jueves 10 de mayo, 2018

¿De qué hablamos cuando hablamos de Paco Bazán? -por Matheus Calderón

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Fuente: Francisco "Paco" Bazán. La República.

En realidad, de @pacobazan_, o, en el mismo caso, @karinaCalmet. E incluso, yendo un poco más allá, de @KenjiFujimoriH –el antiguo Kenji Fujimori, el del fujimorismo “democrático” (Day dixit)  y de los avatares de Twitter en los que apoyaba la causa LGTBI.

Confesaré que no me interesa ni las vidas privadas, ni las militancias ni las intenciones  particulares de estos tres personajes mencionados, ni tampoco cuestionar su moralidad-al menos, no es mi objetivo inicial.  Al contrario, me interesan los personajes que despliegan en el espacio de lo virtual, sus avatares de Twitter, sus formas de congregar diferentes y diversos discursos, su actuación dentro de una gran narrativa a la que nos enfrentamos cada día en las redes sociales y que no está siendo leída en sus verdaderas dimensiones. De hecho, que están ganando cada vez más espacio.

Bazán o Calmet no me interesan en la complejidad de sus personas internas, sino como síntomas virtuales, como puntos de lectura de una narrativa mayor: la de los nuevos reaccionarios que comandan una arremetida por tomar el Estado.

En esta narrativa conservadora, que ciertamente también se reproduce en el Perú, un evento global marca un punto de inflexión: el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos del 2016.

A pesar de haber postulado con el conservador Partido Republicano, Trump planteó serias diferencias con la tradición de los founding fathers de los Estados Unidos. A saber, para empezar, que mientras los Padres Fundadores fueron siempre temerosos del poder del Estado y buscaban reducirlo o al menos mantenerlo confinado a ciertas estructuras formales, Trump busca abiertamente un Estado más fuerte y más grande y no oculta sus posiciones racistas y antiinmigración.

Este punto de inflexión ha tenido consecuencias en los países del tercer mundo y Perú no es la excepción. Tomemos el caso de Calmet: conocida y popularizada por su caracterización del personaje de “Isabella Picasso” en la comedia “Al Fondo Hay Sitio”, Calmet es cercana al partido Fuerza Popular, que recoge la tradición del movimiento fujimorista.

(Con no poco de ironía, el papel de Calmet en las redes sociales es harto parecido al papel de Isabella Picasso: una mujer adinerada, de convicciones conservadoras, pero “de buen corazón” y simpática a la audiencia, algo que sin duda el personaje público ha sabido aprovechar bien).

Calmet, no obstante sus preferencias políticas, ha abogado más de una vez por los “derechos laborales y humanos” –ignorando la herencia malsana del fujimorismo, que ha atentado justamente contra los derechos laborales y los derechos humanos . No basta con criticar la contradicción aparente, sino que hay que interpretarla.

En la narrativa que presenta Calmet, el Poder ha sido conquistado por una cúpula progresista (de izquierda, cultural, del circuito de actores), que ha hecho que ella misma sea desplazada. De allí sus constantes discusiones con otros de los participantes de “Al Fondo Hay Sitio”: principalmente, Mónica Sánchez, pero también Gustavo Bueno. Ambos han suscrito y hecho públicas sus convicciones de izquierda (este último incluso postuló junto al Partido Socialista en las 2006).

A esta situación, además, Calmet le suma el componente étnico-racial: a causa de ser blanca, sus papeles han estado condenados a los de antagonistas malvadas y frívolas, como señaló en un tuit.

Reclamo por derechos laborales más fuertes, desplazamiento por parte de una cúpula de intelectuales y actores que creen saber  cómo hacer las cosas, denuncias de hipocresía moral y componente étnico de reclamo por una revalorización de “lo blanco”: todas estas características, que Calmet ha expuesto en varios tuits, son en realidad parte del ya mencionado discurso trumpista de arremetida reaccionaria.

El caso de Bazán, con sus ataques constantes a la llamada “ideología de género” o al feminismo (su desconocimiento del mismo), su defensa a la familia tradicional y también su elogio de algunas formas autoritarias de gobierno, no está demasiado lejos de los que ya se han realizado en medio de la campaña virtual de Trump en las elecciones del 2016 –en lo que, en su momento, se llamó la “Gran Guerra de los Memes” (“The Great Meme War”).

A pesar de las constantes burlas a Bazán en redes, lo cierto es que estrategias como las que el conductor de televisión ya se han probado efectivas en contextos de elecciones polarizadas: finalmente, Trump ganó las elecciones de los Estados Unidos con un discurso contra el stablishment letrado, contra los liberales que creen saber cómo hacer las cosas del Partido Demócrata y su candidata, Hillary Clinton.

También en un sentido bastante preciso, personajes virtuales como Bazán o Calmet son la contraparte conservadora del activismo de redes sociales por el que buena parte de la izquierda de clase media alta con pretensiones buenistas (que terminan siendo, sin mucho remordimiento o consciencia de su parte, completamente de élite, de una minoría con privilegios –que pese a que los reconoce o intenta reconocerlos, no esta dispuesto a renunciar a ellos) se ha hecho popular.

Por ello es que Bazán no se equivoca sobre una cuestión en particular: la insuficiencia del activismo en redes. En uno de sus tuits –justo antes de abandonar Twitter, señala que “el Perú no se va a solucionar desde este frío teclado”. La frase es irónica, pues Bazán o Calmet  son ante todo figuras creadas desde y sostenidas por el “frío teclado”: tecnologías de la antipolítica, como recordaba Marcel Velázquez en su análisis de Kenji Fujimori, sustentadas en la viralización que permiten las redes sociales, y que los medios de prensa amplifican -no es raro que, un día de baja audiencia, el redactor de un diario local cualquiera se encuentre hurgando en los tuits de uno de estos personajes para producir una noticia viral.

Bazán vincula necesariamente el activismo de redes sociales con sostener una “pose” y con un privilegio. Y de hecho, en este punto la crítica de Bazán –por más reaccionario que se presente el emisor- no es diferente de críticas desde la misma izquierda a activismos como el de los influencers que, “repentinamente” (por no decir casi siempre después de una lluvia de críticas y pedidos generalizados) toman conciencia social sobre un tema determinado.

El último caso, que ha levantado algunos debates en torno al papel del feminismo y la lógica de la mercancía propia de las redes sociales, tuvo que ver con la campaña realizada por un grupo de blogueras de modas (fashion bloggers) lideradas por la modelo y ocasional actriz Alessandra Denegri.

El gesto, que por cierto fue alabado por muchos y documentado por la revista Cosas del grupo El Comercio, levantó las críticas de la poeta Victoria Guerrero, una de las columnistas de la web feminista Malquerida, quien resaltó algunas de las características problemáticas de la muestra de activismo. “Sociedad de poses, donde todos documentan su vida en este aparatito”: la frase, otra vez, es de Bazán –pero podría ser de cualquier militante o activista que ve cómo la lógica del espectáculo y la mercancía se apodera de su lucha, y en el camino le resta valor.

“Igual son esclavos del capitalismo y su cultura de consumo” no es solo una frase bonita para terminar una retahíla de tuits. Es una constatación que nos interpela constantemente: ¿y si, a pesar de todo, esto es cierto? ¿Qué si nosotros somos parte de la economía que permite a estos personajes proliferar y ganar terreno? ¿Qué hacer, entonces?

Al enfrentarse a estos fenómenos tecnopolíticos uno se siente casi obligado a citar a Antón Ego, el proverbial crítico gastronómico de la celebrada película infantil “Ratatouille”. En el filme, Ego reflexiona sobre la labor de la crítica y señala, casi derrotado, que “la cruda verdad que los críticos debemos enfrentar es que, en términos generales, la producción de basura promedio es más valiosa que lo que nuestros artículos pretenden señalar”.

Ese sentimiento de malestar pulula en las redes sociales respecto a la crítica ideológica contra los conservadores que, al contrario, tendrían la renovada fuerza para ganar nuevos espacios y hasta para vencer: no sería raro que, en unos meses o años, Bazán y Calmet postularan a un puesto de representación y, con todo el derecho del mundo, ganen.

En un artículo publicado hace ya más de tres años, el esloveno Slavok Zizek comenta el atentando contra el semanario francés Charlie Hebdo por parte de un grupo terrorista yihadista. Zizek cita al poeta William Butler Yeats en su poema “Segunda Venida” para explicar la percepción de la situación tras los atentados yihadistas contra los caricaturistas: “los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de apasionada intensidad”.

“Esta es una excelente descripción de la división actual entre liberales anémicos y fundamentalistas fervientes. ‘Los mejores’ ya no son capaces de comprometerse completamente, mientras que ‘los peores’ se comprometen con fanatismos racistas, religiosos, sexuales”, señala Zizek.

La frase de Zizek sobre “los mejores” da cuenta de un fenómeno que la socióloga Eva Illouz, en sus estudios sobre el amor romántico contemporáneo ha denominado como “ambivalencia impasible”, un “desorden de la voluntad” que no nos permite asumir compromisos de por vida. Y aquí, “los mejores”, bien podría ser reemplazado por la frase “los millenials/ posmillenials”, o simplemente por todos los que hemos nacido en un contexto en el cual las tecnologías de la comunicación virtual han cambiado nuestra forma de organizarnos e interactuar, de militar y de conectarnos con referentes políticos e ideológicos.

Volvamos a Zizek ahora, pues el esloveno había mencionado el poema de Yeats, para él mismo luego rectificar y afirmar que algo falta para que los versos del irlandés sean correctos: que los atacantes tengan “una convicción plena”.

“¿Cuán frágil debe ser la creencia de un musulmán si se siente amenazado por una estúpida caricatura en un semanario satírico?”, se pregunta el filósofo de izquierdas.

La solución de Zizek es clara: el liberalismo no podrá por sí solo y necesitará de la izquierda radical. Pero en un país en el que el liberalismo es casi inexistente como fuerza política -se suele aliar, al contrario, a la derecha conservadora, y la izquierda radical no existe en la práctica, ¿cuáles son las posibilidades de responder a esta arremetida neo-reaccionaria?

Editor de Política
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