viernes 18 de agosto, 2017

De izquierda y de derecha o todo lo contrario - por Marcelo Mosenson

Lectura de 3 minutos
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Fuente: Difusión

Al educar a mi hijo me veo confrontado con valores de izquierda y de derecha, o todo lo contrario.

Hay ocasiones en que me veo obligado a ayudarle a hacer la tarea o a comprarle algo que incuestionablemente no podría conseguir por sus propios medios. En otras situaciones similares, actúo de manera contraria, rechazando toda solidaridad hacia él bajo la premisa de que debe conocer la naturaleza de la escasez y la de valerse por sus propios medios, bajo la creencia que debe aprender a tolerar la frustración.

Cuando ciertos discursos de la izquierda asumen, por decirlo de algún modo, que el hombre es él y sus circunstancias, no puedo más que coincidir y oponerme de manera simultánea. La pobreza, es cierto, depende muchísimo del contexto, pero también ocurre que ella no es siempre determinada por las circunstancias. 

Cuando mi hijo actúa de manera asocial tiendo a explicarle que “eso no se hace”, mientras que en otras oportunidades le reprimo con un mero “no” bajo la amenaza de una condena de no actuar según mi ley. 

Evidentemente, no son aceptables las afirmaciones de ciertos individuos de derecha cuando sostienen que muchos de quienes no trabajan es porque no quieren hacerlo. Basta ver los índices de desocupación laboral para cuestionar tales posturas. Lo cual no quiere decir que muchos hombres y mujeres efectivamente no deseen trabajar y prefieran victimizarse y cobrar un plan social, en lugar de salir a pelearla.

Del mismo modo, mi hijo disfruta de la lectura de los libros que suelo comprarle, pero detesta leer lo que le ordena la maestra de su grado. Comparto con él que los textos que le obligan a estudiar son por lo menos aburridísimos, pero mi comprensión no llega a convertirme en su cómplice. Y así, me enojo cuando se resiste a leer los bodrios que le dan como tarea.

Cuando ciertos discursos de izquierda solo pueden ver plusvalía en la acumulación de riqueza, me pregunto si son capaces de discernir entre aquellos hombres que, efectivamente, agregan valor al mundo y a la vida de los demás, y los que no solo no aportan nada, sino que restan valor a su vida como a las ajenas. 

Frente a la desilusión por alguna eventual nota injusta, intento enseñarle que “así es la vida” y que no siempre recibimos lo que merecemos. Pero también le explico que los estudiantes que acostumbran sacar buenas notas  suelen esforzarse más que el resto. Aún así me he visto cuestionado por él al argumentarme que había estudiando más que tal o cual alumno y que, sin embargo, su nota fue inferior a la de su compañero. 

Frente a semejante arbitrariedad me cuesta comunicarle que no tolerar la disparidad entre los hombres resulta todavía más discriminatorio que promover la igualdad. Aún en sociedades con un alto nivel de equidad, la vida tampoco es justa. Los aspectos genéticos como emocionales e inconscientes hacen que cada uno de nosotros ingrese a la sociedad con mayores o menores ventajas. A su vez, el hombre es el único animal capaz de construirse a sí mismo.

Todos estamos de acuerdo en promover una sociedad más justa. ¿Pero qué entendemos por justo? ¿Si se trata de favorecer al más débil, debemos acaso diferenciar la razón por la cual alguien lo es?

La resiliencia como la capacidad de algunos hombres en agregar valor a sus vidas y a la de los demás, ponen de manifiesto que las circunstancias no determinan necesariamente a una persona. La voluntad, disciplina y creación de sentido son bienvenidos en nuestras sociedades. Por el contrario, ¿quienes no tienen la capacidad emocional y psicológica de reponerse a las circunstancias deben ser siempre ayudados por la sociedad? Seguramente sí. Pero ¿qué ocurre cuando la debilidad de un hombre atenta contra la integridad de los otros?

El insuperable dilema entre el determinismo y el libre albedrío ponen constantemente en jaque nuestro ideal de justicia. 

La pobreza es siempre escandalosa, pero cuando confrontamos al árbol con el bosque, seamos de izquierda o de derecha, nos sucede a menudo que nos cruzamos con personas a las que no deseamos ayudar y, más aún, pensamos que la mejor manera de hacerlo es mediante la indiferencia. El resentimiento, justificado o no, puede resultar por momentos no solo intolerable, sino también condenable.

Cuando ya no tolero la queja y el capricho, mi hijo de ocho años logra apelar a mi costado más dictatorial y antidemocrático. Reprimo sus arbitrarias comparaciones con los permisos más laxos de su madre mediante un “porque lo digo yo, y punto”.

¿Qué es lo justo, ayudar al débil o favorecer a quien tiene la capacidad de agregar valor? En otras palabras, ¿que es más injusto, premiar a un hijo que ha cumplido fácilmente con la expectativas de los padres en cuanto a su buen desempeño escolar, o premiar al hijo cuyos resultados no son buenos, aún cuando éste se esforzara por mejorar pero los resultados son aún insuficientes?

Cuando me preguntan si soy de izquierda o de derecha confieso que rescato valores de ambos, de la misma manera que también estoy en desacuerdo con ambas posturas. Lo cual tampoco implica que yo sea un padre de centro. Depende.

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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