viernes 1 de diciembre, 2017

El no le gana al sí, por Marcelo Mosenson

Lectura de 6 minutos
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Cuando pensamos en opuestos tendemos a creer, al igual que el ying yang, que son complementarios. Que el blanco no existe sin el negro, la vida sin la muerte, el algo sin la nada, eros sin tánatos, el si sin el no.

 

Si adjudicásemos un valor a cada opuesto tenderíamos a asumir que cada uno valdría un cincuenta por ciento del total. Sin embargo, a cualquiera que le hayan rechazado un beso habrá comprendido que el no, indefectiblemente le gana al .

 

Pasamos mucho más tiempo sin vivir antes de nacer como también, infinitamente el mismo tiempo que antes que nuestra concepción, luego de haber terminado de vivir. Construir cualquier cosa requiere de mucho más esfuerzo que destruirlo. Del mismo modo que suele ser más sencillo engordar que adelgazar.

 

El éxito de la vida de cada uno de nosotros podría definirse por la cantidad de noes y síes que atraviesan a nuestras existencias.

 

Una sola mentira puede destruir todas las verdades de una persona para que le conviertan en un mentiroso. Una mera infidelidad destruye la fidelidad ejercida por años.

 

El más o menos no aplica respecto de ciertos opuestos. No existen los matices ni los grises cuando ciertos opuestos están en juego. Nadie está más o menos enamorado. Por eso me sorprendo a su vez, cuando se relativizan a ciertos personajes políticos. No hay algo así como un poco corrupto. Tampoco podríamos referirnos a alguien como un poquito abusador.

 

El si no admite ningún no para evitar su extinción, mientras que el no puede sobrevivir a varios síes porque sabe que procura de un único no para ganar la pulseada.

 

Los opuestos complementarios no responden al principio de los promedios matemáticos. Una cachetada destruye a uno, diez o un millón de besos. Lo mismo da. No son promediables.

 

Si le esencia de un hombre se construye a partir del conjunto de las elecciones realizadas a lo largo de su existencia. Y si como sostienen los existencialistas, la existencia precede a la esencia, el no puede, injustamente o no, definir a una persona al punto que el arrepentimiento y las acciones reparatorias no alcancen jamás a revertir la esencia de una persona.

¿Acaso hay manera que un nazi deje de serlo aún pasado más tiempo de vida sin serlo? Oskar Gröning, el "contador" de Auschwitz es apto para ir a la cárcel a los 96 años acaban de publicar en los diarios del mundo.

 Es curioso cómo nos revelamos frente al poderío del no recurriendo a principios contables como son el debe y el haber.

 

Alguien sano se muere de forma natural y nos sorprendemos por su muerte súbita alegando que se trata de algo increíble ya que hasta el día anterior se le encontraba tan saludable.

 

Cuando somos abandonados y rechazados sin que hayamos obrado mal, solemos invocar el balance  afectivo del tiempo compartido juntos. Pero el amor, indudablemente, no sabe de justica.

 

Al contrario de lo que ingenuamente podríamos suponer, el pesimismo no surge de tener la capacidad de percibir que el no le gana al ,  y en el caso del optimista tampoco se trata de que éste último sobrevalore al sí. Más bien el pesimista se paraliza frente al no, mientras que el optimista lo usa como motor para no sucumbir frente a él.

 

El pesimista es quien en realidad sobrevalora al para luego desencantarse al comprobar la facilidad con que el no derriba un castillo hecho de naipes. Mientras que el optimista auténtico es consciente de que el no lleva siempre la delantera, al estar siempre presente como amenaza de la vida y el amor.

 

Es por eso que hay que alejarse de las personas negativas. Son insoportables. Porque asumen con razón, que el no le gana al sí. Desde luego que es así. Pero si fuésemos inmortales, la vida sería intolerable. Y si creyésemos en amores eternos e indestructibles la seducción como el erotismo no tendrían cabida.

 

Tan asimétrico es el poder de los opuestos que del amor se pasa al odio con muchísima más facilidad que del odio al amor.

 

El si se sostiene a condición de temer al no. Cualquier beso sabe que puede ser último, de lo contrario bastaría con besarnos apenas una sola vez. Mientras que las palabras bien dichas habrían de ser  definitivas. Y claro que no las hay.

 

El beso no correspondido le gana al deseo de quien lo intenta. Pero si bien el no le gana al sí, no debemos olvidar que siempre hay otros besos posibles a la vuelta de la esquina.

 

 

 

 

 

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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