lunes 12 de febrero, 2018

Western y revolución - por Martin Scheuch

Lectura de 3 minutos
Martin Scheuch
Western
Fuente: Difusión

Hay subgéneros cinematográficos que en su momento fueron minusvalorados por la crítica especializada o fueron despreciados como material para grindhouse o cine de barrio, pero que con el paso del tiempo han sido revalorizados, descubriéndose en ellos varias obras maestras del Séptimo Arte. Uno de ellos es el spaghetti western —películas del Oeste producidas por italianos y rodadas generalmente en Almería (España)—, que tuvo su auge en la década de los ‘60 y la primera mitad de los ‘70. Antes de que deviniera en comedia de golpes y bofetones de la mano del dúo conformado por Terence Hill y Bud Spencer, este subgénero ya había dado a luz algunas obras importantes que reflejaban los conflictos sociales y políticos de esa turbulenta época de cambios que fueron los años ‘60. No de otra manera se explica el alto contenido de violencia que ostentan, en comparación con el western clásico norteamericano.

Entre los westerns a la italiana destacan por su contenido político y social —trasunto de las agitaciones revolucionarias en todo el mundo y la influencia de los movimientos izquierdistas en Europa— los “Zapata westerns”, filmes cuya historia se desarrolla en el marco de la Revolución Mexicana. Cabe mencionar entre ellos “Yo soy la revolución” (1967) de Damiano Damiani; “El mercenario” (1968), “Vamos a matar, compañeros” (1970) y “¿Qué nos importa la revolución?” (1972) de Sergio Corbucci; “¡Agáchate, maldito!” (1971) de Sergio Leone; y un film relativamente desconocido que recién se ha podido ver sin cortes en el año 2013 gracias a la labor de restauración del sello alemán Koch Media: “Tepepa” (1968) de Giulio Petroni. Este año, en que se cumple el cincuentenario del estreno del film, he podido darle un visionado. Para mi sorpresa, me encontré con una obra maestra del cine mundial.

Mediante un montaje no lineal con frecuentes flashbacks se nos cuenta la historia de Tepepa (Tomas Milián), un campesino simple, ignorante, socarrón pero de gran carisma que dirige a un grupo de revolucionarios del pueblo, que no sólo participan en la Revolución Mexicana sino que terminan luchando contra quien la lideró políticamente -el presidente Francisco Madero (Paco Sanz)-, quien ahora se ha aliado con los militares y grandes terratenientes aquellos mismos que sojuzgaron y maltrataron a los más pobres y fueron combatidos por los mismos revolucionarios. El poder militar es representado por el Coronel Cascorro (Orson Welles en un rol magistral), un sujeto turbio y sin escrúpulos que no duda en hacer matar a quien se le interponga en el camino con el fin de mantener el orden y el status quo, sin importarle la justicia. A su vez, Henry Price (John Steiner), un médico británico, aparece en el lugar para hacer las cuentas con Tepepa, quien habría violado a su novia, ocasionando que ésta se suicide.

El director Giulio Petroni logra insertar las ambiguas biografías de personajes complejos en el ambiente conflictivo de la revolución, donde el “héroe” no es alguien de moral intachable y donde —en un entramado de traiciones y deslealtades— todos resultan víctimas y victimarios a la vez. Lo es también el niño (Luciano Casamonica) admirador de Tepepa, quien es testigo de cómo su padre, un campesino al que le han cortado las manos, es asesinado por Tepepa al traicionarlo y venderse por dinero a las fuerzas de Francisco Madero. Este niño terminará asesinando al inglés Price —quien traiciona su juramento hipocrático en aras de su venganza— porque “no le gustaba México”. Y ese niño será el heredero de un ideal revolucionario, basado en un ansia legítima de justicia, pero que sólo destroza vidas humanas.

Con crudo realismo, el cineasta nos muestra en imágenes como una revolución termina devorando a sus propios hijos, aunque el ideal siga vivo en sus sucesores. Una máxima de validez universal que se cumplió en la Revolución Francesa, la Revolución Rusa, la Revolución Cubana, etc. Y ahora se cumple en la Revolución Bolivariana en Venezuela.

Pues los auténticos cambios nunca se dan de improviso, sino que requieren de una lucha continua a lo largo de décadas. Y la implementación de justas reformas sociales requiere de la participación democrática no violenta de todos los sectores de la sociedad. Como ocurre en los países donde hay economía social de mercado.

Escribe Martin Scheuch
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