viernes 9 de febrero, 2018

Cambiemos la Constitución, otra vez - por Mijael Garrido Lecca

Lectura de 2 minutos
Romper libro
Fuente: Ted Slampyak

El debilitamiento de la ya frágil institucionalidad de nuestra república extraviada ha permitido que cada movimiento político aproveche el pánico y busque colocar su agenda sobre la mesa. La izquierda ha decidido que es un buen momento para convocar a un nuevo proceso constituyente. El modelo actual, dicen, ha hecho de nuestro país tierra fértil para la corrupción y el saqueo. Y a esto le agregan un banderillazo final: la Constitución del 93 fue firmada por Alberto Fujimori y es por lo tanto un documento concebido con un pecado original.

Argumentar que un modelo económico determinado genera un espectro más grande de posibilidades que otro es, simplemente, una adivinanza antojadiza. La corrupción que más ha afectado a América Latina en las últimas décadas lo ha hecho con el mismo ímpetu en repúblicas gobernadas bajo modelos de derecha y también bajo modelos de izquierda. La corrupción es un problema meta constitucional porque opera, justamente, más allá de las fronteras que el pacto social impone. Así que por ahí no va la cosa de ninguna manera sostenible.

Ahora: es perfectamente legítimo que quienes consideran -desde la izquierda- que el Estado debe asumir un rol más activo en la Economía lo planteen. Lo que no termina de quedar claro es por qué la necesidad de cambiar de Constitución cuando el propio texto constitucional habilita mecanismos de reforma que permiten enmendar el diseño completo del modelo económico. El debate que la izquierda tendría que plantear es cuál es el modelo que ellos consideran idóneo y luego luchar legislativamente para modificar la Constitución hacia allí.

La idea de que solo la eliminación de todo lo existente permitirá el nacimiento de una Constitución perfecta es la expresión más adolescente del pensamiento republicano. Las constituciones se enmiendan, no se cambian. Se enmiendan porque deben ser un cuerpo dinámico que recoja los valores y principios que espontáneamente emiten de la sociedad. La Constitución tiene que ser un reflejo de la sociedad a la que rige y buscar la perpetuidad de ese texto supone negar la esencia misma de la civilización: el cambio. Hay que dejar esto de una vez.

No voy, en esta nota, a defender siquiera alguno de los valores que nuestra Constitución plantea. Me basta con limitar mi punto a que estamos cerca de cumplir nuestros primeros 200 años como república independiente. Y en ese tiempo hemos tenido 12 constituciones. O sea: básicamente cada generación de peruanos ha creído que podría crear un nuevo texto perfecto. Y miren cómo nos ha ido. Los Estados Unidos -real cuna del republicanismo moderno- ha tenido una sola Constitución, con muchísimas enmiendas. Quizás ese sea el camino.

Siempre listo para la conversación del día.
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