lunes 19 de marzo, 2018

La religión blasfema de don Tubino - por Martin Scheuch

Lectura de 3 minutos
Carlos Tubino
Fuente: Perú 21

Estimado (por decir algo) Don Tubino:

Su proyecto de ley donde propone incorporar al Código Penal delitos contra la libertad religiosa y de culto es un completo disparate, tal como usted lo ha planteado: “El que, sin derecho ataque a otro, mediante ofensas, desprecios, agravios o insultos a su libertad religiosa y de culto, será reprimido con pena privativa de libertad no menor de dos ni mayor de cuatro años”.

Porque, a ver, la medida para determinar si algo es ofensivo, agraviante o insultante la pone en la mayoría de los casos la subjetividad del presunto agraviado, pudiendo calificar de tales lo que en sí no pasaría der ser una crítica legítima amparada por la libertad de expresión. Y dejar que la subjetividad de algunas personas determine si hay delito o no es algo sumamente peligroso en cualquier sociedad democrática.

La libertad de conciencia y religión amparada por la Constitución Política del Perú y la Convención Americana de Derechos Humanos condena que se persiga a un grupo o persona por sus ideas y creencias, garantizándoles el derecho a manifestar su religión propia y creencias, siempre que no se vaya contra la moral o se altere el orden público. Pero no impide que esas creencias sean sometidas a crítica, incluso recurriendo a la sátira, el sarcasmo, la burla y la provocación. Cosa que practican también muchos católicos cuando se trata de ideas incompatibles con su particular ideología religiosa, sin que se considere que están cometiendo un delito.

Por otra parte, ¿no se ha enterado usted de que la religión católica —que yo también profeso— fue fundada por una persona acusada de blasfemia? ¿No ha tomado conciencia de que los miembros del Sanedrín —tribunal religioso de los judíos en el siglo I— consideró que las palabras de Jesús respecto a que él era el Hijo de Dios eran blasfemas y ofensivas contra la religión judía y que, por lo tanto, el que las profirió merecía morir? ¿Sabía usted que en el Imperio Romano nuestros congéneres cristianos fueron perseguidos por blasfemos, al no querer honrar a Júpiter y a otros dioses del panteón grecorromano?

Para mayor iluminación de las oquedades cavernarias que podría tener usted en su cabeza, sepa cómo define el Catecismo de la Iglesia Católica el pecado de blasfemia: “Consiste en proferir contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios. […] La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas” (n. 2148).

Se sobreentiende que sólo puede blasfemar quien cree en Dios. Esto no se aplica a los no creyentes. Pues no se puede ofender a alguien de cuya existencia no se está convencido. Y, en última instancia, siguen teniendo vigencia las palabras del marqués de Langle en el siglo XVIII: “Un blasfemo no injuria ni irroga perjuicio a nadie: ultraja únicamente a Dios, que para vengar sus ofensas dispone de la muerte y tiene en sus manos los rayos”.

Pero lo más interesante del Catecismo es lo que viene a continuación: “Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión”.

¿No es acaso blasfemia que se haya dicho que la Virgen protegió a Keiko Fujimori cuando en una entrega de dádivas no permitió que tocara el dinero con sus manos? ¿No es blasfemia que el Cardenal Cipriani —a quien usted admira y apoya— utilice el nombre de Dios para justificar la discriminación de las personas homosexuales? ¿No es blasfemia que en nombre de la libertad religiosa —de la mayoría católica, por supuesto— decida usted enviar a la cárcel a quienes se expresen críticamente contra la Iglesia? Porque, sépalo usted, razones para criticar legítimamente a la institución eclesial católica abundan. Y se basan en hechos conocidos que han dañado gravemente vidas personales.

Si en nombre de Dios y de la Iglesia pretende justificar su insensato proyecto de ley, usted mismo incurre en blasfemia, al usar a Dios para avalar una injusticia.

Siempre listo para la conversación del día.
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