viernes 20 de octubre, 2017

¿A quién le pedimos permiso? - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Difusión

Uno de los mayores inconvenientes que encuentro en gente que se me acerca para pedirme ayuda con algún texto o guion cinematográfico es del orden de la propia identidad.

La ecuación pareciera ser la siguiente: uno es lo que hace. Si escribo y pretendo publicar un libro soy escritor/a, y como evidentemente no lo soy, ¿cómo voy a pretender ser alguien que no soy? En consecuencia, escribir me convertiría en un impostor. 

Otra de las formas que toma esta falsa conciencia es la de la humildad. “¿Acaso tengo yo algo para decir, realmente?” 

La escritura, en este sentido es de todas las expresiones la más desestabilizante. Nadie se preocupa al sacar una foto si eso lo convierte en fotógrafo. Tampoco sucede algo de ese orden en quien se propone tocar un instrumento, cantar o actuar. Pero escribir casi siempre linda con el secreto, con la reserva y con el pudor más absoluto. El que se anima a cantar, bien o mal, suele hacerlo para los demás. Pero el que escribe, por lo general, dice hacerlo para sí mismo. Lo cual es una triste falacia. Más bien no se atreve a mostrarlo y, de hacerlo, lo hace no sin antes excusarse como si hubiera realizado un sacrilegio. 

Por supuesto que hablar en público, subirse a un escenario o cantar frente a una audiencia conllevan siempre una enorme carga de estrés y pudor. Pero la palabra escrita pareciera estar en el pico más alto de la exposición personal. Probablemente, esto se deba a que la palabra nos constituye. Nos construimos, vestimos y engañamos a nosotros como a lo demás a través de ella, pero nunca logramos hacerla a un lado, ni siquiera en el silencio, a lo sumo callamos. 

Y cuando escribimos, lo hacemos quizá, para ser escuchados por aquellos que no supieron o quisieron hacerlo en momentos en que los hemos necesitado. Luego, escribimos, independientemente de quien nos lea, bajo el riesgo de que intenten callarnos, o aún peor, de que nadie nos escuche.  

Poco importa que sea uno quien lo manifieste. Nunca faltará un familiar, una pareja o nuestros propios amigos quienes sean los encargados de recordarnos y prevenirnos que no somos quien sospechamos podamos ser o llegar a hacer y ser. Algunos lo hacen de forma manifiesta. Como cuando, por ejemplo, un “amigo” me cuestionaba mi condición de escritor al compararme y citarme a los grandes escritores del siglo XX que él admiraba. Olvidando quizá, que independientemente del éxito alcanzado por alguien en su actividad, toda persona transitó un largo proceso hasta convertirse en lo que es.

Luego, están los seres cercanos quienes con su indiferencia nos proponen una de las grandes preguntas filosóficas. Si no hay nadie ahí para señalarlo y contarlo, ¿esa realidad existe independientemente de nosotros? Más allá de toda disquisición acerca de la realidad y el lenguaje, si nuestros cercanos ignoran nuestras creaciones tendemos a asumir que nuestro trabajo o aún peor, nuestros anhelos, no tienen entidad. Hasta tal punto legitimamos la indiferencia de los demás, que nuestros deseos se terminan esfumando como si se trataran de una ilusión caprichosa e infantil hasta convertirse en ajenos a nosotros mismos. Por supuesto que, para empeorar aún más las cosas, solemos buscar complicidad para con nuestros deseos en personas que ellas mismas carecen de las credenciales necesarias respecto del lugar que les confiamos. En lugar de buscar la palabra de alguien que escribe, esperamos reconocimiento en quien ha sido incapaz de hacerlo. Del mismo modo que solemos pedir permiso para enriquecernos a personas que jamás intentaron siquiera imaginarse dejar la comodidad de sus respectivos empleos mediocres.

¿Acaso somos tan tontos como para no darnos cuenta de que buscamos permiso como si aún fuésemos niños? ¿Y en todo caso, porqué no buscamos legitimidad, de necesitar hacerlo, en personas que lo hayan hecho y admiremos por ello? Sospecho que la respuesta se encuentra en la comodidad que nos proporciona la frustración. Como si nos fuera más fácil vivir frustrados que exponernos al casi irremediable fracaso circunstancial que implica cualquier desafío. Los frustrados son aquellas personas que jamás han fracasado en nada a lo largo de sus vidas. Los fracasados, por el contrario, lo han intentado para luego abandonar sus ilusiones después de un par de batallas perdidas. El resto aprendimos a intentarlo continuamente sin pedir permiso a nadie. 

Independientemente del talento y de la formación que uno pueda tener en alguna disciplina, si alguien duda acerca de si tiene o no algo para decir sea porque, seguramente, calla algo importante que quiere expresar. De lo contrario, ni siquiera se lo plantearía. Todo lo demás es miedo. 

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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