lunes 12 de marzo, 2018

De compromisos, huevos rotos y elecciones - por Bruno Schaaf

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Desde el nacimiento de la República se registran acusaciones y condenas a políticos y autoridades peruanas. De hecho, ya en 1822 se denunciaban, aunque levemente, irregularidades en el primer empréstito del Perú contratado en Inglaterra. Con el desarrollo de la República y la cada vez menos intermitente presencia de la democracia aumentaron las acusaciones argumentadas y las condenas a autoridades corruptas y anti constitucionales; y así es como Leguía, Fujimori y una letanía de ministros, congresistas y militares, como Joy Way, Boloña o Hermoza Ríos, fueron sentenciados a prisión.

Ciertamente, ambos Presidentes condenados por corrupción, Leguía y Fujimori, llegaron al poder democráticamente; sin embargo, recorrieron caminos distintos, al igual que sus electores. ¿Será que la tierra del sol no es tierra de buenos electores?

Leguía fue electo durante la República Aristocrática, cuya Constitución señalaba en el artículo 38 que “gozan del derecho de sufragio los ciudadanos en ejercicio que saben leer y escribir”, lo que redujo la demografía electoral de aproximadamente 3,5 millones de electores a tan solo 184 386 en las elecciones de 1908. En el entendimiento de que a comienzos del siglo xx la habilidad de leer y escribir era, en el Perú, un privilegio de la clase media y alta, podemos deducir que Leguía fue apoyado, en nuestra precaria democracia, por la clase alta y media peruana, es decir, un sector de la población con ingresos significantes y un nivel de educación entre regular y bueno.

Por otro lado, Fujimori fue electo bajo una definición más moderna de democracia y apoyado principalmente por las clases populares y los sectores menos organizados, es decir, un sector con pocos ingresos, poca educación y, por consiguiente, más vulnerable a los artes demagógicos y populistas.

Más allá del nivel socio-económico de los electores, se eligió al Presidente incorrecto; sin embargo, es un hecho que el excedente de ingresos y la oportunidad de acceder a la educación es un factor clave a la hora de tomar un papel en la política.

Por ejemplo, en Chile, donde desde el 2012 el sufragio es voluntario, se pudo identificar un comportamiento distinto entre ricos y pobres durante las elecciones primarias del 2013. En distritos con ingresos elevados y mayores niveles de educación, como Vitacura, se registra un nivel de participación mayor al 50%, mientras que, en San Bernardo, un distrito con pocos ingresos se registra una participación menor al 19%. La poca participación en distritos populares refleja el desinterés y la lejanía de estos sectores con respecto al sistema político, hecho que cuestiona gravemente la legitimidad del régimen.

En el caso del Perú la situación es todavía peor, pues una gran parte de las clases populares vive sin conocer al Estado, excepto por un día ¡cuando votan! Sí, cuando votan, y es que si no votan los multan ¿Qué acaso esto no es una locura? Platón rechazaba la democracia exactamente por temor a que sean estos sectores poco ilustrados los que decidan el camino de las naciones; sin embargo, en el Perú, como se ha evidenciado, ambos grupos no han sabido votar correctamente y, pareciese que ningún grupo es ilustrado, pues eligieron, en diferentes oportunidades, al candidato incorrecto.

Con el fin de no desanimar al lector y elector—que por alguna razón habrá llegado hasta este párrafo—, cambiaré el foco de atención hacia las autoridades – como quien patea al muerto—, cuyo potencial nivel de corrupción, al igual que la racionalidad de un elector, no es definido en su totalidad por su educación, aunque si hay una tendencia más alta a ser corrupto si el nivel de educación es bajo.

Un ejemplo reciente es Yoshiyama, quien en la última semana ha sido señalado como nexo entre Keiko Fujimori y Jorge Barata, se le ha abierto una investigación por lavado de activos y su situación aparentemente se complica con el paso del tiempo. Sin embargo, nadie podría señalar a Yoshiyama como iletrado o ignorante, pues, a diferencia de Cecilia Chacón, puede argumentar académicamente sus conocimientos y capacidades, ya que estudió en la UNI e hizo un Máster en Economía y Desarrollo Económico en la Universidad de Harvard y en la Universidad de Michigan.

A pesar de los cartones, daría la impresión de que Yoshiyama no fue educado en valores morales, al igual que Alberto Fujimori, quien fue rector de la Universidad Nacional Agraria de La Molina. Y es que el status académico no define lo corrupto que pueda llegar a ser alguien, pues los valores morales y democráticos se cultivan en la sociedad y no en una clase de ingeniería o mecánica.

Dado que la causalidad no es determinística entendemos que existen otros factores que influencian al elector peruano, como la falta de valores morales y democráticos, que no son parte de ninguna malla curricular, y cuya ausencia se manifiesta tanto en el actuar de aquellos políticos corruptos como en la acogedora bienvenida al clientelismo en el Perú. 

El peruano que vende su voto a precio de huevo roto, y luego se da el trabajo de bloquear una carretera es una contradicción viviente; así como el peruano que, porque el destino así lo quiso, tiene acceso a educación de calidad, pero se sitúa en un universo paralelo, se niega a informarse, a interpretar o a participar en los procesos políticos, es otro claro ejemplo de la existente y generalizada falta de compromiso con el país. 

Escribe Bruno Schaaf
Estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Mannheim. Amante del Perú y nostálgico de un mejor futuro para todos los peruanos.
Siempre listo para la conversación del día.
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