jueves 8 de febrero, 2018

Dandis y gitanos en la máquina del tiempo - por Paula Siverino Bavio

Lectura de 3 minutos
Paula Siverino Bavio
Dandy

Tengo un registro extraño del tiempo. Lo que para algunos son semanas, para mí son meses y los meses, años y los años, varias vidas pasadas. Así que hace varias vidas me enamoré de un dandy y hace un par de meses comencé a pensar si seguía creyendo en la categoría como válida.

“Un dandy come en todos lados”. La frase de contenido más que gastronómico quedó flotando en el aire y ni bien la escuché supe que iba directo a una columna y de hecho escribí una con ese título hace mucho, que en parte reproduzco ahora.

-“Lo mismo un choripán en la cancha que una cena de manteles largos”, explicaría mi interlocutor de entonces. Esta amplitud de criterio tiene, sin embargo, sus reglas: la situación puede prescindir de muchos elementos, menos de la elegancia.

Mundo Dandy ¿por dónde empezar? Según me contaban, podría decirse que un dandy es una persona que se destaca por su elegancia y refinamiento; es un señor original, ícono en el vestir, de perfectos  modales y predisposición rebelde. Los más extremos lo han definido como un personaje heroico que resiste el proceso de uniformidad. Dicen por ahí que dandy es aquel que conoce las reglas y las rompe porque sabe cómo hacerlo.

Aparentemente, ser un dandy no tiene que ver con el “qué” sino mas bien con el “cómo” y eso es lo que vuelve rara avis a un auténtico dandy.

Se considera que lo caracterizan su inconfundible y natural estilo en el vestir, modales impecables, sentido del humor, amabilidad, capacidad de reírse de sí mismo, clase y elegancia innatas, seguridad personal y poco apego a las reglas. Un gentleman en el total sentido de la palabra.

Rescato este dato: el dandy es un ante todo un caballero. Sí, en estas épocas de deconstrucción de roles de género “caballero” suena muy complicado políticamente, lo sé, pero a mí me gustan y hoy tengo claro que no hay nada que pueda hacer al respecto.

Por cierto, ser un figurín acicalado y pretencioso está muy lejos de la bonomía dandy y asimismo, mucho cuidado en confundirlo con el tan promocionado metrosexual, nada más alejado de un dandy que estos personajes postmodernos. Por lo tanto, un auténtico dandy puede dar cátedra de moda, pero no lo hace acumulando etiquetas de marca sobre el cuerpo, sino llevando cualquier tipo de prenda con total naturalidad y desapego. El exceso, la ostentación y la afectación, tan propias de lo metrosexual, son impensados para el dandy de pura cepa.

Un dandy tendrá un placard digno de ser fotografiado, original y ordenadísimo. Malhumorados, quejosos y pesimistas, abstenerse. El dandy enfrenta la vida con una sonrisa, quizás a veces un pelín condescendiente, pero habitualmente encantador.

Un dandy no solo sabe de movidas culturales o bares de moda, sino que, sobre todo, sabe cómo hacer sentir a una mujer femenina y empoderada a la vez. Ser cortejada por un dandy es una experiencia única. Puede invitarte a desayunar a las  ocho y media de la mañana y aparecer puntualísimo y con un ramo gigante de tus flores favoritas, compartir un atardecer en el campo, pintarte un cuadro que le inspiraste o mostrarte secretos arquitectónicos de tu ciudad que ignorabas.

Cultura general, refinamiento y especialmente,  generosidad, compasión  y buen humor, con un caballero de éstos es imposible aburrirse. De adolescente estaba perdidamente enamorada de Cary Grant y de Remington Steel, hoy le agregaría a Pérez Reverte y Michel Bublé, por citar ejemplos mediáticos.

Han pasado varios años de mi enamoramiento dandy y la vida me permitió explorar caminos bastante alternativos. Recientemente, mientras tenía muchas de mis ideas sobre los hombres y las relaciones en remojo, me tocó compartir profundas charlas con un dandy poco ortodoxo de dones clarividentes, que se debate entre la corrección del deber ser y las demandas de su alma gitana.

Admito que fue divertido en su momento escribir sobre el “mundo dandy”, pero hoy mantendría la etiqueta solo como algo lúdico, me suena demasiado superficial y no le hace justicia a cierto tipo de hombres que, más allá de un atractivo envoltorio, son capaces de generar a su alrededor, casi sin darse cuenta,  un ambiente de magia y calidez sin estridencias.

Hay un mundo de belleza y luminosidad que nace, crece y se multiplica en los detalles cotidianos y a veces el universo encuentra maneras extrañas de mostrarte el camino. Pero eso ya es material de otra columna.

Escribe Paula Siverino Bavio
Doctora en Derecho, fan de la Bioética, un poco argentina, un poco peruana y otro poco a definir.
Siempre listo para la conversación del día.
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