jueves 22 de marzo, 2018

De los vladivideos a los kenjivideos -por Matheus Calderón

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[Giuffra: Tú sigue, nomás, compadre, tú sigue nomás, tu ya sabes cómo es la nuez y qué cosa vas a sacar.
Mamani: Ya Bruno, no te preocupes por mí. Tú tranquilo nomás, más bien asegúrame eso, mano, que no quiero quedar mal, ¿Ya Bruno?.
Giuffra: Mi hermano, ya qué más seguro, acá con quién acabas de estar. ]

 

[Fredy Aragón: ¿Sabes cuál es el negocio de los congresistas? Tú agarras, a ver, ¿qué alcalde tienes? Digamos el alcalde provincial, muy bien. ¿Cuál es tu proyecto más caro? Ya, de 100 millones, ok. 5% nomás que te deje, 5%, cierras tú con el alcalde, gestionas tú con el Ejecutivo, y se realiza la operación. Eso hacen los apristas por ejemplo, eso hacen los humalistas, pucha, la plata te llega así fresquita, hermano, tú sin mover un dedo]

 

Quienes señalan un paralelismo entre los vladivideos y los llamados “kenjivideos” aciertan en que revelan las prácticas siniestras de la política y el Estado capturados por unos pocos, pero yerran al evaluar su gravedad. Los vladivideos, pese a todo, presentan un enemigo fácilmente identificable: Vladimiro Montesinos y, detrás de él, Alberto Fujimori y la cúpula del fujimorismo histórico, como los corruptores de la clase política.

El enemigo, el mal de la corrupción fujimorista –que luego se transformaría en el mal moral absoluto-, se personificaba en el exrector de la Universidad Agraria. Pero los “kenjivideos” no tienen un personaje centralizado, no se trata de la maldad del fujimorismo (o en cualquier caso, no es eso lo que se percibe), sino es el fallo de un sistema que parece no existir a pesar de la corrupción sino para la corrupción.

La obscenidad de los nuevos videos y audios filtrados por el fujimorismo en medio de una lucha fratricida tiene un doble cariz: el de la corrupción misma (los “5 palitos” para Mamani) y la utilización para ello de la categoría “el pueblo” (como bien lo explicaba el “emboscado” Giuffra al congresista puneño), pero también –y quizás peor- es el de la sensación de que todo esto ya se sabía, pero nadie hace o puede hacer nada para evitarlo. A ello hace referencia el mismo Fredy Aragón, el despedido gerente de la SUCAMEC, cuando entre sus defensas señala que lo de la “plata fresquita” es una “percepción ciudadana”. También lo dicen, de manera asolapada, los mismos congresistas en su defensa, cuando argumentan que solo trataban de conseguir obras para su región. Y lo muestra de manera patente el diálogo entre Bruno Giuffra y Moisés Mamani, en el que Giuffra parece remitirse al conocido y repetido guion de “¿Con quién estás? Con Papá” de Risas y Salsa, solo que esta vez aplicado a la administración pública.

Los videos y audios nos dicen: esta no es la excepción, es la regla.

La corrupción (en realidad, no es solamente la corrupción, sino el modelo que la hace posible) aparece como un sistema inamovible, un sistema al cual no es posible derrotar al nivel de las altas esferas. Al contrario, las altas esferas sirve a este mismo sistema, lo incorporan en sus lógicas de acción porque, Aragón dixit, “todos ganan”. Todos menos los ciudadanos y ciudadanas, los que –en teoría- deberían ser beneficiados por el sistema.

De allí también, por cierto, que el miedo al Estado que sostienen los liberales de derecha –el mismo al que muchos izquierdistas, progresistas y socialdemócratas hacen mofa- no sea una falacia ni sea despreciable en lo absoluto, a pesar de que este miedo pueda derivar luego (a veces y no siempre) en inacción y mantenimiento del statu quo. El Estado, los políticos y funcionarios estatales, sí se aprovechan de sus privilegios para acceder a puestos y obras públicas y es un dato a tener en cuenta. El objetivo debe ser hacia la ciudadanía y sus instituciones, hacia el reforzamiento de la sociedad civil, de los movimientos sociales, de la cultura democrática.

Pero si la derecha peruana buscaba alguien que volviera a encender las alarmas sobre un “cambio radical de modelo económico”, lo ha encontrado en el saliente presidente. Como hacía referencia Velázquez en una reciente columna en este mismo diario, el papel de Kuczynski ha sido el de un “marxista involuntario” (el chiste sobre que el todavía presidente era un “aceleracionista” o un “maoísta asolapado” era recurrente en varios círculos de izquierda desde hace algún tiempo también, medio en serio, medio en broma).

Incluso en su última intervención –el patético video pregrabado difundido por televisión nacional- Kuczynski elaboró el discurso del victimismo, poniéndose en el papel del hombre abatido por la maldad de los otros. Nada más lejano a la realidad. Pero hay algo de ese discurso que también ha caracterizado a las instituciones representativas de la derecha (la CONFIEP, por citar solamente una): la falta absoluta de autocrítica. El gobierno soñado, el llamado “presidente de lujo”, dio pase a la pesadilla ¿tecnocrática? El ministro que “había que clonar” es el mismo que aparece “haciendo el cholito” a Mamani –una expresión terrible, pero que designa bien la lógica colonial, criollona de las conversaciones entre el Giuffra y el congresista fujimorista-. PPK, que debía resistir los embates del fujimorismo, terminó indultando a su líder histórico y aliado a su hijo Kenji Fujimori.

La izquierda, irónicamente, también ha dejado ver sus falencias -lo que Ubilluz ya ha advertido y llamado la “lógica del mal menor”, y también ese antifujimorismo que no permite la elaboración de una propuesta positiva y radical, como ha notado Silva-Santisteban-. Esa izquierda autodenominada progresista, que no defendía intereses políticos sino morales (y la política tiene una dimensión moral, pero no es indignación solamente sino la organización y la disciplina posterior a la indignación –esto es, el trabajo político propiamente dicho), terminó creyéndose el cuento de un fujimorismo “bueno” y contribuyendo, casi de manera inconsciente, a la liberación del reo Fujimori.

El terreno político no implica ceder ante la inmoralidad, pero no es y no va a ser un pedestal moral.

Tras los vladivideos, se inició un periodo de transición en el que Valentín Paniagua jugó un papel preponderante. Con los kenjivideos no se inicia ningún proceso, al menos no por ahora, de cambio democrático. No ocurrió “primero como tragedia, luego como una miserable farsa” (esa frase de Marx popularizada por el rockstar de la filosofía crítica Zizek): la farsa inició hace mucho, y ahora recién vemos sus dimensiones de tragedia. Y esa tragedia, los 5 palitos, la plata fresquita, la pornografía de la corrupción, nos escupe en la cara una y otra vez.

¿Qué hacer, entonces, tras la crisis presidencial? ¿Ceder ante el nihilismo generalizado, ante la depresión, aceptar un sistema que parece imposible de vencer? Al contrario, es aquí donde más trabajo de bases se debe realizar, mayor énfasis en las instituciones, en cambiarlas desde adentro. La indignación –como muestran los cuentos de Arguedas- necesita ser canalizada, ordenada, necesita tener un objetivo, y si no ocurre ello se difumina, dejando a los personajes con una sensación de profundo vacío y rencor.

El cambio no va a ser vertical ni va a venir desde arriba, desde el Congreso o desde la presidencia. Quizás sea preferible que se vayan todos, pero esa no es, ni de cerca, la solución. Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él, decía Vallejo. No va a ser diferente esta vez.

Editor de Política
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