martes 13 de febrero, 2018

Morboperiodismo digital - por Matheus Calderón

Lectura de 7 minutos
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Fuente: Captura de titular de El Popular.

Escribo este artículo fijándome en las noticias más leídas de medios de prensa importantes. En Diario Correo, por ejemplo, entre las más leídas figuran la de un fastfood cerrado por alimentos vencidos, dos noticias sobre la comunicadora Magaly Medina y tres sobre violencia de género (feminicidio, violación, y violencia familiar, respectivamente). En Perú21, cuatro noticias sobre farándula y una sobre una violación. Hasta hace unos días, noticias sobre venezolanos peleándose en las calles o a los que “no les gustaba la chicha morada” infestaban la prensa -desde diarios con contenidos más bien ligeros hasta los más serios. Antes también, diversos medios publicaron la noticia de que un establecimiento de chifa había vendido carne de perro en el distrito de Independencia (la noticia se probó luego falsa).

No es un problema nuevo, pero sí que parece crecer durante los últimos meses. ¿Por qué la difusión de noticias ? ¿Qué sistema es el que produce y en el que circulan estas noticias? ¿Estamos, como reclaman los conservadores, en una crisis del periodismo por el periodismo digital, por el periodismo rápido, por el periodismo sin contenido y de poca calidad? ¿O se trata más bien de un problema que hay que entender como sistémico de la forma en la que circula la información en las redes virtuales y que afecta no solamente al periodismo?

Desde la izquierda, diferentes marcos teóricos han surgido en los últimos años que, de manera indirecta, ayudan a explicar el suceso. Mientras que el italiano Franco Bifo Berardi utiliza el concepto de semiocapitalismo (la idea de que hemos entrado en un tiempo caracterizado por la producción hiperabundante de signos e imágenes, lo cual incluye noticias), la norteamericana Jodi Dean nombra a la situación como capitalismo comunicativo: redes sociales que alimentan la sensación de que lo que compartimos “importa”.

Si Berardi se centra en el cambio de los regímenes de trabajo –de un capitalismo fordista en fábricas vinculado con la represión y el trabajo manual a un capitalismo posfordista vinculado, al contrario, a la sobreexpresión y al trabajo cognitivo (ahora la demanda es expresarse siempre, o como plantea la sempiterna pregunta de Facebook, decir “qué estamos pensando ahora”)-, Dean plantea su tesis en torno a las formas en las que los nuevos medios y las redes sociales producen formas competitivas e individualizantes de subjetividad. Las redes sociales virtuales, señala Dean en un texto sobre la campaña de Clinton en el 2016, son ante todo redes afectivas: “las redes sociales virtuales se basan en declaraciones intensas de sentimientos personales. Ello activa la circulación del afecto. La indignación logra más compartidos y ‘me gusta’ que el matiz”.

Todo ello, por supuesto, para decir algo que a muchos nacidos en los años 90s y más a inicios de los 2000 –aquellos que ya son nativos digitales completos o, en palabras del citado Berardi, la generación post-alfa- sabemos, sentimos o presentimos: hay un malestar en las redes sociales y en la cultura de la información del Internet. No se trata ni de las críticas conservadoras y apocalípticas a las redes sociales, ni tampoco solamente el miedo a las apodadas “fake news” -que por cierto han existido siempre- que se hicieron sentir durante la última campaña en los Estados Unidos y que ya se sienten en Perú (webs nacionales como la de “derecha bruta y achorada” Manifiesto, o sin ir muy lejos, la última nota mentirosa en un diario de circulación nacional que llamaba “proterroristas” a las Tablas de Sarhua).

Las redes sociales virtuales no trabajan para nosotros, sino al contrario: invertimos energía mental y emocional en que estas funcionen, y las consecuencias que estas tienen en nosotros, en nuestras formas de información, comunicación, activismo y militancia son por demás inesperadas y hasta contrarias a nuestros deseos.

(Parte de este malestar de las redes sociales virtuales se traduce en choques constantes entre activistas que, confrontados con esta realidad competitiva, acusarán al otro –siempre es el otro- de ser el egocéntrico o el privilegiado. Mark Fisher decía, a propósito de la izquierda identitaria, que esta había sido contaminada por una “subjetividad burguesa”, pero la frase también puede ser aplicada a las tormentas en redes sociales por personas autoidentificadas con la izquierda o con demandas más o menos progresistas: “son intensamente competitivos, pero esta competencia se reprime en la típica manera pasivo agresiva de la burguesía. Lo que los mantiene unidos no es la solidaridad, sino el miedo mutuo –el miedo de ser ellos mismos los próximos en ser rechazados, expuestos, condenados”. Algo de eso, combinado con la desidia millenial y posmillenial  también se traduce en el miedo a verse las caras, a formar estructuras comunitarias fuera de las redes sociales virtuales, a ser verdaderos “camaradas”.

Existe, claro está, el privilegio, y las discusiones son por demás sanas -Mouffe y Laclau identificaban al antagonismo como una parte fundamental de una democracia verdadera, “aquella en que las nuevas fronteras políticas se trazan y se debaten permanentemente”, como señalaba la crítica de arte Claire Bishop en el 2005-. Lo que no se toma en cuenta es hasta que punto las redes sociales y la cultura última de la Internet, en la que las noticias, sus compartidos y “me gusta” están siempre presentes, forman estructuras libidinales, dinámicas de deseo en la que prima la competencia y que eso afecta de manera irrevocable nuestra forma de discutir).

Y entonces vienen las críticas al periodismo -las críticas conservadoras, es decir: que ya no es como era antes o que existe solamente el periodismo “basura”. El problema con las críticas conservadoras o semiconservadoras del periodismo que opera en las redes sociales –donde el clicbait es el máximo exponente- es que estas, en tanto conservadoras, idealizan el pasado del periodismo y postulan el apocalipsis de la calidad del periodismo actual. Pero no se trata de la calidad, sino del modelo económico que sostiene a la prensa (el periodista y crítico de medios Diego Salazar ya lo ha explicado de manera resumida en un artículo titulado “Actrices porno, tiburones, azafatas que venden sexo y la crisis de la prensa”).

Por algún tiempo una gran cantidad de personas se acostumbraron a leer las noticias de manera gratuita y virtual, un cambio solo posible con el boom del puntocom. Los medios impresos que se sostenían por publicidad empezaron a perder compradores y la publicidad fue trasladada a sus plataformas digitales. Pero para que una empresa invierta en publicidad, el medio tiene que probar que tiene visitas, o fomentarlas a través de la publicación de noticias de dudosa calidad. Es allí donde el titular fácil y la noticia morbosa empieza a campear.

No es, otra vez, un problema de calidad –las escuelas de periodismo están más preparadas que nunca para los retos que existe la época, y cada vez más webs de investigación utilizan herramientas novedosas para destapes que hace 30 años hubiesen parecido imposibles-, es un problema del modelo económico que venía sosteniendo a los diarios y a la prensa en general en base a sus ingresos por publicidad. Ahondando un poco más (no es necesario ir demasiado profundo), podemos decir que no solo es el modelo económico de los diarios, sino de cómo circula la información: el problema es la economía de la atención.

Las noticias que hemos visto en las últimas semanas siguen esta lógica al máximo. Sobre las noticias de venezolanos: no se trata de que un medio esté intencionalmente alentando la xenofobia (como de hecho está ocurriendo) sino que confrontado con esta pregunta, al redactor o editor se le pondrá la cara roja y responderá, lacónico, con que “es lo que a la gente le gusta leer”. En efecto, noticas que inician con el titular de “venezolano…”, se viralizan rápidamente entre los grupos de Facebook y las redes de Twitter entre aquellos que sienten genuina aversión o miedo a la entrada de venezolanos en el Perú. Son, ya se ha dicho, redes afectivas. El del periodismo y la virtualidad de las redes sociales afectivas es entonces un problema de economía de la información que deriva, por falta de editores y estrategias internas arriesgadas que permitan sostener el negocio, en un problema de tratamiento y calidad de la información.

El problema de la lógica de las noticias virales es todavía más grande para aquellos que consideran su activismo en relación a las redes sociales, y sus efectos no deben pasar desapercibidos. La lógica del clicbait y en general la forma en la que se presentan y circulan las noticias por redes sociales-afectivas terminan afectando la forma en la que interpretamos, activamos y militamos en torno a temas tocados por esas mismas noticias. La hiperproducción de noticias bajo la lógica del clicbait (en general, bajo la lógica del morbo), que en un momento pone el ojo público sobre un tema (lo pone en agenda), puede ceder rápidamente a la frivolización del tema y aún peor, a que otros interpreten estas noticias de modo sensacionalista.

Una anécdota puede resultar iluminadora y sintomática: hace algún tiempo un periodista que suscribía el feminismo mencionó que ya no podía publicar noticias sobre violencia de género en un grupo dedicado a denunciar la violencia de género. A pesar de su frustración, no era difícil entender la lógica detrás de la decisión de ya no publicar: su constante incidencia en el tema se había entendido no como verdadero activismo, sino como instrumentalización de noticias sobre violencia de género. El fin habría sido no combatir la violencia de género sino generar visitas al diario en el que trabajaba.

Captura de pantalla de la web de La República.

El caso, a pesar de ser particular, también es sintomático del proceso que sufren las noticias sobre temas sensibles bajo la lógica de la viralización. Nos enfrentamos entonces a dos lógicas contrapuestas en teoría pero que terminan complementándose muy bien excepto para los fines del activista: por un lado, la necesidad de denunciar –existen cientos de casos que necesitan visibilización, no solamente sobre violencia de género- por el otro lado, la instrumentalización de la denuncia, la sobreexpresión al servicio del statu quo. Violencia de género como un hashtag, o como parte de un algoritmo para encontrar noticias más rápido en Google.

Ya lo planteaba Berardi: la sobreexpresión ya no rompe con el viejo modelo represivo, al contrario, ahora lo que se nos exige es la sobreexpresión. Y esa también es una exigencia que los medios tienen que saber cómo responder.

Editor de Política
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