viernes 2 de marzo, 2018

Nostalgia del futuro - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
2017-04-07-09-54-17
Fuente: Difusión

Y de repente el presente nos aturde como el futuro que llega sin previo aviso como el inesperado futuro respecto de un pasado que irremediablemente ya murió.

Cuándo y por qué surge la conciencia del devastador paso del tiempo es siempre un misterio. Aunque suele suceder a partir de nuestra percepción y observación de los demás, más que de nosotros mismos. Son los otros a quienes no vimos, por ejemplo, durante una década, quienes nos hacen tomar conciencia de lo inevitable. El transcurrir del tiempo.

Las transformaciones ajenas nos rebotan contra nuestro entrecejo como un bumerang que ni siquiera hemos arrojado más que con nuestra mirada. Ellas nos despiertan de nuestro necesario letargo y, por momentos, peligroso somnoliento sentimiento de eterno presente. Sentimiento necesario como para no caer en la locura de una insostenible lucidez. Nos estamos muriendo. Todos. Siempre. Año tras año, segundo a segundo.

De repente notamos la caída del pelo de un amigo, la arruga que no habíamos visto en alguno de nuestros seres más cercanos y, sin embargo, todo pareciera manifestarse de manera extremadamente repentina. También nos ocurre de escuchar el problema repetido de algún ser querido o de nosotros mismos para luego, en algún momento dado, darnos cuenta de que no se trataba de una queja coyuntural, sino que sencillamente, somos así. Lo cual lleva a admitir que posiblemente no tengamos remedio y tan solo repetimos de modo tal que nuestra repetición, para bien o para mal, termina constituyendo nuestra esencia tanto gracias, como a pesar nuestro.

Hay veces en que me produce pereza pensar en todos aquellos problemas y alegrías que a nuestros hijos aún les resta por vivir. Personalmente, me daría rechazo revivir los momentos más lindos que ya he vivido. Sencillamente no podría volver a hacerlo.

Sin embargo, los nostálgicos no añoramos nuestro pasado, tan solo valoramos haberlo vivido para luego constatar que ya ha muerto. A la vez que buscamos constantemente nuevos comienzos con la loca esperanza de que esta vez si será para siempre, o al menos habremos de morir tranquilos una vez concretado alguno de nuestros grandes deseos. Lo cual, por supuesto, nunca sucede. Todo termina irremediablemente en pasado. Pero lo seguimos intentando con las mismas ganas de cualquier nueva primera vez.

Lo más absurdo de nuestros planes futuros es que están llenos de sentido. Cuando algo nos entusiasma hasta las entrañas, estamos dispuestos a darlo todo por lo que deseamos que nos suceda, ya sea una trabajo, un amor o un viaje.

Los viajes son de lo más contundentes en cuanto a las jugadas del tiempo. Siempre se manifiesta en algún momento previo a su fin en donde percibimos que ya lo hemos hecho. Luego, tan solo nos queda disfrutar lo que nos reste de alguno de ellos. Pero los números poco ayudan a comprender este fenómeno. ¿Acaso ocurre a los pocos días de deber regresar? ¿Al haber transcurrido el setenta por ciento de la estadía? ¿O quizá sucede luego de haber vivido grandes emociones frente al indefectiblemente descenso de nuestra excitación que comenzamos a comprender que no podemos sostener nuestra emoción festiva por mucho tiempo más? Y así nos pasa que comenzamos a contemplar nuestro presente como lo que verdaderamente es, el añorado futuro de nuestro pasado.

Añorar el futuro es absurdo como necesario. Por el contrario, añorar el pasado es tan solo absurdo. Porque aún si lo habíamos pasado genial, no teníamos la perspectiva de nuestro presente como para sostener que lo que habíamos vivido es lo que afirmamos haber vivido en aquel entonces sin la comparación que nos permite nuestra mirada actual.

Al extrañar nuestro pasado comprobamos lo lindo que fue. Al añorar nuestro futuro nos amigamos con la muerte de lo ya vivido. Lo que angustia verdaderamente es que nadie nos avisa cuándo es que el presente es el fruto inexorable de nuestro pasado.

Y así vivimos entremezclados y perdidos entre la realidad y la ilusión del pasado, lo inaprehensible de nuestro presente y el futuro que nos permite soñar con lo que aún deseamos.

Todo esto ocurre de repente y nos sorprendemos por la paulatina e inexorable mutación rugosa de nuestras uñas.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
Ad
Copyright © 2018 - GRUPO ALTAVOZ