viernes 23 de febrero, 2018

Los días en donde no pasa nada - por Marcelo Mosenson

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Fuente: Difusión

Ciertos estados de exaltación como la alegría y el dolor nos reconcilian con la propia existencia. Las emociones fuertes nos imponen un sentido. El dolor y el sufrimiento nos recuerdan que vale la pena hacer algo al respecto, mientras que la alegría y los estados de felicidad nos confirman lo que creemos desear.

Pero hay días templados en los que no hace frío ni calor. En donde no hay mayores preocupaciones ni alegrías que festejar. El tiempo transcurre en voz baja mientras hacemos lo que creemos debemos hacer durante el día. Son días intrascendentes en los cuales ni siquiera nos proponemos que sean distintos. Tan solo los vivimos sin mayores sobresaltos ni alegrías.

Son días absurdos en el sentido de que carecen de sentido. Tan solo vivimos sin ninguna razón aparente más allá de la dictadura de haber sido obligados a vivir un día más por la vida misma que nos vive.

A su vez, son días contradictoriamente lúcidos en donde el tiempo nos pone a prueba recordándonos que nosotros lo llenamos según nuestros deseos y posibilidades.

Los días banales son siniestros por definición. Si entendemos por ello lo que Freud plantea “…como una vivencia contradictoria donde lo extraño se nos presenta como conocido y lo conocido se torna extraño. Ese sentimiento que siendo familiar y conocido regresa a nosotros con una sensación de extrañeza y contenido terrorífico que nos produce angustia.”

Uno puede pasarlos por alto a sabiendas de que el mañana será diferente y que la contemplación es parte de la vida. En otras palabras, no es obligación vivir atentos a todo lo que nos pasa, incluso cuando eso implica que no pase nada.

Pero al estar conscientes de la naturaleza banal de un día más, el absurdo y lo siniestro hacen su aparición. ¿Para qué vivimos? “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio, y ese es el suicidio”, plantea Albert Camus.

Y si resulta que ya nos hemos respondido el porqué lo hacemos, los días intrascendentes nos cuestionan a su vez acerca de si, acaso, estamos viviendo bien según nuestro propio saber y entender.

Me pregunto si una vida se puede medir por la cantidad de días, semanas, meses, años y décadas indiferenciadas los unas de los otras, o por el contrario, por los momentos que nos permiten hacer un punto y aparte en la continuidad del tiempo.

La productividad no resuelve la ecuación. Toda acción más o menos productiva puede siempre ser cuestionada por un desestabilizador “¿Y?”. Tampoco el amor es garantía. No se ama constantemente de la misma manera, ni lo necesitamos para respirar a cada segundo. Mientras que la falta de problemas urgentes abona el camino para la vivencia de la banalidad de los días.

Los días siniestros en donde nada pasa son tiempos padecidos como deseados. Porque hay veces que aunque nos cueste reconocerlo deseamos no desear nada. Como si una leve fatiga existencial nos llevara a anhelar morir un rato.

Ni siquiera hay que sentirse deprimido como para experimentar algo así, tan solo ocurre. Recientemente me comentaba una amiga mientras se sonreía: “hay veces que si no viviera estaría bien también.”

Resulta contradictorio, quizá, comprender que muchas veces son las personas más apasionadas las que son capaces de sentir y expresar un alegre vacío existencial y no así un suicida en potencia.

Hoy es un día más. No tengo grandes desafíos ni enormes expectativas de lo que vaya a ocurrir hasta antes de que me duerma por la noche. Quizá me sorprenda el día o tal vez, no. Creo que ni siquiera me inquieta demasiado. Sé que aún me resta, prácticamente, todo un día por delante mientras compruebo que nada  me preocupa demasiado.

Solo deseo no desear. Ni siquiera deseo descansar. Tan solo vivir. Después de todo no tengo alternativa. Estoy obligado a hacerlo todos los días puesto que no está permitido hacerlo en cuotas.

Y por alguna razón ajena a mi razón, estoy contento con el día de hoy.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
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