viernes 2 de febrero, 2018

El que aprovecha pierde - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: César Mejías

La noción de aprovechar pareciera encontrar su lógica en la base del paradigma de nuestra sociedad de consumo. Estamos constantemente rodeados de publicidades diarias que nos incitan a aprovechar ofertas. Y así vivimos, intentado aprovechar nuestro tiempo al máximo como si nuestras horas se trataran de ofertas

Frente al time is money cabría recordarnos que time is life.

El aprovechar algo pareciera poner de manifiesto que de no hacerlo nos estaríamos perdiendo de algo. La lógica de ganancia y pérdida que incita la lógica del provecho suele ir en contra de nuestro deseo o, al menos, a hacerlo a un lado.

Los restaurantes de tenedor libre son el mayor exponente de este discurso. Por un único precio se tiene acceso a una enorme variedad de platos mediocres de manera ilimitada.

Allí, el deseo y el criterio personal se anulan bajo la lógica del aprovechamiento, aún si esto implica salir con la panza hinchada y asqueados por una comida barata y recalentada.

Lo mismo ocurre con las manadas de turistas que frente a un primer viaje a Europa se ven en la obligación de recorrer veinte países en diez días y recorrer museos increíbles, pero imposibilitados de cualquier acto de verdadera contemplación. Los más rebeldes se contentan con tan solo sacarse una foto frente a la pirámide del Louvre y comprar algún souvenir en la tienda del museo.

Lo sorprendente del éxito de un discurso semejante es que el deseo desconoce la noción de provecho. Nadie en su sano juicio podría decir, “ahora que tengo un tiempito voy a aprovechar para amar.” Tampoco sonaría muy lógico plantearse algo como que ahora que me ofrecen la oportunidad voy a ejercer toda mi voluntad de poder. En todo caso, la voluntad de poder es previa al cargo o al rol que nos hayan asignado. Del mismo modo que tampoco sonaría muy oportuno pensar, “¡qué bueno, ahora que se viene el fin de semana largo voy a  aprovechar para ser un poquito más altruista!”

Puede que todos estos ejemplos suenen forzados como caricaturescos, pero la realidad pareciera igualarlos o superarlos en forma y contenido.

Porque cuántas veces hemos escuchado, “aprovechá a tus hijos en esta edad maravillosa que luego se te van.” ¿Pero qué implicaría aprovecharlos? ¿Estar todo el tiempo y a toda hora con ellos? Tampoco falta quienes nos recuerden: “Aprovechá a tus padres mayores o abuelos que ya no les queda mucho tiempo”. Suena muy sensato, pero ¿que significaría aprovecharlos? ¿Acaso estoy malgastando mi tiempo respecto de ellos?

El aprovechar implica siempre una exigencia, pero el deseo no sabe de obligaciones, ya que el deseo es el motor, el camino y el inalcanzable punto de llegada, simultáneamente.

Los adultos, frustrados, en su mayoría hombres, pregonan a los jóvenes que aprovechen experimentando con la mayor cantidad de mujeres posibles, ya que luego, al sentar cabeza, no podrían hacerlo; al menos, no del mismo modo. Subestimando de esta manera un eventual amor de juventud, o simplemente, un amor duradero. ¿Quién sabe?

El aprovechar está asociado a la productividad, pero sin cuestionar al producto. Como cuando nos ofrecen pagar un poco más y así llevarnos dos artículos cuando en realidad, tal vez, tan solo queríamos uno, aunque de mejor calidad.

Hasta las vacaciones de verano proponen algo del mismo orden. El aprovechar descansar durante el verano, sin hacer absolutamente nada interesante más que tirarse sobre una reposera, creyendo que el descanso y el sueño son actividades que pueden ser administrables según un calendario confeccionado por el ministerio del trabajo y las altas o bajas temporadas turísticas del año resulta, por lo menos, arbitrario como ineficaz.

Aprovecharse de los demás es tan cuestionable como repudiable. Aprovecharse de uno mismo no es la excepción, solo que resulta aún más contradictorio.

Quizá no haya persona más provechosa que aquélla que centrada en su deseo no caiga en la ilusión del provecho. Son esas personas que conscientes de la finitud concentran su atención en sus necesidades más íntimas y auténticas, libres de todo espejismo y anhelos prestados.

Porque la realidad es que nadie sabe cuándo se va a morir. Y del mismo modo que vivir como si nunca habría de ocurrir empobrece nuestra existencia, tampoco podemos vivir constantemente bajo la certeza cotidiana de que vivimos muriendo un poco.

Constituidos por la paradoja y la ambivalencia, puede que no exista mejor manera de sacar provecho de la existencia rechazando toda noción de provecho. Ya que la vida es suficientemente larga como para vivir pidiendo cumplir nuestro último deseo. Como a su vez, es demasiado corta como para sucumbir a la tentación del aprovechamiento y obligarnos a recorrer los interminables pasillos del museo del Louvre cuando lo que en realidad queremos es sentarnos un par de horas junto a una copa de Merlot en la terraza del Café de Flore, ver la gente pasar, y disfrutar de nada más.

Posiblemente, el verdadero provecho se trate de desaprovechar ciertas oportunidades.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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