viernes 5 de enero, 2018

La imposibilidad del rostro - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Drawing Hands, 1948 - M.C. Escher

Envejecer es retirarse progresivamente del mundo de las apariencias. Goethe.

El que ama desea fijar el rostro del amado, desea que no se mueva ni cambie. Cada gesto, cada expresión, cada detalle es escrudiñado hasta en lo mínimo, de manera que todos sus interrogantes logren cesar de algún modo. Para el que ama, nada es insignificante y todo le lleva a la desproporción. Porque todo significa, aun lo que no tenga sentido.

Proust sostiene que la pasión es sufrimiento y que aquél que ama no es amado. Quizá, no sé.

El rostro del ser amado no conoce la paz. Toda su fisonomía es analizada, sopesada y juzgada bajo el anhelo del amante por emitir un juicio final que lo defina por siempre como si se tratara de un viviente cuerpo embalsamado.

El amado se revela frente a los anhelos paralizantes del amante. Porque, como decía Levinas, uno no es, uno se es. A nadie le gusta ser definido por otro, aún tratándose de un halago.

En uno de los pasajes del Talmud, se explica que nunca hay que decir nada bueno del prójimo, ya que de allí se desprende que también se pueda decir algo malo. Como cuando el amante exclama vos sos todo para mí, la misma frase contiene la posibilidad cierta de vos podés ser nada para mí.

El amante fotografía constantemente al ser amado fracasando en cada una de sus tomas. Porque nadie es, todos vamos siendo. Las fotos apenas retienen un instante y ni siquiera. Ya que la misma foto cambia según cuando la observemos.

La indiferencia nos hiere, la observación aguda y constante nos aprisiona. Buscamos ser definidos por los otros a la vez que rechazamos la violencia que implica ser delimitados por cualquier otro, ajeno a nosotros mismos.

Al observarnos en un espejo solo podemos acceder a nuestro rostro a través de nuestra mirada. No podemos observarnos por fuera de nosotros mismos. Cuando otro nos mira, nuestro rostro pasa a ser suyo, pero no podemos escapar a la voluntad del otro por definirnos según su propia mirada.

Nadie tiene la verdad de la mirada, pero su ausencia implicaría nuestra inexistencia.

El halago es madre del desprecio, mientras que la indiferencia es el padre de su madre.

El llanto del bebé se repite a condición de que haya una madre que lo escuche. Del mismo modo que nuestro rostro se transforma no solo a través del tiempo, sino más aún a partir de la mirada de quien nos mira. 

Pero ningún rostro quiere ser desnudado por completo. ¿Será por eso quizá que el maquillaje existe? Todos tenemos algo que esconder, aunque ni siquiera estemos enterados de que lo estemos haciendo. 

¿Pero quién no desea acaso ser observado por la persona que ama? ¿Quién se atrevería a rechazar su halago a sabiendas de que toda reverencia lleva la semilla del desplante?

La pasión es necesariamente cruel, ya que busca fijar al amado, inmovilizarlo, conservarlo y despreciarlo, en caso de que esto realmente sucediera.

La imagen del rostro amado no conoce la paz.

La figura repetida del amante tomando el rostro del ser amado con sus dos manos parecieran querer comunicar sus ansias de inmovilidad. Suspendiendo toda posible transformación del cuerpo amado.

El amor es más bien esta religión del rostro que prohíbe la representación. A. Finkielkraut

Ni siquiera la belleza es inherente al amor, ya que hay amores que buscan afear al ser amado con la esperanza de poseerlo para sí. La sobriedad y el pudor que proponen los cuerpos de varias religiones parecieran poner de manifiesto la contradicción que supone la belleza cuando el amor hace irrupción.

El amor no conoce rostros inocentes. Ni a los feos ni a los bellos. Todo gesto significa, aun el más inexpresivo de todos expresa, precisamente eso, su inexpresividad. 

El rostro es un arma, una trampa y un refugio, pero jamás nos es indiferente. 

No elegimos nuestra fisonomía, tampoco elegimos la manera en cómo somos observados, pero como dice A. Camus a partir de cierta edad todo hombre es responsable de la cara que tiene. 

El equilibrio está perdido. El punto medio es una quimera. Las miradas y los rostros se debaten constantemente entre la locura y la locura más indomable. Los rostros jamás son contemplados como quien se detiene a contemplar el mar. 

Por el contrario, los rostros son presas de quien los mira. La inocencia como la libertad están perdidas. Lo cual no implica que debamos estar sujetos a cualquier mirada. Porque finalmente, aun si es lo que más anheláramos que sucediera, nadie jamás nos ve.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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