domingo 18 de marzo, 2018

Mario Vargas Llosa, nuevo inquisidor- por Matheus Calderón

Lectura de 6 minutos
Matheus Calderón
vargas-llosa1-t
Fuente: Revista Hola

Considerar a Mario Vargas Llosa un liberal a estas alturas es un error. Pero, dirá el lector, ¿cómo puede ser Vargas Llosa un conservador si es que defiende los derechos LGTBI, protesta contra la Iglesia, y es considerado un “caviar” en el Perú?

El problema, si se quiere, parte de un error de definición. Se ha pensado –se sigue pensando- que un conservador es aquel que defiende, entre otras cosas, un sistema de ideas precisas (propiedad privada o libre mercado por ejemplo), cuando en realidad se trata de las actitudes bajo las cuales estas ideas son defendidas: proteger a toda costa el estilo de vida, a la vez que concebir al “otro” (al refugiado, al emigrante, al activista, a la mujer) como una amenaza, como un potencia peligro para ese estilo de vida. La construcción de ese “otro”, claro está, se da en base a prejuicios.

De allí también, por cierto, que haya una cara del progresismo que sea completamente funcional al conservadurismo y que se alimente de él: lo vemos en las constantes críticas de cierta élite progresista, autodenominada de izquierdas, pero que no tiene reparos en atacar a las y los desposeídos, de considerarlos una amenaza para su propio pedestal moral (el crítico cultural británico Mark Fisher vinculaba a estas posiciones con las de la actual izquierda identitaria; mientras que en el Perú críticos como Marcel Velázquez advierten en esta alianza progresista-conservadora un racismo y clasismo no siempre asolapado).

Vargas Llosa, no obstante, ha mostrado este conservadurismo varias veces: lo hizo, por ejemplo, en el ahora infame Informe de Ucchuraccay en 1983, donde vinculó el ataque y muerte de periodistas en Ayacucho a “diferencias culturales” y al “atraso” de los campesinos. También lo mostró con “La Civilización del Espectáculo”, un panfleto conservador en contra de arte contemporáneo. Pero este conservadurismo, ese movimiento de “colocar en un pedestal” ha vuelto a ocurrir ahora, en una columna que tilda al feminismo de “inquisidor” por protestar contra la literatura. Vargas Llosa señala que el feminismo “pretende descontaminar a la literatura de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades”. En suma, que es la nueva inquisición. Pero su razonamiento se alimenta de lugares comunes y premisas no necesariamente verdaderas.

Empecemos primero preguntándonos qué coloca en su pedestal Vargas Llosa. La respuesta no es difícil: a la literatura, y de modo más amplio, a la cultura. Y lo hace a través de un movimiento particular pero gratuito: el del desplazamiento del mal, que él toma de las teorías del influyente teórico francés Georges Bataille. La literatura, señala Vargas Llosa, operaría como un repositorio simbólico de la violencia, como un espacio al cual desplazar el mal de la sociedad, el mal de la vida diaria, la pulsión de muerte freudiana. La cuestión tiene algo de sentido: antes que golpearnos y autodestruirnos, desplazaríamos esa violencia a la literatura.

Pero incluso si uno consideraría que este desplazamiento es deseable, tal cosa parte de una premisa difícil de sostener: que el mundo del arte está separado completamente del mundo de la vida. De allí que sea gracias a este movimiento que la cultura pueda ser puesta en un pedestal, al ser un espacio “autónomo” en parte, aunque nutrido del mundo real. Pero ello es, otra vez, construir una fantasía en torno al arte y la cultura.

Al contrario de las buenas intenciones que tratarían de salvar el mundo real de la violencia y la pulsión de muerte, este desplazamiento puede resultar limitante. ¿Cómo? Cuando la literatura tiene que ser considerada necesariamente en su vertiente política. ¿Se puede considerar a Albert Camus sin pensar en su contenido político? ¿A Virginia Woolf, a Sergei Einsenstein, a Leni Riefenstahl? ¿Qué ocurre cuando el pase a lo simbólico ocluye las posibilidades de actuación en el mundo real? Un libro de testimonios, por ejemplo, demanda ser leído no como una autobiografía sino como una demanda concreta en el mundo material, en el mundo “de la vida”.

De allí que Vargas Llosa se pronuncie en contra de aquellos que quiere juzgar la literatura “desde un punto de vista ideológico, religioso y moral”. Lo cierto es que este juicio pasa y seguirá pasando, porque asumir lo contrario –juzgar al arte sin preconceptos ideológicos, religiosos y morales- sería animar al lector a un esteticismo puro, de cuento de hadas, completamente ficticio. A la vez, quienes pueden darse el lujo de juicios puramente estéticos deben agradecer a un conjunto de saberes aprendidos, que no siempre están disponibles para la gruesa mayoría de lectores y consumidores de literatura.

En su “La Civilización del Espectáculo”, Vargas Llosa hace patente esta posición: la cultura, anuncia, no es un “epifenómeno de la vida económica y social”, sino una “realidad autónoma, hecha de ideas, valores estéticos y éticos, y obras de arte y literarias”. Pero es allí donde el Nobel pierde el rastro, con consecuencias nefastas.

Qué existe una dimensión de la representación en la cultura, una dimensión meramente estética (de las redes sensibles de percepción), es sostenible, pero asumir una esfera completamente autónoma, no es solo no sostenible sino que es hasta peligroso. Y lo es porque entonces, casi por orden divina, la cultura y el arte se vuelven espacios “buenos”, “contestatarios” o “de resistencia”. La cultura y el arte, por cierto, no lo son (ni tampoco lo afirma Vargas Llosa), y no son –aquí lo importante- pura representación, sino un modo de producción concreto, con elementos identificables, criticables y a veces punibles por ley.

Una anécdota sería útil aquí: hace no demasiado tiempo, conversaba con una compañera de estudios, que mencionaba emocionada una visita al complejo artístico Callao Monumental, en el puerto del Callao. Como parte de sus razones, señalaba que “el arte hacía bien a las personas del lugar”. Meses después, se descubrió que uno de los inversores e impulsadores de Callao Monumental tenía vínculos con dinero sucio de Odebrecht. La primera reacción tiene que ver con el endiosamiento del arte, visto como un territorio diferente al mundo de la vida diaria, y como mera representación. La segunda tiene que ver con los modos de producción que permiten que algo sea llamado “arte”, que una pieza se exponga en un museo o una galería. La primera es criticable, más nunca censurable. La segunda puede ser, algunas veces, un crimen. Pero en el movimiento que realiza Vargas Llosa esta segunda dimensión, la de los modos de producción y circulación, queda completamente anulada.

Un fragmento ya memorable de “La Civilización del Espectáculo” corresponde al artículo “Caca de elefante”. “En la actualidad todo puede ser arte y nada lo es, según el soberano capricho de los espectadores, elevados, en razón del naufragio de todos los patrones estéticos, al nivel de árbitros y jueces que antaño detentaban sólo ciertos críticos”, empieza diciendo –una crítica harto conservadora, y hasta decimonómica (uno pensaría que, al defender Vargas Llosa el libre mercado, el soberano capricho de los espectadores sería algo elogiable, pero no ocurre).

Lo importante viene después, cuando se refiere justamente a los modos de producción del arte contemporáneo: “el único criterio más o menos generalizado para las obras de arte en la actualidad no tiene nada de artístico; es el impuesto por un mercado intervenido y manipulado por mafias de galeristas y marchands que de ninguna manera revela gustos y sensibilidades estéticas, sólo operaciones publicitarias, de relaciones públicas y en muchos casos simples atracos”.

Jackpot, lotería. El problema es uno de modos de producción y circulación, no uno de representación ni de censura. It’s the economy, stupid! La literatura no ha estado expuesta a la especulación y al lavado de dinero al que sí ha estado expuesto el mundo del arte contemporáneo (al menos, no que sepamos por ahora). Pero las decisiones editoriales, tomadas “según el soberano capricho de los lectores” y, claro, de los dueños de las editoriales (Penguin Random House controla el 26% del mercado editorial mundial) sí pueden tener las mismas repercusiones que el mercado del arte ha mostrado.

Vargas Llosa inicia de mala manera su columna, no solo porque afirma que “el feminismo es hoy el más resuelto enemigo de la literatura”, sino porque luego señala que “no todas las feministas, desde luego, pero sí las más radicales”. Cualquiera que lea la frase con atención puede advertir la falacia. Tome a cualquier grupo, elija su vertiente más “radical” –mal uso del término, porque hay que alabar las iniciativas radicales, las que se dirigen hacia la raíz de los problemas- y tendrá una argumentación fallida. Todos los grupos extremistas, en última instancia, son “antiliterarios y anticulturales” porque son grupos que priorizarán una lectura literal (de la situación política, por ejemplo) por sobre una lectura creativa.

La crítica light de Vargas Llosa al feminismo está llena de lugares comunes. Para empezar, al no entender que existen varios feminismos y que son las mujeres las que discuten y están a la vanguardia de las vinculaciones entre arte, política y feminismo. El miedo a la censura del feminismo no es solo exagerado, sino que demuestra una ignorancia del movimiento mismo.

Para muestra, la novelista, cuentista y crítica literaria peruana Claudia Salazar Jiménez ya había apuntado en un reciente texto sobre arte, sexualidad y feminismo que “no queremos hacerle al arte lo que nos han hecho a las mujeres durante toda la historia. Frente a los imaginarios y producciones culturales que cosifican a las mujeres nuestra respuesta es crear nuevas representaciones. Respondemos desde la creación, no desde la censura”.

Vale la pena repetir: “no queremos hacerle al arte lo que nos han hecho a las mujeres durante toda la historia”. Los modos de producción y circulación son los mismos que han dejado fuera históricamente a mujeres de todo el mundo de los circuitos literarios. Esto no es apuntar a una conspiración de los hombres contra las mujeres, sino a un hecho histórico. No atender a estos fenómenos históricos, desplazar el problema a uno de representación y censura desde el feminismo es un movimiento fraudulento para alguien de la capacidad argumentativa de Vargas Llosa (y de Javier Marías, y de Pérez Reverte, por mencionar algunos recientes “cruzados” contra el feminismo).

Mucho más se podría decir sobre el texto de Vargas Llosa, pero para cerrar valdría la pena recordar sus propias palabras sobre “la literatura light, el cine light y el arte light”. Irónicamente, estas mismas frases se podrían usar sin problemas para su “crítica light” del feminismo, una que “da la impresión cómoda al lector y al espectador de ser culto, revolucionario, moderno, y de estar a la vanguardia, con un mínimo esfuerzo intelectual. Esa cultura que se pretende avanzada y rupturista, en verdad propaga el conformismo a través de sus manifestaciones peores: la complacencia y la autosatisfacción”.

Escribe Matheus Calderón
Editor de Política
Siempre listo para la conversación del día.
Copyright © 2018 - GRUPO ALTAVOZ