jueves 25 de enero, 2018

El monopolio de la memoria - por Matheus Calderón

Lectura de 3 minutos
Matheus Calderón
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Fuente: Fusilamiento. ADAPS, 1993.

1.-Un congresista, amparado en su inmunidad parlamentaria, republica una fotografía editada de la directora del Museo de Arte de Lima, en la que la historiadora del arte aparece portando símbolos e imágenes terroristas.

El congresista sabe -es lo más probable- que la imagen es editada, pero no hará nada ni dirá nada al respecto. No hay forma de denunciarlo.

2.-Un diario de la capital llama, en portada, “prosenderista” a un conjunto de cuadros de artistas nativos de Sarhua, en Ayacucho. Los cuadros, al contrario de hacer una apología a Sendero Luminoso, revelan el terror de la comunidad de Sarhua enfrente a la incursión de militares y terroristas al pueblo.

(A los terroristas, a Sendero Luminoso, lo llama “onqoy”. Enfermedad. La enfermedad del terrorismo.) 

Originalmente Sarhua no podría cuadros, sino tablas, que se montaban en las casas al momento de bautizarlas. Las tablas de Sarhua estaban dibujadas con escenas de la vida diaria de la familia, y eran regaladas por los “padrinos del bautizo”.

Cuando vinieron los “foranios” y empezaron a mandar y a matar, los artistas de Sarhua se fueron a Lima. Y empezaron a dibujar escenas de su vida comunal en cuadros. Algunas de estas escenas muestran actos de violencia, rostros desencajados, asustados.

3.-Un periodista decide tomar el caso de los cuadros acusados de “prosenderistas” y exponerlo en horario prime time.

Llama para el debate a un militar en retiro y a un sociólogo que, confiesa, no ha visto los cuadros. Pero no llama a un artista (los y las miembros de la Asociación de Artistas Populares de Sarhuas están aquí, en Lima), ni a un sarhuino, ni a un investigador.

4.-Una economista lanza una aseveración sobre los cuadros de Sarhua: “deben ser guardadas por un par de generaciones”, ya que “el terrorismo está rondando”.

En realidad, las tablas, cuadros y retablos de Sarhua siempre han estado allí, circulando. Hay libros y artículos escritos sobre el conjunto.

No son, en estricto, objetos artísticos, sino repositorios de memoria, parte de la herencia de un pueblo movilizado por la violencia política.

5.-Una actriz, de derechas, afirma que la muestra es apología al terrorismo. Luego (ironías del Twitter) señala que “el arte desea los justos derechos e igualdad para todos los trabajadores”.

El caso de los cuadros de Sarhua falsa y maniqueamente acusados de “proterroristas” debería llamarnos la atención sobre qué se recuerda y qué no se recuerda, pero por sobre todo, de quiénes son los que recuerdan.

Quizás de manera inadvertida, inconsciente, tratamos de aplicar las categorías y narrativas de nuestras propias experiencias con el terrorismo -y con el arte- a situaciones bastante diferentes (tratamos de tener un “monopolio del dolor”, como mencionaba la periodista Pamela Acosta hoy por la mañana).

Una sensibilidad centralista -por no decir “citadina”- interpreta un objeto artístico como aquello que se puede guardar y volver a mostrar después de un tiempo (“un par de generaciones”). Pero los cuadros de Sarhua son todo menos que eso: son repositorio vivo de una necesidad de hacer memoria, de procesar y de dejar un testimonio sobre el proceso de violencia que afectó a una comunidad.

Esa misma sensibilidad siente toda imagen que remita a Sendero Luminoso (imágenes de propaganda) es peligrosa, resulta amenazante, puede ser malentendida. Pero estas imágenes han circulado desde hace décadas entre los sarhuinos. ¿Será que los que tenemos que adaptarnos, los “débiles” frente a las imágenes, somos nosotros?

Ese miedo a la ambigüedad de la imagen es sintomática del miedo a lo que Primo Levi -uno de los supervivientes de la Shoah judía- llamaba “las zonas grises”.

(Levi contó la experiencia de los judíos que, completamente deshumanizados ya, llegaron a ser cómplices de los nazis en los campos de concentración -nadie, por cierto, lo acusó de apología al nazismo.)

Irónicamente, esa ambigüedad es también lo que delata la realidad y crueldad del conflicto armado interno: las comunidades andinas como Sarhua vivieron una violencia “entre prójimos” (como ilustra el título del libro etnográfico de Kimberly Theidon).

La situación implicaba verle la cara a Sendero Luminoso todos los días, porque podía ser tu primo, tu hermano, tu padre, o incluso tu enemigo de otra comunidad andina. Podías sentir simpatías por ellos en un inicio. Sí, eso también pasaba.

Desde Lima, las narrativas más fáciles de esgrimir frente al conflicto son la de “los dos demonios” -las comunidades andinas entre dos fuegos, el de SL y el de los militares, que peca de restar agencia a estas mismas comunidades- y la más de las veces, la de Sendero Luminoso como el mal absoluto -que termina invisibilizando los abusos militares-.

Pero la realidad en los andes del Sur supera a cualquier posición absoluta (dicotómica o víctimocentrista). Es una realidad con muchísimos matices de diferencia de la experiencia del terrorismo en “Lima” (siempre entre comillas).  ¿Qué hacer con comunidades en las que familiares se enfrentaron porque asumieron posiciones políticas antagónicas, entre otros muchos casos? ¿No pueden ellos recordar? ¿No tienen derecho a mostrar su dolor y su memoria?

La memoria siempre ha sido un terreno plural: no hay memoria en singular, sino memorias, y recordar significa siempre seleccionar, dejar de lado algo.

¿Qué debemos hacer desde aquí? Dialogar, encontrar puntos comunes entre nuestras experiencias  y la violencia en las comunidades andinas y también amazónicas.

No siempre es posible. Pero lo que no se debe hacer es gritar, en un frenesí de ignorancia y necedad, que su memoria es proterrorista, que su memoria tiene que ser escondida en el sótano y sacarla, luego, como quien guarda un mueble viejo.

 

 

 

 

Escribe Matheus Calderón
Editor de Política
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