lunes 23 de abril, 2018

¿Qué sabemos sobre el caso de Olivia Arévalo, maestra shipibo konibo, y Sebastian Woodoffre?

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En su cuenta personal de Facebook, no son escasas las referencias hechas por Sebastian Paul Woodroffe a drogas y píldoras con efectos alucinógenos así como a la búsqueda de una “verdad superior”. Pedidos de ayuda para superar la soledad, así como anuncios de retiros a templos también son frecuentes.

Woodroffe, de 41 años, es además el ciudadano canadiense asesinado por una turba de miembros de la comunidad shipibo-konibo de Victoria Gracia, a solo unos días del homicidio de Olivia Arévalo Lomas, una sabia indígena reconocida por su trabajo de defensa de los derechos culturales de la comunidad indígena.

Al canadiense -como dejaron saber primero los familiares de Arévalo Lomas, de 81 años al momento de su muerte, y luego la misma viceministra de Cultura Elena Burga-, se le buscaba por ser el principal sospechoso del asesinato de la maestra shipibo-konibo.

Woodoffre, nativo de Vancouver, Canadá, habría viajado a Perú buscando el secreto de las plantas medicinales para curar la adicción a las drogas.

“Una intervención reciente para un familiar con una adicción al alcohol abrió mis ojos sobre lo que debería hacer como trabajo. Decidí dejar atrás mi carrera en setiembre del 2014 y comencé un proceso de seis años para convertirme en un consejero en adicciones”, apuntaba un texto suyo disponible en la web.

Se sabe que el ciudadano extranjero utilizó la web de crowdfunding Indiegogo para recaudar más de US$2,000, con los que financió el viaje de conocimiento.

Como otros cientos de extranjeros atraídos por la selva peruana, Woodroffe buscaba tratar su adicción a través de procedimientos vinculados con la sabiduría de los nativos.

Olivia Arévalo no solamente era una sabia indígena, sino que también se desempeñaba como chamana, a través de los cantos sagrados conocidos como íkaros y el uso de ayahuasca -una planta alucinógena de vital importancia para las tradiciones culturales y artísticas del pueblo shipibo-konibo.

Según una de las hipótesis de la PNP, Woodroffe habría atacado a Arévalo Lomas después de que ella se negara a hacerle un procedimiento a base de íkaros y el uso de ayahuasca.

La denuncia de la muerte de Arévalo Lomas, asesinada a balazos en la comunidad de Victoria Gracia, cerca a Yarinacocha, Ucayali, puso en el ojo público la vulnerabilidad de líderes y lideresas indígenas, amenazadas por mineros ilegales, empresarios de la tala de árboles y otros extranjeros.

Los rumores, primero, y luego las fotografías del canadiense que presuntamente asesinó a la maestra shipibo, se hicieron virales. Los miembros de la comunidad lo atraparon y lo sometieron a un linchamiento popular. El video fue luego difundido a través de redes sociales.

Woodroffe murió por ahorcamiento, según reportes oficiales. A algo de 800 metros del lugar donde se velaba el cuerpo de la maestra shipibo Olivia Arévalo, apareció el cuerpo del canadiense. Fue reconocido por sus huellas dactilares.

Ese día no hubo arrestos, pues la viceministra Burga solicitó a la PNP respetar el dolor de los deudos de la lideresa indígena.

De acuerdo a Ronald Suárez, documentalista que representa a la comunidad de 40 mil ciudadanos shipibo konibo como presidente del Consejo Shipibo Konibo Xetebo, “actuaron sin pensarlo y recurrieron a la justicia tradicional”.

No obstante, Suárez dijo, “somos personas pacíficas que siempre hemos vivido en armonía con la naturaleza”. “Tenemos poca confianza en la Policía, ya que, con frecuencia, los crímenes contra nosotros quedan impunes”, agregó el presidente del Consejo de comunidades nativas de la selva peruana.

Suárez afirmó que Olivia Arévalo era vista como una “biblioteca ambulante de nuestro conocimiento tradicional, la máxima expresión de nuestra cultura”, a la vez que describió la muerte de la sabia indígena como “dolorosa”.

La Fiscalía local ya ha señalado que no descansarán hasta que tanto los asesinos de Arévalo como los de Woodroffe sean capturados.

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Editor de Política
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