viernes 8 de diciembre, 2017

No sé - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Getty Images

Hay muchas formas de no saber. Por lo general, el discurso políticamente correcto valora a quienes tienen la valentía de asumir que no saben. Pues bien, la ignorancia no siempre es un derecho. Por supuesto que la condición para aprender es aceptar que uno no sabe. Pero cabría preguntarse si la ignorancia es un derecho. Y de hecho, en numerosos casos, no lo es. Nadie puede, por ejemplo, arrogarse el derecho de ignorar los sentimientos de una mujer respecto de uno como para así justificar un acoso.

Nada más insoportable que preguntarle a nuestra pareja ¿qué te pasa conmigo? y que su respuesta sea un indefectiblemente agresivo, no sé. De ser auténtica su respuesta cabría preguntarse si realmente desea saberla y, en todo caso, de ser así, qué es lo que hace para saber.

La apología de la ignorancia frente al propio saber no justifica nada. Como adultos hay numerosas cosas que debiésemos haber aprendido. No basta con decir no supe hacer mejor. Jodete, entonces.

Cuántas dolorosas infidelidades y deslealtades se escudan en una disculpa tamizada por un no supe hacer mejor. Cuántas veces hemos escuchado frases como no supe o no supe amar mejor

La educación en sociedades democráticas podrá ser un derecho, pero la ignorancia no lo es.

Del mismo modo que acostumbrados a circular por la derecha, si así lo hiciésemos en Inglaterra, asumiendo que todos los demás autos son los que efectivamente van en contramano, nos veríamos necesariamente en serios problemas ante la ley y ante la seguridad de nosotros mismo como la de los demás automovilistas.

Las parejas discutimos hasta la muerte por infinidad de cosas hasta que alguien de los dos sugiere ¿qué proponés, entonces? Para que luego el otro se quede casi sin habla, bajo la impotencia que genera todo intento de tregua frente al guerrero compulsivo, y ya no pueda, quiera o sepa responder con un nada más violento que un pasivo no sé.

Porque hay no saberes activos y otros pasivos, o peor aún, indiferentes. Sólo un no sé activo merece algún respeto. Todo científico, emprendedor, artista o profesional que busque constantemente respuestas a su ignorancia merece el mayor de nuestros respectos. No así los que cobardemente se atrincheran en un no sé esquivo como pasivamente agresivo.

En otras palabras, uno elige estar o no comprometido con el saber, independientemente de los resultados. 

También existen otras estrategias a las que acuden los ignorantes compulsivos. Los que frente a una pregunta tienen la astucia de esquivar la respuesta retrucando un lo tengo que pensar. Lo voy a hablar con mi analista. O bien, la pregunta me excede. 

Similares instintos asesinos provocan en uno aquellos alumnos que se amparan en ignorar alguna consigna por haber faltado a clase, como si no existieran medios alternativos como para enterarse de lo que se habló en clase.

Los políticos tampoco están ajenos a similares recursos cuando con cara de piedra afirman: no me consta. Frente a lo cual muchos periodistas cobardes, mediocres o sobornados pasan a otra pregunta, o tan sólo, repreguntan ¿no le consta? Cuando lo responsable sería preguntarle al entrevistado: ¿y qué es lo que usted hace para saber algo al respecto?

Pero quizá, la forma más patética de la ignorancia es la compulsiva, hija de toda negación. Frente a esta forma todos somos víctimas y victimarios de nosotros mismos.

Negamos lo que sabemos hasta que la verdad estalla por los aires  o se expande como el vapor en una olla a presión.

Cuando esto ocurre intentamos disculpar lo imperdonable, porque siempre supimos que nos estábamos dejando robar, que nuestra pareja nos engañaba, que nunca valoramos a quien hoy nos desprecia o que simplemente estábamos postergando actuar para luego ser golpeados contundentemente por la realidad. Claro que sabíamos, y aún si lográsemos justificar nuestra desgracia frente a los demás, no tenemos derecho de declararnos ignorantes. Porque siempre supimos que no queríamos saber lo que ya sabíamos.

En otras palabras, el saber o no es más la causa que la consecuencia de nuestras fatalidades autoimpuestas.

Por supuesto que sabemos poco, pero también es cierto que sabemos más de lo que estamos dispuestos a asumir. Aunque nada más bochornoso que el que cree sabérselas todas. 

Lo que queda claro es que hay preguntas que no resisten jamás un no sé. Razón por la cual la pregunta pone de manifiesto lo que lamentablemente ya sabíamos. Si necesitamos preguntarlo debemos asumir que ya estamos en problemas.  ¿Me amás? Es una de ellas. 

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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