viernes 1 de septiembre, 2017

Los chicos y la muerte - por Marcelo Mosenson

Lectura de 4 minutos
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Fuente: Difusión

Durante una conversación que supe tener recientemente con un chico de nueve años me vi interpelado acerca de si preferiría, de ser posible, conocer la fecha de mi muerte o, por el contrario, saber la forma en que habría de suceder. Mi respuesta fue opuesta a la suya. El me respondió que preferiría conocer la fecha de su fallecimiento para entonces aprovechar de no tener que ir al colegio y así disfrutar lo que más pueda de su familia. Por mi lado, le expliqué, aunque no sé si logré hacerme entender del todo, que de tener la opción elegiría conocer la forma en que habría de perder la vida, pero que bajo ningún concepto toleraría saber cuántos días me quedan de ella.

Otro diálogo que no suelo tener con con adultos por razones que no logro comprender, ocurrió el día de ayer junto a mi hijo de ocho años mientras comíamos una pizza de muzzarela. Me pregunta acerca de quién pensaba yo habría de morir antes, mi mamá o mi papá. A lo cual le respondí que si bien no hay manera de saberlo con certeza, mi padre sería, probablemente, quien habría de hacerlo previamente, dado que le lleva diez años a mi madre.

Comenzó a hacer cálculos matemáticos que le dieron por resultado unos veinte años más de vida para cada uno de ellos. Le contradije explicándole que en el caso de su abuelo eso sería poco probable ya que de ser así habría de terminar viviendo poco más de cien años. Luego de meditar lo que acababa de comentarle, me retrucó si pensaba que al menos habría de sobrevivir hasta sus trece años de edad. Le respondí con total honestidad que no hay manera de conocer con certeza la muerte de nadie. Esto pareció preocuparle aún más. Frente a lo cual le pregunté por qué había escogido la edad de trece años y no otra cualquiera. Me respondió que mi papá, su abuelo, le había prometido comprarle un iPhone recién para cuando tuviera esa edad.

Frente a su expectativa por su iPhone y la eventual muerte de su abuelo paterno, volvió al tema anterior para explicarme que “cuando las personas grandes se mueren al mismo tiempo es porque una de ellas se pone triste que el otro no viva más”. Y agregó: “Cuando sos chico pensás que nunca te vas a morir”. “Es cierto”, le respondí. “Cuando sos algo más grande, tampoco pensás que te vas a morir, aunque lo pienses”, reflexioné para mis adentros.

La ternura que despiertan los chicos es directamente proporcional a la negación de los adulos por ciertos temas. Cuántas veces hemos oído “los chicos son geniales”. Y en realidad no lo son, necesariamente. Todos los chicos se preguntan por la vida y la muerte, sólo resulta que, por razones que me exceden, los adultos pareciésemos hacer a un lado las preguntas, no porque ya las hayamos respondido, sino y simplemente porque no hemos encontrado respuestas. Como si la incapacidad de encontrarlas fuera contraproductivo o, peor aún, nos llevara a otra preguntas aún más angustiantes. Como puede ser, “¿para qué vivís?”

De la misma manera que no habría que subestimar a los chicos, tampoco habría que sobrevalorarlos. Todos venimos al mundo con preguntas filosóficas y existenciales más o  menos predeterminadas, sólo que en la medida que pasa el tiempo elegimos olvidárnoslas hasta tal extremo que nos sorprende que un par de niños de tercer y cuarto grado escolar nos interpelen con semejantes cuestiones existenciales.

Otras de las cuestiones que surgieron en ambos diálogos fue la siguiente: de poder elegir, escogería viajar al futuro o al pasado. A su vez, yo pregunté a uno de ellos si sería mejor o peor morirse joven o vivir muchísimos años. La respuesta por parte de uno de ellos fue la de vivir mucho más, pero cuando le expliqué que se tratarían de muchísimos años más se arrepintió de su respuesta ya que esto implicaría ver morir a su mamá, su papá, sus hermanos y amiguitos. Luego, ya no supo qué responder.

No comprendo a los adultos que idealizan la infancia y dicen amar a los niños por sobre los adultos. Tampoco comprendo a los adultos a quienes les aburren e incluso fastidian los chicos. Del mismo modo, no comprendo a los intelectuales que alejados de todo rasgo infantil dan rodeos interminables para cuestionarse de manera confusa lo que un chico se pregunta espontáneamente. “Sé que me voy a morir, pero para mi no me voy a morir nunca”, afirma mi hijo, mientras que mi otro interlocutor, frente a una eventual certeza acerca de la fecha de su muerte, tiene claro que lo que más habría de importarle es dedicarle tiempo a sus afectos, principalmente a su familia.

La regresión infantil, justificadamente, tiene mala prensa. Pero me pregunto si muchas de nuestras angustias y falsos dilemas existenciales no son producto, irremediablemente, de habernos olvidado de las preguntas y valores de nuestras respectivas infancias.

Nunca nos enseñaron que no es fácil vivir sabiendo que nos vamos a morir y a su vez tener que actuar como si esto jamás habría de sucedernos o, por lo menos, desconociendo el cuando. Pero eliminar la pregunta no sólo no nos tranquiliza, sino que también nos impide comprometernos con nuestros sueños.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
Siempre listo para la conversación del día.
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