jueves 8 de marzo, 2018

Por qué tu “piropo” me molesta (mucho) - por Paula Siverino

Lectura de 3 minutos
Daniela Escorcia

El día amaneció radiante, la brisa cálida susurraba entre las hojas de la arboleda de la Avenida De Mayo y ahí iba yo, de estupendo humor, enfundada en un vestido negro con lunares pequeños que me encanta, caminando hacia la oficina y pensando en qué escribir sobre el 8 de marzo.

El buen humor, sin embargo, no me duraría hasta llegar a destino debido a que varios “señores” sintieron la necesidad de opinar acerca del hecho de que hoy hubiera decidido ponerme un vestido. Opinar sobre mi sonrisa, mi boca, mi andar, ciertas partes de mi anatomía… Ajusté aún más los auriculares y maldije por lo bajo, a veces me dan ganas de detenerme y partirles la cara de un golpe. También los insulto mentalmente cuando estoy frente al guardarropas y descarto las faldas lápiz ajustadas o los sweaters ligeramente escotados, prefiero vestirme aburrida a estar obligada a escucharlos.

No hay nada particularmente llamativo en mí, más allá de contar con el equipamiento femenino básico. Así como no hay nada extraordinario en las miles de mujeres acosadas diariamente en los espacios públicos. Nos pasa por ser mujeres. Punto.

Últimamente, he discutido bastante sobre el acoso callejero y es un tema, quizás más otros, donde quedan en evidencia los “buenos muchachos”, incluidos esos que están convencidos de ser el más feminista de la manada y que bajo su fachada zen, de izquierdas o liberal, tienen sus creencias machirulas vivitas y jodiendo. Para estos varones que reivindican su derecho a “piropear”, va una breve explicación.

Veamos, ¿son aceptables los llamados “piropos”? No, son acoso callejero. ¿Nunca? Nunca. ¿Y si no es una grosería? Tampoco. ¿Por qué no puedo decirle al pasar a una mujer lo buena que está, lo bella que se ve o la sonrisa contagiosa que tiene?

Básicamente, porque no te pidió su opinión y no tienes derecho a incomodarla. No, no estás “levantando su autoestima”, porque la estima de una mujer centrada no depende de los comentarios de un extraño sobre su aspecto físico.

Entender que eres hombre y tienes privilegios, quiere decir, por ejemplo, darte cuenta de que mientras tú caminas solo y tranquilo por la calle, el campo o la playa, la mayoría de las mujeres hemos sentido más de una vez el miedo a ser violadas, aquel día, por ejemplo, en que regresamos tarde del trabajo o de una fiesta. 

Que no, chico bien, universitario de buenos modales, no es sobre ti el asunto, mira más allá de tu ombligo. Es sobre el hecho irrefutable de que durante miles y miles de años las mujeres hemos sido botín de guerra, moneda de cambio, cuerpos sin alma. El derecho y/o la posibilidad de los hombres de apropiarse, por la fuerza si es necesario, del cuerpo y la voluntad de las mujeres, atraviesa la historia de la civilización y la organización social. Esa información está en el inconsciente colectivo  (¿se acuerdan del conductor que preguntó cómo estaba vestida?), pero también en nuestro ADN. El ADN mitocondrial se transmite de manera matrilineal, ¿alguien se anima a jurar que después de milenios de violación esa información no está grabada en algún lado?

Cualquiera que haya mirado una serie de época, leído un poco de historia o se haya informado sobre lo que sucede en las zonas de guerra del otro lado del mundo, puede constatar cómo la violación y la esclavitud sexual son habituales. La vejación es usada como tortura y arma de guerra.

Hoy, se abre paso otra consciencia, pero las cosas no han cambiado demasiado. Nueve de cada diez mujeres hemos sufrido algún tipo de violencia sexual en algún momento de nuestra vida y, la más de las veces, los hombres de nuestra familia no lo saben. Impresiona hablar con amigas y conocidas. Todas tenemos historias que contar. No somos víctimas, somos sobrevivientes y testigos. No pedimos favores, exigimos respeto.

Esa mujer que ves, cuando tiene que pasar entre un par de hombres apostados en la vereda, siente un apretón en el estómago. Tú no tienes manera de adivinar qué experiencias ha vivido. Pero posiblemente ella sabe que la calle no es un lugar seguro, lo vive a diario.

La regla es simple: no la conoces, no le hablas. ¿Esa mujer que pasa a tu lado te parece atractiva? Pues, la encaras educadamente, haces contacto visual, le dices tu rollo y esperas la respuesta. Un hombre con los valores bien puestos sabe esto. He escuchado a muchos, comenzando por mi hermano, explicarlo.    

¿Te molesta? Hazte cargo y revisa tus creencias, siempre estás a tiempo de ser un mejor ser humano.

Doctora en Derecho, fan de la Bioética, un poco argentina, un poco peruana y otro poco a definir.
Siempre listo para la conversación del día.
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