viernes 10 de noviembre, 2017

La felicidad como mecanismo de defensa para no deprimirse - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Andina

Cuando la autoestima es baja solemos vanagloriarnos de estupideces. Algo de ese orden sucede con un país como la Argentina, que se esfuerza por verse reflejada en sus ídolos como si ellos fueran producto ineludible de un país, cuando muchas veces las figuras más destacadas resultan, a pesar del contexto en el cual se crían.

Nada más patético que sentirse orgulloso de ejemplos individuales como Messi, el papa Francisco o Jorge Luis Borges. Se trata de individualidades que no constituyen a nuestra sociedad, en todo caso ponen en evidencia lo lejos que estamos de ellos.

Alfred W. Adler, médico y psicoterapeuta austríaco, fundador de la escuela conocida como psicología individual, sostenía que nuestras personalidades están basadas en el complejo de inferioridad. Así, mucho de lo que hacemos es consecuencia de ese sentimiento.

Por ejemplo, el eterno generoso que oculta su mezquindad por vía de sus actos magnánimos, el gran actor que se expone al púbico en un intento de superar su enorme timidez o el pobre que toma la determinación inquebrantable de convertirse en millonario hasta que lo logra. Hay sobrados ejemplos de cómo logramos grandes cosas en un intento de compensar nuestros respectivos complejos de inferioridad.

Pero Adler habla también del complejo de superioridad, el cual también deriva de un fuerte sentimiento de inferioridad. Cualquiera que se haya cruzado con un petulante, soberbio o megalómano comprenderá la veracidad de tal sospecha.

Muchas veces he tenido que soportar agresiones verbales de alto calibre al sugerir que lo mejor que podría sucederle a una sociedad como la Argentina es la de tener un pésimo desempeño en un mundial de fútbol. Increíblemente, nos sentimos orgullosos de ser campeones mundiales como si algo de estos logros deportivos hablaran de nuestro talento como sociedad. 

Si observamos a sociedades pujantes y orgullosas como la norteamericana, la francesa o la inglesa, solo por nombrar algunas, tienen tantos logros en su haber que difícilmente una figura deportiva o del espectáculo logren ocupar la cantidad desmesurada de primeras páginas de diarios considerados serios. 

De otro modo, sociedades de países que han sabido generar sociedades equitativas como son el caso de las escandinavas, suelen carecer de grandes figuras internacionales. Y de tenerlas, como pudieron haber sido los casos del grupo Abba, el director de cine Ingmar Bergman o el tenista Björn Borg, todos ellos suecos, no han modificado particularmente la autoestima y autopercepción de ellos como país. Tampoco me imagino que Suiza necesite de un ídolo como Roger Federer para elevar su autoestima como sociedad. Porque efectivamente, la relevancia excepcional de ciertos individualidades no refleja la norma de un pueblo.

Por otra parte, si analizamos el injustificado orgullo de los argentinos por tener a Messi nos veríamos obligados a aceptar que la formación deportiva de Messi no es solo argentina, sino y sobre todo española. Mientras que la educación de Jorge Luis Borges fue no fue solo argentina, sino también en Suiza. En cuanto al papa Francisco, se trata evidentemente de una total excepción que de ningún modo es sinónimo de los valores de la iglesia argentina en su conjunto.

En países con baja autoestima solemos ponernos alegres por tonterías. Como si en los casos a los cuales hago referencia, la felicidad no fuera más que un mecanismo de defensa como para no deprimirnos. Incluso llegamos a vanagloriamos de tener la mejor carne del mundo, mientras que un treinta por ciento de nuestra sociedad es pobre y apenas tiene acceso a probar algún bocado de carne de vez en cuando. 

Me pregunto seriamente si acaso no sería conveniente que el desempeño de la Argentina en el mundial de Rusia fuera bien malo. Mientras que Messi habría de seguir haciendo lo que mejor sabe hacer en algún club europeo. Y el papa Francisco habría de continuar con su papado hasta que su salud o su vida se lo permitan. 

Pero ninguna de estas personalidades agregan ni logran ocultar la mediocridad de nuestra sociedad. Mientras que, por el contrario, Suiza no se vería alterada por el eventual retiro de Federer en pocos años más, del mismo modo que Suecia no ha dependido del grupo Abba, del cineasta Ingmar Bergman, o del tenista Björn Borg para sentir orgullo por haber construido una de las sociedades más justas del planeta. 

Ciertas alegrías son como las del Carnaval. Como dice Tom Jobim en uno de sus clásicos de la bossa nova, A Felicidade, refiriéndose al carnaval de Brasil: “Tristeza nõa tem fim, felicidade sim”. (La tristeza no tiene fin, la felicidad, si.)

El día en que, al igual que en nuestras respectivas vidas, no ocultemos nuestras angustias, y no nos alegremos por tonterías respecto de logros sobre los cuales nos somos responsables, nos convertiremos en sociedades más justas, adultas y justificadamente orgullosas.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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