lunes 7 de mayo, 2018

"Que te aborte tu madre, perra" (Marcha Por la Vida / Guerra Civil) -por Matheus Calderón

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Fuente: Cristina Fujishima.

Durante la llamada Marcha Por la Vida celebrada el sábado pasado, uno de los hombres que participó de la misma, al encontrarse cara a cara con las contramanifestantes que protestaban a favor de la despenalización del aborto, le gritó a una de ellas lo siguiente: “que te aborte tu madre, perra”.

Pero no es un gesto ocasional, insólito o gratuito -a pesar de aquellos bienintencionadas que quieren ver en los furibundos gritos del hombre una actitud espontánea, de “salirse de sus casillas”, casi irrepetible, una excepción a la regla-, sino la manifestación de una lógica perversa: el mismo día en el que se celebraba la iniciativa conservadora, el arzobispo Juan Luis Cipriani había enunciado una curiosa frase durante la emisión del programa “Diálogos de Fe”, en la plataforma de noticias RPP.

“Si no estás de acuerdo con la vida, suprime la tuya”, fue lo que señaló el varias veces ya cuestionado cardenal peruano. Lo que Cipriani sugería en su intervención (en la que, cosa curiosa, también indicó que “ningún embarazo viene porque viene un soplido” -la ironía con la imaginería cristiana sobre la concepción de Jesús a través de la acción del Espíritu Santo no deja de ser deliciosa-) es que quienes estuviesen a favor de la despenalización del aborto suprimieran su vida, esto es, se suicidaran.

Ni más ni menos, un alto prelado de la Iglesia Católica abogaba por el suicidio –por el fin de la vida- a la vez que invitaba a marchar por la vida. No es difícil encontrar la coincidencia entre su pedido y el del furibundo hombre de la marcha conservadora (que replica el ánimo de cientos de comentarios en las redes sociales): ambos, en realidad, postulan el fin de la vida de quienes se oponen a su perspectiva de las cosas, a su visión del mundo.

A estas alturas, debería ya quedar claro que la lógica perversa, el suplemento obsceno de la  denominada Marcha Por la Vida es a todas luces el que afirma no que la vida es para todos, sino que hay quienes merecen vivir y hay quienes no merecen vivir. Hay, parafraseando a Butler, “cuerpos (y vidas) que importan”, y hay las que no importan en absoluto.

Pero por si eso no fuese lo suficientemente claro, vino luego el pronunciamiento a través de la cuenta de Twitter de la Marcha Por la Vida.

Y a pesar de que el equivocado cardenal Cipriani afirmaba que nada de político había en esta marcha, el comunicado solamente confirma lo evidente: que es, ante todo, un pronunciamiento que fija una posición política concreta. Y esa posición política busca capturar el Estado.

Amparados en la presunta mayoría de su posición, quienes se identifican como “las mujeres y hombres del Perú libre e independiente” indicaron que -casi como el afamado discurso de Churchill en la guerra contra los nazis (“We shall fight on the beaches“, “lucharemos en las playas“)- lucharán “en las calles y en las plazas, en los Ministerios, el Poder Judicial y el Congreso”.

“Declaramos el Estado de emergencia moral del gobierno”, señalan. Y no es casual: el Estado de emergencia -otra forma de nombrar al Estado de excepción- es el regimen en el cual las garantías constitucionales se suspenden a causa de una amenaza mayor y permite la legitimación de formas autoritarias de control (véase las reflexiones de Agamben al respecto).

Estado de emergencia, respuesta a la colonización, lucha en los espacios públicos y en los espacios institucionales. El pronunciamiento tiene ribetes de declaración y arenga de guerra -de guerra cultural. De reconquista (“Viva el Cristianismo, Viva el Perú”, apuntan en su comunicado).

El semiólogo marxista italiano Franco “Bifo” Berardi ya teorizado sobre esta condición en los países de mayoría blanca, llamándola “guerra civil”.  Berardi se refiere -nótese las similitudes con los discursos vertidos durante el contexto de la marcha conservadora peruana- al argumento descrito por uno de libros de la norteamericana Joyce Carol Oates, en la que “un fanático evangélico mata a un médico que trabaja en una clínica de abortos” (la realidad norteamericana, señala Berardi, tiene como complemento la venta masiva de armas).

No es un conflicto ideológico o político que eventualmente podría ser resuelto de manera democrática. Es un choque de culturas incompatibles que no pertenecen ni pueden pertenecer al mismo universo político. El nombre que le damos a esa incompatibilidad es el de guerra civil”, señala Berardi en un artículo de reciente publicación.

No se equivocan quienes señalan que si los conservadores y reaccionarios tienen ahora que salir a protestar es porque ahora hay mayores libertades -ahora tienen que “hacerse notar”. Los conservadores responden al poder de la postura progresista -a la que conciben como un nuevo orden mundial, como lo señala el mismo comunicado bajo el epíteto de “ideologías colonizadoras”).

Pero responden a ella porque en algún grado sobreestiman: el congresista Carlos Tubino, del ala más conservadora de Fuerza Popular, por ejemplo, rechaza el solo uso de la palabra “género” en una ley, bajo el argumento de que “debilita la tradición católica” peruana (como toda postura radical, su interpretación es literal, como si la palabra por sí sola tuviese la fuerza mágica de modificar la realidad).

¿Cómo entonces, enfrentar la posibilidad de esta guerra civil ya declarada? ¿Cómo lidiar con los intereses de la reconquista de estos nuevos reaccionarios que buscan no solamente la captura del Estado sino del cuerpo de las mujeres, de la definición misma de vida? ¿Qué hacer cuando las diferencias políticas son insalvables?

Hay, por cierto, que realizar mucho análisis. Por años, parte de la izquierda autodenominada progresista ha incubado un elitismo buenista, minando a lo que antes habría sido considerado su legítimo “sujeto revolucionario”, dejándolo a merced de iglesias y cultos ultraconservadores, y atacándolo bajo dicotomías ilusorias (ya ocurrió con las críticas a quienes asistieron a la última visita del Papa Francisco en el Perú).

El activismo de la crítica individual no será suficiente.

Una buena amiga, que asistió a la contramarcha a favor de la despenalización del aborto, señala que durante la protesta tuvo sentimientos encontrados: rabia, frustración contra los conservadores que las atacaban, pero también felicidad y unión por una militancia en torno a una misma causa.

Hacer comunidad. La solución, o algo de ella (que está bien para comenzar), radica en esto último.

 

Editor de Política
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