martes 15 de mayo, 2018

¿Dónde están las influencers feministas? -por Sandra de la Cruz Elescano

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Sandra De la Cruz Elescano estudió arqueología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Exrepresentante estudiantil, fue miembro del colectivo por la diversidad sexual LGTBIQ – Versiones. Actualmente es militante del Foro Juvenil de Izquierda, coordinadora de la Escuela Itinerante de la Protesta a la Propuesta. Feminista y socialista.

Según la RAE, el activismo es un ejercicio de proselitismo y acción social de carácter público. Me he considerado activista feminista durante mucho tiempo y, en esas idas y vueltas, me ha tocado conocer a cientos de activistas de distintas temáticas. Los hay ecologistas, ambientalistas, antiespecistas, culturales, LGTBIQ, contraculturales y, por supuesto, las feministas en todas sus variantes y formas.

Esta diversidad de activismos -algunos de ellos, contra todo pronóstico, autodenominados apolíticos- tienen algo que los une y que los separa a la vez: la diversidad. El movimiento activista es variadísimo y suele ser verdaderamente complejo que exista un diálogo intertemático: me ha tocado ver, y no pocas veces, una jerarquía de las identidades, pasando por un riguroso examen de qué identidad es más oprimida o invisibilizada en este mundo.

Como nada suele ser producto de la nada, esta incapacidad para dialogar o, en términos políticos, incapacidad para unir o articular, son propias del contexto social en el que vivimos, contexto del que no podemos escapar, ni siquiera las feministas.

Debemos aceptar que la forma para realizar protestas sociales en el año 2018, el activismo de hoy, no es el de la célula clandestina de los sesentas o setentas, donde los militantes planeaban la revolución. Dentro de este modelo de “nueva protesta” a lo millenial, las comunicaciones juegan un rol determinante.

Las redes sociales son una herramienta fundamental para las activistas de hoy, tanto es así que tenemos activistas digitales e influencers feministas que pueden ser tendencia en minutos y llegar a miles y hasta millones de personas. No reparo en el poder de las comunicaciones o de la veracidad de la influencia en miles de personas, sin embargo como somos hijas de nuestro tiempo, vale decir que esta nueva forma no es ajena a las características del neoliberalismo y su eficaz arma del sentido individual que impone, no solo en las estructuras sociales o materiales, sino también en los sentidos comunes y en la cultura, la ruptura de lo colectivo, la atomización y la glorificación del éxito individual o personal.

Este sentido individual tiene como vitrina y fantasía a las redes sociales, la oportunidad que nos da Facebook como medio para sentirnos (siquiera entre nuestras amigas) las estrellas y protagonistas de nuestra propia película. Esta herramienta, así tal cual utilizada por mujeres que vivimos en un mundo como este, puede reproducir los mismos males.

¿Qué ocurre si cruzamos la delgada línea entre la causa que decimos defender y el autobombo complaciente? ¿La causa sigue siendo el fin? Siendo objetivas, no todas podemos ser influencers: para ello hay que tener algunos puntos, ser famosa, tener al menos la “pinta” (que es otra forma de decir ropa y fenotipo) que la belleza hegemónica te reclama como pasaporte o, tal vez, gran cantidad de contactos con igual o más alcance que tú en diferentes mundos como el arte, el activismo político, o la música. Pero sobre todo, hay que ser sensible a los dramas sociales de este mundo -pero no a todos.

¿Se puede ser una influencer selectiva? ¿Dónde están las influencers feministas?, reclama una compañera sin miles de seguidores en Facebook. El poder de las influencers, al menos el de convocatoria, existe: negarlo sería negar una de las características principales de los activismos por identidad, que es la sobrevaloración de lo mediático o comunicacional por encima de lo político.

Digamos que hay una forma hegemónica de feminismo en el país: hace apenas unos meses, una tienda por departamento ofrecía una colección de ropa fashion feminista (no es novedad que el neoliberalismo haya enlatado y convertido en productos y marcas las luchas sociales en los últimos años). Sin embargo, ¿cómo funciona esta nueva y “renovada” forma de protesta? En su mayoría, sin espacios de organización, ni debate político, y por el contrario, en espacios donde suele haber una satanización de la organización colectiva, del debate y discusión política. El advenimiento de lo individual, del “yo”, eso es lo nuevo y renovado.

Adriana Varela, una tanguera argentina, decía que “la vanguardia está en la esencia, no en la apariencia, (…) si sos esencial, sos vanguardia”. Creo que vale la pena preguntarnos qué es lo esencial en la lucha de las mujeres: ¿la marca? ¿la moda? ¿ambas, además, que reproducen la segregación de miles de mujeres, que no encajan en los estereotipos de belleza o acaso las condiciones reales que las mujeres viven día a día? No basta criticar el machismo o el sistema: es necesario cambiar las condiciones materiales de las mujeres que perpetúan la violencia.

¿Qué ponemos entonces en el centro de la lucha? ¿A las personas o a la causa común? Las propuestas performáticas, como respuesta a la  violencia vivida en los últimos días , no dan para dejar pétalos de flores, y sin embargo, esta iniciativa (“Nos tiran fuego, respondemos con flores”, organizada por la influencer Alessandra Denegri y cubierta por la revista COSAS) ha tenido importante revuelo mediático, incluso mayor que el de otras iniciativas organizadas desde lo colectivo.

Sin rechazar lo simbólico, una iniciativa de este tipo no puede estar fuera de la realidad. No imagino a las “343 sinvergüenzas” cambiar una sola palabra de su manifiesto publicado en 1971 en Le Nouvel Observateur, redactado por Simone de Beauvoir:

A los fascistas, cualquiera que sea su pelaje , les decimos , aquellos que lo reivindican y nos agreden físicamente , católicos, integristas, demógrafos, médicos, expertos, juristas, “hombres responsables”, que a partir de ahora están desenmascarados. Que son unos asesinos y que por lo tanto les prohibimos terminantemente utilizar el término “respeto a la vida”. Esta es una obscenidad en sus bocas” .

Quizá sea el tiempo que vivimos, pero no vendría nada mal alcanzar alguna victoria social y arrancarle las vidas dignas que nos merecemos vivir a este mundo -y eso no se hace de una o de a dos, ni solo detrás de un celular o de pétalos de rosas. Quizá, al fin, la compañera feminista no vuelva a preguntar un primero de mayo en un local sindical frente a decenas de mujeres desconocidas dónde, dónde están las feministas influencers cuando despiden a las trabajadoras de Sitobur.

Siempre listo para la conversación del día.
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