viernes 9 de febrero, 2018

En búsqueda de la obviedad perdida - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
Marcelo Mosenson
espejos
Fuente: Difusión

Una tautología es una figura retórica que consiste en repetir un pensamiento expresándolo con las mismas o similares palabras. Expresiones como ‘yo soy el que soy’ o ‘una rosa es una rosa’ son dos claras tautologías.

Las tautologías tienen mala prensa, sobre todo por el uso abusivo de muchos políticos que dicen lo obvio para no decir nada, y de esa manera evitar compromisos.

Sin embargo, una tautología puede resultar en una afirmación llena de compromiso y autenticidad. Te quiero porque te quiero, y no te soporto porque sos insoportable. Ambas afirmaciones son auto explicativas como necesarias.

Por supuesto que la vida es contradictoria, que está llena de paradojas y ambivalencias. Frente a lo cual, cualquier expresión tautológica puede resultar infantil como pueril. Sin embargo, a fuerza de complicarnos la vida por temor a enfrentar y asumir lo obvio, nos sumergimos en interpretaciones con el único propósito de esquivar lo obvio y necesario.

Hay personas y situaciones que nos hacen sentir bien y otras nos hacen sentir mal.

Años de terapias sobre interpretativas, matrimonios estancados, amistades mediocres, sueños postergados y frustraciones disfrazadas de racionalizaciones inteligentes no tienen otro objetivo que combatir, a fuerza de negación, la potencia de ciertas tautologías dolorosas: no estoy bien porque no me hace bien.

En otras palabras, lo lindo es lindo, lo feo es feo, lo bueno es bueno y lo malo es malo.

Cualquier chico lo sabe mejor que cualquier adulto. Luego, interpretación y miedos mediantes, desechamos lo obvio tildándolo de simplista, infantil y extremista. No todo es blanco y negro, hay matices. Pues depende. Un golpe es un golpe, una agresión es siempre una agresión y una caricia es siempre ternura.

El comprender las motivaciones  de la maldad y la bondad son importantes para poner en perspectiva a los hechos, pero de ninguna manera los modifica ni los justifica.

Plantearse el porqué de lo bello y lo feo es una manera de no involucrarse con lo que sentimos. Al final del día todo se traduce en lo que tan bien comprendió Facebook acerca de la naturaleza de todos nosotros: me gusta, (o no me gusta).

De chicos nos enseñan que hay cosas que están bien y otras que están mal. Más allá de todo relativismo cultural, el no hagas lo que no te gusta que te hagan no pierde vigencia.

Si nos gusta un chocolate no nos planteamos por qué nos gusta, nos gusta porque nos gusta. Punto. Mientras que si no nos gusta cierta comida es evidentemente porque la hemos probado y no nos gusta. Qué se le va a hacer. Aun si más tarde pudiésemos cambiar de parecer.

¿Cuándo y cómo sucedió que comenzamos a rechazar la importancia de la tautología juzgando negativamente a la repetición inherente a su afirmación?

Cuántas veces nos vemos cuestionando a nuestros hijos acerca del porqué de su gusto o disgusto por una comida, una persona o una actividad? Argumentando y moldeando así lo que debieran sentir respecto de tal o cual cosa. La respuesta es todo menos sencilla, porque ¿dónde trazar el límite entre la propia autenticidad, el deseo, la educación y la ley? Todo se complica hasta tal punto que pasados algunos años, subestimamos la simpleza de lo obvio. Pero nada más libertario que un porque sí, y porque no. Sin más.

¿Acaso hay algo más absurdo que juzgar a alguien por gustarle una película, una persona o un plato que encontramos decepcionante? O, por el contrario, ¿cuestionarle por lo opuesto?

Nos olvidamos, aún habiendo leído “El Principito” que,  lo esencial es invisible a los ojos.

La búsqueda y construcción de la verdad, de la comprensión y el entendimiento de la realidad nos ha llevado por momentos a una compulsión por la interpretación. Pagando de esta manera el alto precio de pasar por alto que no todo es interpretable. Cuando nos duele la cabeza, nos duele la cabeza, independientemente de la causa del malestar.

Adentrándonos en la vejez nos esforzamos por volver a la ilusión de un origen proclamando que de ahora en más no malgastaremos nuestro tiempo en personas, trabajos o situaciones que no nos den placer.

A juzgar por los que me rodean el esfuerzo, en no pocas oportunidades, pareciera reflejarse más en resentimiento que en deseo. Pero aún así, la intención resulta valiosa. Solo que me apena descubrir que debamos ser amenazados por la cercanía eventual de nuestras respectivas muertes como para animarnos a vociferar, como cuando éramos chicos: ¡porque sí!

Escribe Marcelo Mosenson
Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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