viernes 27 de octubre, 2017

El sentido del absurdo - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Difusión

Nuestra infatigable búsqueda por encontrarnos a nosotros mismos es en realidad una artimaña por evitar confrontar con el absurdo. 

No hay manera de saber quiénes somos. Cuando creemos saberlo, la vida continúa su curso, independientemente de nuestra voluntad y modificando, gracias y a pesar nuestro, quienes creemos ser. 

Vivir para morir es tan absurdo como imaginar vivir eternamente. Ni siquiera sabemos porqué fuimos elegidos para nacer.

Presuponer un sentido a nuestras respectivas existencias es tan absurdo como construir un sentido a nuestras vidas, a sabiendas de que se trata justamente de eso, de una mera construcción.

El no saber por qué ni el para qué vivimos es el punto de partida de toda neurosis. En cómo intentemos responder a la pregunta que nos constituye, a diferencia de cualquier otro animal ajeno a las palabras, seamos o no conscientes de ella, es el punto de partida para comprender la desesperación que nos invade frente a cualquier elección.

El amor, nuestra creaciones y nuestros momentos de felicidad, no hacen más que acallar la perplejidad frente al hecho de haber sido nacidos, y de constatar que nos estamos muriendo día a día.

Ni siquiera nuestros hijos pueden calmar nuestra sed de sentido, ya que ellos también nacieron sin desearlo para luego, finalmente, morir como ya lo han hecho todos los hombres que vivieron y fallecieron antes que ellos.

El pasado se esfuma para tan solo convertirse en relato. El futuro es ilusorio mientras que el presente es inubicable, solo apenas definible como una mera bisagra entre el pasado y el futuro.

Resulta sintomática nuestra aversión por la paradoja. Como si constantemente tuviésemos necesidad de evitarla, confrontarla o destruirla, tomando partido por alguna creencia que nos la haga a un lado. Pero ella siempre logra manifestarse inesperadamente en cualquier instante de nuestras vidas, a través de la pregunta que todos pretendemos responder, y que por definición jamás tendremos éxito en contestarla: “¿quién soy?”. Porque evidentemente, ocurre que siempre vamos siendo.

Pretendemos construir nuestra historia hacia adelante cuando en realidad solo podemos improvisar nuestra cotidianeidad, mientras nos esforzamos por crear nuestros relatos acerca de nosotros mismos, necesariamente, en tiempo pasado.

El sentimiento que conlleva convivir con el absurdo es quizá uno de nuestros mayores tabúes. Incomoda, angustia y provoca.

Por el contrario, son aquellos hombres más comprometidos con el absurdo los que han emprendido las obras con mayor pasión y creatividad.

Viktor Frankl, creador de la logoterapia, aconsejaba: Vive como si ya estuvieras viviendo por segunda vez y como si la primera vez ya hubieras obrado tan desacertadamente como ahora estás a punto de obrar.

Albert Camus escribía: La comprensión de que la vida es absurda no puede ser un fin, sino un comienzo.

Soren Kierkegaard sostenía que el ser humano es una síntesis de lo temporal y lo eterno, de lo finito y lo infinito.

Mientras que Woody Allen afirma: Ustedes podrán deducir que el mensaje es que la única manera de ser feliz es creyendo en un más allá. Y no se equivocarían. Creo firmemente que la vida es algo terrorífico e inestable para el resto de los mortales. La única manera de sobrevivir es engañándose a uno mismo, la gente está desesperada por encontrar algo en lo que creer.

Todos los que vivimos preferimos vivir, aún los más miserables de entre nosotros, de lo contrario, podríamos fácilmente elegir no hacerlo más. Sin embargo, de no vivir no padeceríamos la vida ni la muerte. ¿Porqué entonces la vida insiste en vivir? Ni idea, pero basta ver el esfuerzo de una hormiga cargando los alimentos que doblan su propio peso como para comprender que vivir es un mandato que nos preexiste y acerca del cual no hemos recibido mayores precisiones. 

En uno de sus más emotivos e inspiradores discursos  Steve Jobs habló de la muerte, y ante decenas de jóvenes de la Universidad de Stanford dejó como mensaje: "Su tiempo es limitado, no lo gasten viviendo la vida de otro".

¿Qué sucedería, entonces, si en nuestras escuela se enseñara filosofía existencialista de la misma manera que se da matemática, lengua y demás materias?

Tengo la sospecha de que cuanto más asumamos el absurdo de nuestras respectivas existencias habremos de vivir vidas más intensas, ricas y generosas. Porque en lugar de perseguir la ilusión de intentar conocer quiénes somos, nos ocuparíamos constantemente en actuar de tal modo que nos permita conocer quienes vamos siendo.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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