viernes 4 de mayo, 2018

El terror del "si" - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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El si condicional es de las palabras más apabullantes que puedan existir. Su economía, sus escasas dos letras, son indirectamente proporcionales a su potencia.

El si nos confronta con el improbable o no libre albedrío. Sobre todo cuando se lo utiliza en tiempo presente. Si tuviera, lograra o pudiera tal cosa, las consecuencias serían muy otras.

Pero al mismo tiempo nos confronta con la sensación de un cierto determinismo que se rebela frente a la imposibilidad de cambio alguno. Esto sucede principalmente cuando lo aplicamos al pasado.

Si no le hubiera dicho tal cosa hoy estaría a mi lado.

El si nos lleva constantemente a replantearnos quiénes somos, a evaluar nuestro uso y mal uso de la libertad, a debilitar la queja, aún cuando no podemos evitar hacerlo. Porque los si posibles son infinitos, y sus consecuencias son imaginables como aleatoriamente probables o bien, todo lo contrario.

El si es la palabra neurótica por excelencia, las cosas son como son, sucedieron gracias o a pesar de nuestra voluntad, y según elijamos dentro de un contexto que, por definición, jamás manejamos por completo.

El si es la madre de los miedos. Si ocurrieran ciertas cosas, o no sucedieran ciertas otras, podríamos perderlo o ganarlo todo, o casi todo.

A su vez, el si es la palabra sanadora más lúcida. Es el vocablo monosilábico que nos permite cuestionar nuestras creencias, deseos y circunstancias recordándonos que somos libres. Es una bisagra hacia el mundo de los posibles y la posible salida a nuestro infeliz presente.

Finalmente, el si es una expresión desgarradora, porque es un hecho que nadie puede alterar el pasado y, sin embargo, es prácticamente inevitable volver armados de él con la dolorosa convicción de que si hubiésemos hecho tal o cual cosa nuestro presente sería uno mucho más agradable.

Cuando el si se lo aplica al pasado se convierte en una suerte de nostalgia de lo no vivido, una de las más siniestras de las nostalgias. Porque puede que en estos casos sucumbamos al dolor de lo no hecho o mal actuado con la idea de extraer alguna enseñanza. Pero la realidad suele ser más angustiante aún. El si hacia el pasado suele poner de manifiesto que no se trata tanto de aprender al respecto, sino peor todavía, que ya sabíamos que no obramos como debíamos y sin embargo, por temor, pereza o negación creímos que habríamos, a pesar de lo evidente, de salirnos con la nuestra.

Lo curioso es que, aún si nos atrevemos a ser rotundamente honestos con nosotros mismos, dadas las circunstancias y nuestro saber, ¿habríamos podido actuar de otro modo puesto que evidentemente no lo hicimos, aún en detrimento de nuestra convicción? Evidentemente no. ¿Y qué garantías tengo hoy de no volver a repetir ciertos errores cuando en su momento ya sabía de alguna que ya sabía.

El si nos pone constantemente a la intemperie, a no ser para aquellos que creen en el destino, palabra que tan bien alimenta a los que no toleran la verdad que implica el absurdo.

El si provoca escalofríos porque pone en evidencia que nuestra existencia se debate constantemente entre el determinismo y el libre albedrío. Pero resulta que nunca sabemos de antemano cuál gana.

El si es el tirano de la ilusión como de los fantasmas. Pero sin él no habría planificación posible, como tampoco existiría el deseo: expresión de la libertad y a su vez esclavo del si condicional.

Si le hubiera expresado mi amor en aquel momento, la historia habría sido otra. O no. Además, de hecho, no sucedió. Si me hubiera despedido antes que falleciera… ¿Pero quien quiere vivir constantemente conscientes bajo la certeza de que todos, antes o después, habremos de morir.

No hay escapatoria al si. Inunda nuestras vidas desde que nos apropiamos de la palabra hasta la muerte. Convivir con él es un arte que conlleva sus peligros. Negarlo es negar la misma libertad. Afirmarlo constantemente es creer que todo depende de nosotros y de nuestra voluntad.

Sólo logramos combatirlo durante aquellos pocos momentos en donde la serenidad y la alegría nos sorprenden de forma intempestiva y el tiempo logra suspenderse por un rato. Como cuando comemos con hambre un rico plato de comida, o dormimos placenteramente luego de haber consumido nuestra energía. El mar, el vino y una buena compañía ayudan, pero no lo detienen, tan sólo lo aplacan.

Toda nuestra existencia pareciera consistir en construir los mejores si posibles para luego, al mirar hacia atrás no tengamos casi necesidad de pronunciarlos.

Si no hubiera escrito acerca del si condicional lo habría hecho, probablemente, sobre otro tema. Desde luego que elegí hacerlo, sin embargo, comprendo que a pesar de ello, constato que no pude haber escrito otro texto, ¿o si? Quizá.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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