viernes 15 de diciembre, 2017

La nada, por Marcelo Mosenson

Lectura de 6 minutos
Hiroshi Sugimoto_1.tif
Fuente: Hiroshi Sugimoto_1.tif

 

Nada es una expresión que afirma la negación del todo diciendo tanto de quien la utiliza. Es una contundente desvalorización del propio relato; del vacío que se manifiesta sobre cualquier algo. Es un desprecio y una desvalorización por lo que se pretende comunicar.

 

Pero desde que el mundo es mundo la nada no existe o, en todo caso, es inconcebible. Siempre hay algo, aún el vacío mismo. Pero confrontarlo, asumirlo, vivirlo y sentirlo es desestabilizador. Nos confronta con la propia muerte ya que  después de la vida florece la nada. Sólo que para aquél entonces ya no tenemos maneras de vivir la experiencia de la nada misma. En consecuencia no existe.

 

La nada, entonces, suele tratarse siempre de una falacia. Nada más peligroso que percibir a alguien enojado con nosotros por algo que ignoramos y al preguntársele acerca de qué es lo que le sucede nos enfrentamos a un siempre peligroso y desconcertante, “no me pasa nada.”

 

Suelo desconfiar de todas los nada, frente a lo cual suelo reemplazarlo por razones preventivas por un todo. Los nada son la antesala del todo, un todo lleno de angustias, reproches, facturas y deudas pendientes.

 

Una de las peores agresiones verbales que una persona pueda vociferar a otra es “no sos nada, no sos nada para mí.” En otras palabras, estás muerto o mejor dicho, te estoy matando.

 

“Nada, todo bien.” Es una expresión corriente gramaticalmente contradictoria en donde el nada modifica indefectiblemente al todo bien. Pero el que escucha atentamente sabe perfectamente que no está todo ok. De ser así no se hubiera recurrido a el nada en primer lugar, como tampoco al todo.

 

“Y bueno, nada qué sé yo.” Es la manera en que tienen los que no están dispuestos a expresar o legitimar su saber creyendo que de guardárselo o restándole valor conservan su poder. Pero por supuesto que saben más de lo que están dispuestos a manifestar.

 

Nada, fuimos, cenamos y nos volvimos.” Es propio de quienes vieron frustradas sus expectativas pero sienten la necesidad de poner en resguardo su frustración y vacío frente a su decepción.

 

“Tranquilizate, no pasó nada.” Es típico de aquellas personas que no están dispuestas a comprometerse ni legitimar al otro.  Tampoco están dispuestas a escuchar a la vez que subestiman el dolor ajeno. Pero nada menos tranquilizador que un padre, una madre, una pareja o un amigo que frente a nuestro sufrimiento intenten contenernos con semejante doble negación: no pasó nada. Además, la frase es tan contradictoria, ya que de significar lo que pretende habría de decirse sin el primer no, resultando en un: pasó nada.

 

El educado y respetuoso de nada es quizá de todos ellos el más complejo. Nunca se sabe, hasta nuevo aviso, si realmente se trató de un acto de altruismo o, por el contrario, de un haber en el balance de los favores ofrecidos por alguien.  A juzgar por mi propia experiencia y la de muchos otros ningún favor es completamente gratuito, de mínima se espera un reconocimiento a través de una sonrisa o de un simple “gracias”. De mínima.

 

En cuanto el “nada es como era antes” es una mirada sesgada y superficial acerca de un nuevo contexto. El amor, el miedo a la muerte y el afán de lucro y poder permanecen desde que los monos comenzamos a hablar. Sólo han cambiado las reglas de juego. Pero lo que realmente esconde este tipo de verdades incontestables es no asumir la responsabilidad que nos toca en relación a las nuevas reglas de juego. Porque lo que nunca cambia es que todo cambia.

 

La lista del uso del nada se extiende en un montón de expresiones. Por lo general con el mismo propósito, negar lo que realmente sentimos. Como cuando expresamos que no nos “importa nada”. El nada pone de manifiesto lo que pretendemos ocultar, en este caso, cuánto nos importa todo. Mucho.

 

Por supuesto que los vínculos sociales no podrían sostenerse de decirnos constantemente todos la verdad acerca de nuestros sentimientos. El problema radica en que a fuerza de ocultárselo a los demás terminamos por creérnoslo nosotros. Para luego sucumbir  ante una suerte de frigidez emocional.

 

Mientras estemos vivos, la nada no existe, en todo caso existe el vacío que por momentos sentimos por no poder llenarlo con nada. Pero justamente, cómo vamos a poder llenar algo con nada cuando obviamente se trata de llenarlo con algo o con alguien.

 

La nada es falsa. El vacío es real. Mientras que el todo es una ilusión.

 

No sos todo para mí, pero si no estuvieras me encontraría vacío.

 

Gracias por leerme.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
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