quién lo son? ¿Para esas pobres chicas que ya perdieron la cabeza? ¿Esas que se quitan el polo, que rugen, que se muestran fuertes y poderosas, que se hartaron de pedir por favorcito y exigen vivir sin miedo?

Olvidemos por un minuto las buenas intenciones de la promotora de Puma para abrir una vía de cuestionamiento y extenderla a un plano más general. ¿Qué es la rabia para una persona, quién sea, cuyo cuerpo jamás ha sido atravesado por la pobreza, el racismo y el desprecio del estado, además de la misoginia? ¿Qué significa la paz cuando quien la pide es alguien que representa el uno por ciento que se beneficia de la explotación de los cuerpos de otros hombres y mujeres, más pobres, más marrones y sobre la que el estado peruano se conflagra para sostener y proteger el privilegio de unos pocos? ¿Es inútil, acaso, recordar que en el Perú existen castas, jerarquías, un apartheid histórico y vigente en el que la posición a la que se puede aspirar, el campo de posibilidades de tus deseos lo marca de antemano tu color de piel y tu apellido?

Me dolió, me indignó, me violentó ver ese video en el que toda la “bienintencionalidad” blanca limeña que conozco tan bien se encarnó de manera tan gráfica en la imagen de la hermana de Eyvi hablando y la modelo, mirándola desde un costado con ojos tiernos y condescendientes, como si fuera un perrito que rescató de la calle. Esa mirada, la conozco demasiado bien porque de esa mirada vengo, de la mirada “progre” del blanco y la blanca que mirando “al otro” se construyen como los buenos de la historia, los salvadores que “dan voz” a “los que menos tienen” desde la antropología, el activismo, el arte, la ONG. Dar voz, efectivamente, les es vital, puesto que de ese modo se evitan tener que escuchar los gritos de quiénes no necesitan representantes ni traductores.

Nos estamos engañando. Como figuras públicas, confundimos la empatía con la limosna. Como medios de comunicación, confundimos la labor fundamental de interpretar la realidad con el espectáculo y el morbo. Como izquierda, bueno, mejor ni entrar ahí, eso que lo analice otra, pero es un desastre. Como feministas, confundimos la unidad con un horizonte de justicia que requiere luchas y reclamos específicos para cada realidad, la mayoría de ellas, atravesadas por muchas más violencias normalizadas que la machista.

El único pensamiento que parece tener clara su dirección es la derecha neoliberal. Ya saben, mantener la riqueza, mantener el país distribuido entre las familias de siempre, intentándonos convencer mientras tanto de que depende de nuestro esfuerzo personal y no de nuestra historia de expolio y repartija colonial en pleno funcionamiento, que nuestro apellido y nuestra pigmentación no tienen nada que ver con nuestras posibilidades de acceder a ese mundo de trabajos bien remunerados, salud, panes con palta de veinte soles y vacaciones en Nueva York, porque el en el Perú: “Todos somos cholos”. ¿Es en serio?

Desde luego, estoy exagerando. No es este el único pensamiento que sabe hacia dónde va. Hay unas mujeres que ese feminismo que sale en Cosas no está mirando. Hablo de las obreras, de las trabajadoras del hogar, de las campesinas que luchan contra las minas que les envenenan el agua, que masacran a sus hijos, maridos y padres y les siembran verduguillos en las manos limpias con la anuencia y complicidad del estado, hablo de las compañeras transfemeninas, de las maestras en huelga.  ¿Es que acaso ellas no son mujeres?

Hay cosas que nos dividen más de lo que nos une el género, feministas. Dejemos de clamar por unidad antes de haber reconocido las relaciones de poder entre mujeres, dejemos de asumir que reconocerlas es suficiente. Hay que empezar a operar, a actuar en contra de esas estructuras. Cerrando el círculo: esa jerarquización es la que hace que algunas puedan hablar desde la calma y la paz y otras desde la rabia y la urgencia. Ya es hora de decirlo claro. Tu fragilidad cuando te llaman blanca o pituca con carro, cuando visibilizan todo aquello que te coloca en una posición de poder, con sus particularidades de origen, pero en los efectos muy parecida a la de un macho, habla fuerte y claro del terror que te da perder lo que tienes, porque sabes que puede pasar, porque en el fondo sabes que lo que tienes no lo tienes porque te lo mereces, sino porque lo has heredado de alguien que lo robo.

Ya sé lo que están pensando, lo dicen en sus cuentas de Twitter: “Esto se va a salir de control”. Traducción: “Ya vienen los terrucos”. Qué falta de imaginación.  La rabia te da miedo porque no conoces su potencial para construir, para convertir el dolor en energía creadora, en energía de vida, porque tu rabia es flojita y no huele a flores sino a perfume de diseño, a ropa nueva, a comida cara. No, aquí nadie está hablando de poner bombas porque así como las feministas nos hemos hecho fuertes sin tener que matar a ningún agresor, el Perú que se está levantando no está planeando matar a ningún blankito_txt para reclamar lo que le corresponde. Solo miren a su alrededor, miren con atención lo que ya está ocurriendo. Las flores están ardiendo.

#EyviPresente


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