viernes 26 de agosto, 2016

¿Cómo manejar el tiempo? - por Marcelo Mosenson

Lectura de 13 minutos
Tyrion Lannister (Peter Dinklage)
Fuente: www.coxblue.com

Tanto detesto llegar tarde a una cita como que me hagan esperar a mí. Muchas veces me he planteado imponerme una regla que implicase que  pasados los veinte minutos habría de partir. Pero por falta de coraje o ante la excusa de un mensaje en donde el impuntual me previene de su llegada tardía termino aceptando el retraso con resignación.

Si adoptara mi regla de los veinte minutos no lograría prácticamente encontrarme con nadie. Veinte minutos de demora en Argentina son socialmente aceptados, y sería tomada como una sobreactuación el enojarse al respecto. Luego hay quienes nos hacen esperar hasta una hora o más. En todos estos casos son manifestaciones de poder lo que está en juego. 

Un médico con quien acordamos una cita sabe que nos puede hacer esperar indefinidamente, lo mismo sucede en un juzgado, o con un plomero a quien llamamos de urgencia para que nos repare una canilla. También ocurre con eventuales clientes o empleadores que debilitan al que ofrece su trabajo o servicio haciéndose esperar desde el primer encuentro. Por último, y esto es una fuerte alarma para cualquier enamorado, son las relaciones de espera que puedan suscitarse dentro de una pareja. Por lo general siempre es uno de los dos quien hace esperar al otro a condición de que el paciente sostenga el juego, más allá de sus eventuales reiteradas quejas. El poderoso exige la puntualidad que él mismo no está dispuesto a dar.

La impuntualidad de nuestra sociedad en contraposición a la puntualidad de los países desarrollados me subleva. Sin embargo, me termino sobreadaptando.

Desde luego que en cada espera no deseada puedo ocupar mi tiempo en otras acciones gracias a la cantidad de actividades que hoy podemos resolver mediante un teléfono. Pero en tal caso no se trata de una elección, sino de una imposición.

No puedo evitar sentir que todos vivimos muriendo. Que cada año cumplido es un año muerto, irrecuperable, sólo resucitado por nuestra memoria y por cómo nos constituya en el presente. La vida nos vive a lo largo de la vida mientras nos muere día a día. Esta certeza me condiciona al encontrarme esclavo de cualquier espera.

El manejo del tiempo está ligado a dos ejes fundamentales: la productividad y el sentido. Lo ideal es que ambos confluyan en un mismo punto. Pero lamentablemente no siempre lo hacen. Muchas veces nos concentramos en la productividad en detrimento del sentido, y en otras ocasiones buscamos placer inmediato en contra de la satisfacción. Todos hemos malgastado horas frente a un televisor (y lo seguiremos haciendo) conscientes que nos estamos evadiendo de alguna obligación.

Las nuevos paradigmas americanos acerca del manejo del tiempo, Time Management, ponen en duda a los anteriores que se basan en agendas, listas y aplicaciones. Los to do list (tareas a realizar) y calendarios que no contemplan el sentido trascendente de las actividades. El nuevo paradigma del manejo del tiempo asume que no somos computadoras, que nuestra vida necesita de un equilibrio en el cual la productividad para que llegue a su mayor esplendor debe tener en cuenta que somos algo más que seres productivos. También tenemos una vida, pareciera ser el subtexto de tal afirmación. 

Desde pequeño que el tiempo se me tornó una obsesión. Aún me sorprende, de forma retroactiva, cuando a mis catorce años de edad quedé fascinado por el film Nos habíamos amado tanto, de Ettore Scola, protagonizado por Nino Manfredi, Vittorio Gasman  y Stefania Sandrelli.

El film trata de cómo a través de los años, con decisiones equivocadas o con golpes impensados, cada uno de ellos (que se amaban) terminará olvidando sus anhelos y esperanzas, peleando por el amor de una mujer, sucumbiendo poco a poco ante el aparato tremendo y poderoso que es el conformismo. 

Una frase brutal dicha por Gianni hacia el final de la película lo resume perfectamente: “Íbamos a cambiar el mundo, pero el mundo nos cambió a nosotros”.

El tiempo no se lo maneja, a lo sumo se lo administra, y en su administración confluyen nuestra ciencia para determinar los buenos y malos resultados en cuanto a su  administración e inversión, nuestro arte para sentirnos bien a lo largo de la vida, y nuestra política para vivir en sociedad y no morir en el intento respecto del tiempo que ofrecemos a los demás como a nosotros mismos.

No pretendo cambiar al mundo, apenas lucho porque el mundo no me cambie a mí, y esta lucha lleva tiempo. Toda la vida.    

Marcelo Mosenson es escritor y cineasta. Más allá de un café es su última novela. Es socio fundador y director de la productora www.nomadefilms.com También es socio y director de contenidos de la empresa de marketing www.crazymarketing.company Estudió cine y fotografía en París. Becario Fulbright obtuvo un Masters en comunicación y medios en The New School University, NYC.
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