viernes 22 de diciembre, 2017

Apología del resentimiento - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: InnerSelf.com

Según el economista Waldfogel por más lindo y costoso que sea un regalo, quien lo recibe nunca le da el valor que realmente se pagó por él. Con frecuencia, señala, es menor. Si un presente costó US$100, quien lo recibe estima que salió US$90.

Para comprobar que esto era así, este profesor le pidió a sus alumnos que respondieran una serie de preguntas acerca de qué regalos habían recibido y cómo los valoraban. La conclusión fue que ese acto de intercambiar presentes en Navidad destruía entre un 10% y un 30% el valor que se le asignaba a ese objeto. Y si ese regalo lo hizo un tío o un abuelo, la pérdida era del 40%. Los presentes de los padres y hermanos deprecian el valor del objeto en el 15%; los de la pareja, en el 10%, y los de los amigos, poco más del uno por ciento. (La Nación 21/12/17)

Posiblemente, una de las causas que originan la pérdida de valor de un regalo se deba a que durante las fiestas nos deseamos indiscriminadamente amor y felicidad. El desear felicidades a todo el mundo depreciaría el valor de lo que le deseamos a nuestros más cercanos.

En épocas en donde resulta casi imposible esquivar la pulsión de un balance existencial acerca del año que acaba de transcurrir, surgen las decepciones respecto de las deslealtades, engaños, traiciones e indiferencia que hubiésemos preferido no padecer. 

El resentimiento es inevitable cunado lo que resiste persiste. Al atragantarnos con palabras no dichas ni siquiera ofrecemos la eventual posibilidad a que nos pidan disculpas o nos reparen el daño.

¿No sería oportuno como conveniente, entonces, enviar tarjetas personalizadas a nuestros seres no queridos explicándoles la razón por la cual nos vemos imposibilitados de desearles unas felices fiestas? De esta manera no sólo tendríamos la ocasión de desahogarnos y así, recordar para olvidar, sino que a su vez, por contraste, el valor de nuestros regalos y buenos augurios habrían de aumentar su valor. 

La magia del orden, best seller de la autora, Marie Kondo propone como uno de los principios del orden: Guarda las cosas que le hablan a tu corazón y deshecha todo el resto para iniciar un nuevo estilo de vida. Lo mismo vale para los amigos, clientes, amigos, parejas, familiares y personas que interactúen con nosotros. 

El pequeño problema de seguir a rajatabla este precepto radica en que las personas no son cosas, y aún si decidiéramos poner orden y eliminar algunas de ellas de nuestras vidas esto no sería tarea sencilla, tampoco practicable. A no ser que alguien opte por el homicidio, lo cual más allá de toda disquisición legal, ética y moral puede resultar absolutamente desproporcionado como complicado de realizar.

Por el contrario, enviarle a alguien una postal deseándole infelicidades con causa justificada a quienes nos hayan dañado gratuita e injustamente podría resultar reconfortante, sanador y liberador no solo para quien la envía, sino también, tal vez, para el receptor de la misiva.

Los terapeutas suelen hablar de la necesidad de expresar lo que uno siente y de fomentar la comunicación entre las personas. Sucede que el temor a perder al otro y el miedo a que su reacción hagan que el remedio sea peor que la enfermedad, suelen paralizarnos. Y así nos pasamos la vida, callados, resentidos y amargados. O peor aún, sobreadaptados a situaciones penosas bajo la anestesia de máximas como que el amor es incondicional, que es importante perdonar para así liberarnos a nosotros mismos y que la comprensión es rey. Como si el entendimiento justificara cualquier cosa. 

Pero resulta que si te cagan, la mierda tiene feo olor. No hay relativismo moral ni estético que nos permita afirmar que su olor depende del punto de vista con que se la huela.

La economía emocional se mantiene en equilibrio no solo amándonos a nosotros mismos y al mundo entero, sino también despreciando a quienes nos hacen daño, como la picadura de una avispa cuando al verse amenazada, nos clava su aguijón venenoso bajo la piel.

El expresar nuestro desprecio y comunicar nuestro dolor puede resultar sumamente liberador a condición de que una vez enviada nuestra postal de infelices fiestas demos por terminado el asunto, sin esperar nada a cambio.

Por supuesto que si los envíos de infelicidad superasen a los de felices fiestas, el infeliz es uno. 

Me pregunto si tendré el valor de enviar algún deseo de infelicidad, como también me cuestiono si habré de recibir yo alguna para así tener la oportunidad de pedir disculpas a quien corresponda.

¡Felices fiestas para todos!

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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